Si bien los hechos empezaron a manifestarse durante el mes de mayo 2025, lo cierto es que durante los últimos años, ¡diría que unos diez!, tuve muchas señales, sean de eventuales dolores en la espalda, sean de un cansancio que me impedía estar parado mucho tiempo, sean de días con las manos temblorosas, sean de alguna suerte de hormigueo en las puntas de los dedos y tal vez otras, a las que no les hice caso porque nunca me impidieron hacer una vida normal y plena.
Pero fue en mayo que esto se precipitó con dolores de espalda a los que tampoco hice caso y que por ahí solo me impedían poner en el piso y recoger el plato de comida de Ignacio, mi mascota querida.
Y hubo un día en que entré a la ducha, una tina en realidad —¿por qué ponen tinas en los departamentos si prácticamente nadie las usa como tal?— y no podía salir porque no podía ordenarle a mis piernas levantarse para salir. Recuerdo haber salido de la ducha como si fuera un gusano, arrastrándome, con la ayuda de mi amada Rous, mi esposa querida. Tal vez la imágen más humillante de mí que yo recuerde.
Pues a Emergencias, tanto por el dolor como por la inmovilidad. En la clínica me recibieron en silla de ruedas (primera vez en la vida que usé este artefacto) y me echaron en una camilla donde me aplicaron una dosis inmensa de Tramadol, que no veía cuando terminara de gotear. Luego me tomaron unos Rx que arrojaron que mi columna estaba muy maltratada y me recomendaron visitar a un neurólogo. Si bien entré a la clínica en silla de ruedas, salí caminando, aunque el dolor persistía.
A los pocos días, fueron pocos sin duda por la persistencia de mi Rous querida, tuve citas con un neurólogo y dos neurocirujanos —he pasado por varios ya y consultado con muy buenos amigos médicos, siempre muy buenos y confiables—. Resonancias, Rx, decenas y lo digo así, decenas de análisis.
Primera conclusión, mi columna vertebral está destrozada, tal vez como no debería estar la de una persona de 64 años, pero sí tal vez como la de una persona de 80. Aprecio el deporte que hice y disfruté durante toda mi vida, sin haber destacado en ninguno y aprecio mucho más a los médicos que me dijeron que una operación de columna no era necesaria.
Pasé a Reumatología. Más exámenes, más muestras de sangre, al punto que en dos semanas me sacaron 14 + 8 muestras o tubitos de sangre. No lo podía creer, hasta me reía con la enfermera.
Miositis es lo que me han diagnosticado mis buenos médicos, una inflamación de los músculos que puede ser causada por infecciones, enfermedades autoinmunes o lesiones. Los síntomas comunes incluyen debilidad muscular, dolor y fatiga. Más una polineuropatía, porque los músculos y los nervios están ahí, juntos, entrelazados. En mi caso, tal vez la miositis fue activada por el estrés o por la atorvastatina, un medicamento del grupo de las estatinas, utilizado para reducir los niveles de colesterol en la sangre y prevenir enfermedades cardiovasculares y que tomo hace varios años, con receta médica.
Y es entonces que la vida me cambió en tan solo unos pocos días. Se acabaron las reuniones y almuerzos de grupo que tanto me gustan y que tanto he disfrutado, con Los Ecuménicos, con La Cofradía de los Primeros Jueves, con La Boutique, con el grupo que congrega mi amigo Pepe Pardo, con el Petit Comité Recoletano, con el grupo UK-Perú, con mis amigos del frontón del Club La Planicie (ya no jugamos pero nos seguimos juntando), los almuerzos de Alfonso Baella, que los pago apostando a que estaré mejor y asistiré, pero hasta ahora no puedo e invitamos a alguien que me reemplace, o los almuerzos que hacemos de vez en cuando los viernes en Capirena, el restaurante de mi buen amigo Capicho Bazo, con los muchachos de la promoción del colegio. Me juntaba también con mi buen amigo Teddy Camino más o menos una vez al mes en La Bodeguita, pero ya tampoco se puede. Él tuvo a bien visitarme hace poco y la pasamos muy bien. Y también con mi buen amigo Lucho Navarro.
Todo eso se redujo a 0 (cero), lo cual, si lo veo positivamente, me ha permitido algunos ahorros en el tema almuerzos, comidas y restaurantes. Como si eso fuera consuelo de todo lo que he perdido. Estúpido en realidad...
Es gracioso, a partir de cierta edad, digamos que los 40 y pocos, o 50, en el caso de los hombres, empezamos a preocuparnos por los temas de cáncer, corazón (hipertension, colesterol, triglicéridos), visión, próstata, glucosa, colonoscopias, etc. ¿Quién se ocuparía de un tema muscular, que por ahí estaba dormido, que de buenas a primeras se activó y nos cambió la vida?
Mientras tanto, y desde hace dos meses o más, solo he salido de mi departamento para ir a la clínica para más consultas, más análisis, más Rx, más tomografías, más resonancias y otros que espero paren ya porque la verdad es que uno se harta. He pasado por andadores con patas, sillas de ruedas, ahora con un andador con ruedas que me prestó mi querida prima Marisa y por ahí mi bastón. Me siento mejor en las tardes que en las mañanas.
Los trayectos de ida y regreso de la clínica son una tortura. Como es un tema doloroso, cada bache, por pequeño que fuera, cada rompemuelles, que abundan en nuestra ciudad me producen un gran dolor. ¡Qué ciudad horrible es Lima, la que tienen las personas con discapacidades!
Es curiosa también la empatía de las clínicas con sus pacientes. Uno llega en silla de ruedas, es decir, desplazándose con dificultad, a la mitad de la altura de una persona normal, pero todas las máquinas para sacar los tickets de atención o de registro, así como todos los counters de atención son para personas normales y uno se siente como una persona con enanismo. Los POS para pagar, los tableros en los que uno debe firmar algunos formularios no están hechos para personas que están con alguna discapacidad. Son tan solo detalles que uno nunca tomó en cuenta hasta que le pasa. Mucha tecnología pero poca empatía.
¿Mi vida mientras tanto? Cambió radicalmente. Antes de este evento me levantaba antes de las 5 AM, me bañaba, tomaba desayuno, leía tres periódicos más otras noticias, entregaba a Ignacio a las 6:30 AM para que lo sacaran a pasear a no sé dónde ni con qué amiguitos pero nunca he tenido una queja y regresa feliz. Lo recibía de regreso a las 7:30 AM y después seguía el día, con toda la agenda, proyectos y reuniones, incluído el paseo a Ignacio a las 5 PM que sí lo hacía yo casi siempre.
Hoy me siento un inútil, siento que no sirvo para nada y eso me tiene mal, aunque trate de mostrar lo contrario. ¿De qué me sirve levantarme a las 5 AM, bañarme, tomar desayuno, leer periódicos, si no puedo entregar a Ignacio para su paseo matutino? ¿Qué adelanto sentándome frente a mi computador antes de las 8 AM si no puedo movilizarme?
Me atormenta el pensar que a mi suegra de 93 años, que vive en mi departamento desde hace más de un año y le adaptamos un baño para personas mayores con todas las seguridades del caso y que ahora también uso yo, le pueda pasar algo y yo no pueda ayudarla. Me atormenta que a mi Rous querida le pase algo en todos sus trajines diarios, un choque por ejemplo, y yo no pueda hacer nada. Me atormentan tantos posibles incidentes. Hoy ni siquiera puedo cambiar un foco o un fluorescente porque mis piernas no tienen fuerza.
En fin, es lo que hay, lo que debo afrontar. Me gusta escribir y lo puedo seguir haciendo felizmente. Es mi testimonio, no es una queja. A todos se nos puede cambiar la vida de un día para otro y espero superar este evento pronto.
Gracias mi querida Rous, eres una reina, te debo el altar más grande; gracias Marthita querida que te ocupaste de los paseos de Ignacio y muchas cosas más; gracias Óscar Ugarriza, mi súper psicólogo que siempre estás ahí apoyándome. Gracias a las decenas de amigos que siempre me preguntan cómo voy, los aprecio mucho y los tengo en mi corazón, a cada uno de ustedes.
En fin, lo que sea, o lo que es, es lo que hay y debo afrontarlo.