29 de septiembre de 2020

Una noche en la Comisaría de Cotabambas



¿Qué año habrá sido? Por ahí 1978 o 1979. Yo tenía 18 o 19 años, ya estaba en la universidad, mi padre trabajaba en Arequipa en esa época y su esposa repartía su tiempo entre Arequipa y Lima. A cargo de la casa estaba mi queridísima abuela.

Una noche me vino a buscar mi primo Eduardo, con quien prácticamente crecimos juntos, teniendo dos meses de edad de diferencia. Nos quedamos en la casa charlando y tomando algunas cervezas, de lo más entretenidos como siempre, hasta que se nos acabaron los cigarrillos.

Es así que nos subimos al Opel Rekord blanco con celeste de su mamá y salimos en busca de cigarillos. Sería ya tarde porque estando en Miraflores encontrábamos que todo estaba cerrado, así que bajamos a la Vía Expresa del Paseo de la República y no se cómo terminamos en la Plaza San Martín, en el centro de Lima. Estacionamos —en esa época podías parquear sin problema— y entramos a un local que llamaba la atención por sus luces de neón que se llamaba "Embassy".


El local estaba oscuro, se veía ocupado como a la mitad y al fondo había un escenario. Nos sentamos en una mesita ubicada como a la mitad del salón, rápidamente nos trajeron la carta pero ni la miramos y simplemente pedimos una botella de cerveza y una cajetilla de cigarillos.

Al rato se prendieron las luces del escenario y apareció alguna émula cuarentona de Betty di Roma o de la Tongolele para hacer un baile que podría ser un mambo, aquel ritmo tan exitoso de los años 50 cuyo máximo exponente fue Dámaso Pérez Prado y que ocasionó que  el Cardenal y arzobispo primado de Lima, Juan Gualberto Guevara, mal aconsejado por escandalizados sectores ultraconservadores que veían a este baile como algo pecaminoso, decidió la excomunión de quienes lo tocaran, bailaran, o escucharan, la esposa de mi padre entre ellos.

Lo cierto es que nunca se encontró algún documento oficial por el cual la Iglesia Católica procedía a formalizar la excomunión que el Arzobispo de Lima había determinado para quienes bailaron este ritmo frenético. Por Dios, si el curita hubiera conocido el reggaetón se hubiera vuelto a morir.​

Regresando a nuestro salón del Embassy, mientras mi primo y yo disfrutábamos del show con nuestra cerveza, nuestros cigarillos y una alegre conversación, sin terminar de entender cómo llegamos a este lugar, se apareció una voluptuosa señora afroamericana —si digo "negra" todas las ONG de izquierda me denunciarían por racista, asi que no le diré "negra"—, quien sin más ni más se sentó en mis piernas y me pidió una copa de champán mientras me coqueteaba.

Ya con las piernas entumecidas o acalambradas por el peso y casi asfixiado por el perfume intenso de la dama y mis excusas por no poder invitarle una copa de champán porque lo que tenía en el bolsillo solo me alcanzaba para los cigarrillos y tal vez un par de cervezas, finalmente la señora se dio por vencida y se fue a buscar a otra víctima.

Llegó el momento de pedir la cuenta, que como mucho fueron dos cervezas grandes y una cajetilla de cigarrillos y nos trajeron un cuentón, no me acuerdo, pero podría ser el equivalente a S/ 600 o S/ 700 de hoy, es decir una comida para dos en un muy buen restaurante

Reclamamos, pedimos que venga el administrador —sí, dos cagones de 18 o 19 años reclamando en un cabaret— y nos llevaron a un espacio interior en un pequeño corredor oscuro donde el administrador nos mostró la lista de precios que efectivamente indicaba que el precio de una botella de cerveza podía ser equivalente a S/ 250 actuales.

Como buenos rebeldes adolescentes que defendíamos nuestros derechos en medio de una dictadura militar, exigimos la presencia de la policía, a lo cual el administrador accedió gustosamente y en menos de un minuto, qué eficiencia, teníamos la presencia de un agente policial que nos invitó a salir para ir a la comisaría a fin de sentar la denuncia. En la puerta de local ¡Oh sorpresa! había un vehículo patrullero que nos esperaba, ¡solo faltaba una alfombra roja!, al cual subimos para que nos llevara a lo que años después supe que era la Comisaría de Cotabambas. En ese momento yo solo sabía que era un lugar muy cerca del Palacio de Justicia.

Después de esperar un rato, porque como siempre, la policía se siente importante haciéndonos esperar, aunque no tengan nada que hacer, vino la parte de la declaración, los generales de ley y todas esos temas burocráticos a los que nos tienen acostumbrados cada vez que por desgracia debemos hacer una denuncia o un trámite. Sí, es verdad que mi primo y yo estuvimos achoraditos, graciositos. respondones y dando información a medias, por lo que nos ganamos la antipatía del oficial a cargo.

A estas alturas ya nos habíamos dado cuenta de que había un arreglo entre el establecimiento y los policías de esta comisaría y que estábamos perdidos.

Finalmente nos enviaron a un ambiente grande, frío, pintado de color verde palta, verde comisaría, con las paredes manchadas por todos lados, incluso con marcas de sangre. En una esquina había una puerta de rejas, que se supone era el calabozo.


Y mi primo y yo nos sentamos en una banca larga que había y que cubría toda una pared, desde donde veíamos la reja del calabozo. Sería verano y muy tarde porque no sentíamos ni frío ni sueño.

Y es en ese trance que apareció un detenido por detrás de la reja pidiéndonos un cigarillo y yo, haciéndome el gracioso le tiré la colilla de lo que quedaba del que estaba fumando en ese momento. Por supuesto nos insultó y nos amenazó pero no nos importaba porque el estaba al otro lado de la reja.

A esas alturas mi preocupación era mi abuela que no sabía dónde estaba o por qué no había regresado a la casa. Recuerden que en esa época no habían teléfonos celulares y me parece que la única llamada que pudimos hacer fue al tío Aldo, hermano de la mamá de Eduardo que no era tan mayor y podía entender mejor la situación.

Al día siguiente, alrededor de las 7:30 AM, aparecieron unos policías para abrir el calabozo y tremenda sorpresa la que nos llevamos: Mientras nosotros creíamos que solo había un detenido, salieron como 20 personas, cada uno con más cara de criminal que el otro, uno de los cuales en un momento de distracción se escapó por el techo.

Reconozco que en ese momento sentí mucho miedo.

Pasó ese episodio, nosotros ya sentíamos un poco de hambre hasta que llegó el tío Aldo a sacarnos, no sin antes tener que firmar letras de cambio que aseguraran el pago de la deuda que tuvimos que asumir con el Embassy. Claro, en las comisarías nunca tenían el famoso papel de Sello Sexto que te exigían para la copia de la denuncia y tenías que comprar en la bodega de al costado, amarrada con la comisaría, pero sí tenían letras de cambio.

Y terminamos pagando, no recuerdo si en dos o tres partes, pero pagamos.

Meses después decidí regresar al Embassy, no recuerdo si con mi primo o con otra persona. Nos sentamos creo que en la misma mesa, pedí la carta, la revisé al detalle, se la tiré al mozo en la cara mandándolo a la concha de su madre, nos levantamos y nos fuimos. Fue mi pequeña revancha.

19 de septiembre de 2020

Cumpleaños en Las Dunas



Fue en 1993 o 1994, que un grupo de buenos amigos decidimos irnos de weekend al Hotel Las Dunas en Ica. Ahí estuvimos Álvaro y Elisa, Jose y Lucía, mi siempre querido excuñado Gonzalo con su ahora exesposa Cecilia, Jorge con su ahora exposa Carola, Igor con su ahora exesposa Julita, Jose con su ahora exesposa Giovanna, sus papás que también nos acompañaron, yo con mi exesposa Meche y por ahí me olvido de alguien más en este grupo grande.

Es decir, salvo dos parejas que se mantienen, el resto somos un solo de "ex" pero que en esa época la pasábamos súper bien...

Ese sábado habíamos acordado juntarnos temprano en esa terminal de Ormeño que está o estaba frente al colegio San Agustín y nos embarcamos en un bus de esos de dos pisos, donde el primero era nuestro y que nos llevaba directamente, sin paradas, al hotel Las Dunas.

Llegamos en un viaje rápido, seguramente de menos de tres horas, tal vez por lo entretenido y lo entusiasmados que estábamos. Nos registramos, nos instalamos en nuestras habitaciones y quedamos en encontrarnos en la piscina.

Y ahí, en un día soleado como los que siempre da Ica, nos íbamos encontrando e instalando en las poltronas con nuestros coolers y traguitos, dispuestos a pasarla de lo mejor. Al frente, al otro lado de la piscina, se iba armando un grupo grande de señoras, todas ellas acompañadas por un señor. No fue muy dificil averiguar que eran las mamás de un grupo de niños del colegio Santa María, que habían ido por las vacaciones de octubre. Y recuerdo que era octubre porque esa noche recibiríamos mi cumpleaños.

Esa tarde la pasamos súper, almorzamos muy bien, nos reímos, nos divertimos como buenos amigos, mientras veíamos al individuo del grupo de al frente que seguía tomando, tratando de encantar a todas las mamás del grupo. Pobres ellas que tenían que soportarlo. El era todo un "Chuchan Boy". Finalmente nos fuimos a descansar.

En la noche el programa era que los huéspedes nos reuniéramos en un ambiente del hotel para departir y divertirnos en medio de actividades que manejaba un cubano marica, disfrazado de algo parecido a Carmen Miranda, muy simpático.


Recuerdo que en el lugar de la reunión, en un extremo estaba la mesa grande de las mamás del Santa María con el ya borracho acompañante de todas ellas; en el centro se encontraba la mesa del buen Pepe Pardo con su simpática esposa y después estaba nuestro grupo, en una mesa larga donde yo estaba pegado a la pared o la ventana, al medio, con dificultad para moverme o salir sin incomodar a los que estaban a mi lado. No recuerdo si habían más mesas...

El juego de la noche era que cada mesa tenía que parodiar un comercial de televisión y quienes comenzaron fueron Pepe Pardo y su esposa que escogieron aquél conocido de "Pásame la Manty", que representaron muy bien.


Lo cierto es que el "Chuchan Boy", completamente borracho, estaba malogrando la noche e incomodaba a todos. Pobres mamás del Santa María, pensaba yo, de tener a este impresentable en su grupo.

A continuación el grupo de las mamás comenzó con la parodia de un comercial de D'Onofrio, pero una o unas de ellas de manera disimulada empezaron a tirar hielos a nuestra mesa, agresión que obviamente fue devuelta con más hielos.

Y fue en esta situación que Jorge, de nuestro grupo, siempre un caballero y que ya estaba solo, pues Carola se había ido a descansar, se levantó y se acercó a este tipo para pedirle que se tranquilice, se comporte y muestre respeto por las damas que se encontraban en el lugar. Lamentalemente en su cariñoso gesto lo abrazó.

Pues la reacción del tipo no fue otra que reventarle a Jorge en la cara el vaso que tenía en la mano, afortunadamente sin mayores consecuencias, salvo un corte en el mentón que hubo que cocer. En ese momento a Jose le vaciaron un balde de hielo en la cabeza, Gonzalo mi excuñado saltó desde el otro extremo de la mesa y se armó la bronca. Se pararon las mujeres que podían hacerlo, de una y otra mesa y comenzaron a jalarse los pelos, a empujarse y no se qué tanta cosa más. Los hombres que podían levantarse de la mesa -recuerden que habíamos algunos que estábamos contra el vidrio o la pared y teníamos mucha dificultad para movernos-, trataban de separar a las mujeres y acabar esta bronca.

En el medio de todo este bochinche, Pepe Pardo y su esposa, que no recuerdo si se quedaron sentados en su mesa o salieron disparados. Y el cubano marica con ataque de pánico, al borde del shock, sin saber qué hacer.

La bronca paró, se acabó la fiesta y todos estábamos en la Recepción del hotel pidiendo la presencia de la Policía a fin de hacer las denuncias respectivas. Finalmente nunca llegó ningún policía y la gente poco a poco se fue yendo a dormir.

¿Y lo de recibir mi cumpleaños? Para otra ocasión sería. Y nuestro sketch también.

Al día siguiente nos fuimos encontrando en el comedor para tomar desayuno, por supuesto comentando los acontecimientos de la noche anterior. En otra mesa estaba el infeliz con su esposa bien calladito. Después nos fuimos a ver cómo había quedado el local en el que se dió la reunión y nos quedamos espantados: Mesas y sillas volteadas, vasos y botellas rotos regados por el piso, manchas de sangre, en fin, parecía que efectivamente, había habido una batalla campal.

Algunos fueron a jugar tenis, otros fuimos a jugar frontón y finalmente nos volvimos a juntar en la piscina para disfrutar de ese sol maravilloso que siempre regala Ica. Nosotros en el mismo sitio que el día anterior y el grupo de mamás del Santa María con su atorrante más al otro extremo, seguramente con una resaca del espanto. El ambiente era tenso sin duda.


Lo gracioso es que don "Chuchan Boy", si quería ir al baño o si quería buscar hielo o cualquier cosa, debía rodear la piscina pasando delante de nosotros porque no tenía alternativa, y en cada una de sus pasadas, tanto de ida como de vuelta, le silbávamos como si fuera un mariquita y él, mudo, metía la barriga y el rabo entre las piernas, haciendo lo posible para transitar esos 20 metros de la manera más digna.

En esa época no existía Facebook, WhatsApp, Instagram ni nada de eso, pero de haber existido, este cuento lo hubiera conocido todo Lima y balnearios. Sin duda algo se supo.