El 2025, año en el que cumplí 65, definitivamente no fue el mejor año para mí, ni para mi Rous. En el mes de abril tuvimos que dormir a Waype, una de nuestras dos mascotas, ya viejito y enfermo; poco tiempo después, empecé yo con dolores en la espalda por una columna maltratada, además de una polineuropatía en las piernas que me impidió caminar por algunas semanas y que hoy lo hago con alguna pequeña dificultad.
A mediados del mes de octubre, Nena, mi querida nonagenaria suegra, quien vivía con nosotros desde hace dos años, se puso malita. Cuando llegó, le habilitamos un baño especial con todas las seguridades del caso. Al ponerse más malita hubo que habilitarte, una cama clínica, enfermera 12 horas al día y visitas de un médico amigo casi diarias. Finalmente Nena partió el 21 de diciembre en paz y sin dolor. Me parte el alma el no haberla podido acompañar ni a ella ni a mi Rous en el velorio y el entierro, por lo que comenté antes y que también me impedía mantenerme de pie por más de dos o tres minutos.
Hacia fines de ese mes empecé a sentir dificultad para respirar y fatiga y cada día era peor. Ducharme, secarme y vestirme me causaban una fatiga como si hubiera corrido una maratón. Se lo comenté a Carlos, mi fisioterapeuta, quien me sugirió pedirle al médico de mi suegra que me ausculte el tórax en alguna de sus visitas. Esa misma tarde Andrés me auscultó y me dijo que mi pulmón izquierdo "no sonaba" y que al día siguiente debía a ir a Emergencia pidiendo una tomografía.
No se si más obediente que asustado, al día siguiente, 2 de noviembre, estuvimos en la clínica, entrando por Emergencia. Me hicieron la tomografía respectiva y cuando salió el médico encargado del área me indicó que hasta ahí llegaba su responsabilidad como Emergencia, que había llamado al médico especialista y que lo más probable era que debía quedarme internado.
Después de unas horas interminables, considerando que era domingo, llegó el médico especialista, un oncólogo, ¡PLOP, primera alerta!, quien después de ver mis imágenes me dijo que debía quedarme internado unos días en Cuidados Intermedios para que puedan hacerme más exámenes.
Después de haber llegado a la clínica pasadas las 9 AM, poco antes de las 6 PM fui instalado en Cuidados Intermedios sin ropa, solo con una batita y un pañal "por si acaso". Desconectado del mundo, sin TV, sin teléfono, sin tablet, sin nada de nada y con dos visitas al día de una hora, que por supuesto eran de mi Rous querida y un par de buenos amigos envarados por ahí. Estaba en un box bastante cómodo, mi vista era hacia el counter de las enfermeras y por suerte tenía un reloj al frente cuyo minutero se demoraba una eternidad en avanzar.
Como a las 11 PM llegó el médico especialista en cirugía de tórax que debía colocarme el dren en el pulmón para poder expulsar el líquido que tenía acumulado. Fue un procedimiento sencillo. En esos días internado eliminé más de tres litros de líquido, equivalentes a tres kilos de peso. ¿Dónde estaba ese peso? ¿Por qué nunca sentí algún desbalance de peso en el cuerpo? El bendito dren lo tuve colocado durante casi 20 días porque seguía eliminando un mínimo de líquido,
Realmente fueron cincos días de retiro espiritual, de reflexión sobre mil cosas, sobre el cáncer, sobre la vida, sobre mi infancia, la relación con mis padres, mi familia, cosas que hice mal y que hubiera podido hacer mejor, la parte profesional, los amigos, los buenos y malos momentos y en fin tantas cosas que me pasaban por la cabeza en los momentos en que no dormía, porque en una clínica, cuando uno está internado, no existen los horarios: Tomografías, resonancias o Rx a las 11 PM o similar, muestras de sangre a las 5 AM, baño a las 6 AM, en fin.
A estas alturas y con toda la experiencia vivida, ya no somos ingenuos, yo ya sabía lo que tenía. El viernes, que ya estaba en cuarto, como a las 10 PM, mientras veía el partido entre la "U" vs Ayacucho FC, con la celebración del tricampeonato, se apareció Carlos Farfán, mi oncólogo a cargo, con quien desde el primer día sentí mucha confianza.
Las "visitas de médico" son tal como dicen, de un minuto o menos, pero esta vez le pedí que jale el sillón y se siente para conversar, lo cual hizo con muy buena disposición. Le pregunté, "Carlos, ¿es cáncer?" Y me respondió que sí, lo cual yo ya sabía. Le pregunté "¿En qué estadio?" Y me dijo que estadio 4. Le pregunté "¿hay metástasis"? Y me dijo que sí, pero solamente en la zona del pulmón y la pleura. Después tuve que hacerme otras pruebas más exhaustivas para saber si el cáncer se había extendido a otros órganos y efectivamente, se había extendido a la columna vertebral. Le pregunté ¿Tiempo de vida? Y no me lo pudo precisar, ¿5 meses, 5 años, 15 años? Lo cierto es que nadie, solo Dios, podría dar una precisión de ese tipo. Por último le pregunté por el tratamiento y me dijo que habían varias alternativas como pastillas, inmunoterapia, quimioterapia, radioterapia, cirugía o una combinación de ellos y que eso dependía de lo que determine el equipo de médicos, ya con todos los resultados de los exámenes.
Me dieron el alta en la Clínica Internacional, 5 estrellas realmente y después de muchas consultas y recomendaciones, decidimos pasar el caso a Oncosalud, que tiene equipos mucho más especializados para el tema de cáncer, seguro que vengo pagando desde hace alrededor de 40 años.
II. EL TRATAMIENTO
Las primeras interacciones con el personal de Oncosalud definitivamente no fueron buenas, en vez de que fuera tratado como un cliente, como una persona enferma, sentí que fui tratado como un número, cero empatía. Esto nos sucedió con el personal administrativo y con un primer médico oncólogo cuyo nombre prefiero no recordar que abría mi caso y nos hacía preguntas en términos médicos que uno no tiene por qué entender en una situación de alto estrés y pidiendo copias de pruebas con nombres ininteligibles que me habían hecho en la Clínica Internacional.
Y me preguntaba yo, siendo Oncosalud un seguro caro, ¿no podrían ellos tener personal administrativo que se encargue de recabar todas estas pruebas con las clínicas bajo un acuerdo? ¿Por qué encargárselos al enfermo o a sus familiares?
Felizmente después de esa primera mala impresión todo empezó a funcionar, seguramente gracias a la ayuda de un muy buen amigo de la infancia y toda la vida que tengo en Auna, mi ángel de la guarda, un doctor que estoy seguro prefiere que no mencione su nombre. A mi Rous querida, mi manager en este caso, una santa mujer, le asignaron a una ejecutiva que por lo que siempre escuché es A1. Recuerdo que yo solo le decía, "no te pelees con ella". Además, pudimos conseguir al oncólogo que se hiciera cargo de mi caso que nos habían recomendado.
Y después de una primera reunión con el doctor Luis Mas, empezó otra odisea de citas médicas: Análisis de sangre, PET, otra biopsia, Reumatología, Neurología, Cuidados Paliativos, Nutrición y otros. Recuerdo haberle comentado a mi buen amigo Pepe Pardo renegando acerca de todos estos exámenes e idas y venidas a las clínicas y me tapó la boca diciéndome que yo era un afortunado al poder hacerme todas esas pruebas. Y tenía toda la razón.
Al momento en que venía escribiendo esta parte de mi testimonio, a la espera de muchos resultados, que determinarán el tratamiento a seguir, no me siento bien, siento que soy un cuerpo enfermo, que empeora de poquito en poquito, que no acompaña a una mente, que se siente al 100%. Me fatigo con mucha facilidad, lavarme los dientes me cansa, caminar desde el ascensor que da al estacionamiento hasta el auto cuando tengo que ir a la clínica para algún examen es como si fuera una maratón de 10K. Es decir, muy poca carrocería para tanto motor.
Lo que antes ayudaba en mi casa en tareas del hogar, porque no soy un rey, ya no lo puedo hacer. Entregar y recibir a Ignacio para sus paseos matutinos de 6:30 AM a 7:30 AM, sacarlo a pasear en las tardes, darle de comer mañana y tarde mientras estuviera en casa; abrir y cerrar la mampara del balcón en las mañanas y en la noches y otros, ya no los puedo hacer porque me cuesta mucho agacharme y eso me produce muchas frustración porque estoy cargando a mi Rous con toda esta chamba y eso no es justo.
Y me duele porque Rous perdió a su madre y yo no pude ser capaz de darle el consuelo o apoyo necesario.
Felizmente se vino a Lima por unos días Ana Paula, la hija de Rous, que está haciendo su maestría en Madrid y tomó la decisión, la cual aceptamos felices, de que se quede con nosotros esos días que realmente, fueron muy felices.
En esos días de retiro en Cuidados Intermedios, pensaba, que desde el año 2004 vengo contribuyendo a una organización llamada World Community Grid (www.worldcommunitygrid.org/), a la cual le dono prácticamente el 98% del uso de CPU de las diversas laptop que he tenido, 24x24, 7x7, para ayudar a hacer investigaciones para combatir el cáncer y otras enfermedades. En 2016 empecé a colaborar mensualmente con la Liga contra el Cáncer, que tan bien preside mi amigo Fito Dammert. Y desde el 2023 vengo contribuyendo con Magia, esa maravillosa asociación de voluntarias por los niños con cáncer.
Y no dejo de preguntarme, ¿Qué pasó, cuál es la justicia de Dios? ¿Por qué a mi?
Hacia fines de noviembre, me llamó mi Rous querida, avisándome de que el almuerzo estaba servido. Si bien he perdido el apetito —he perdido entre 8 y 10 kilos en el último año—, pero no les recomiendo esta dieta, el momento del almuerzo siempre es el rato de unión y de compartir. Me levanté de manera brusca de mi escritorio y cual cabeza de pollo, me desmayé, cayendo al piso, en alfombra por suerte, rompiendo el vaso que llevaba en la mano y golpeándome el cráneo contra no se qué. No es la primera vez que me pasa, pero según me explican los médicos, levantarse de manera brusca —cuidado abuelos que juegan con los nietos en el piso— puede producir, no recuerdo si una subida o bajada de presión, que puede generar un desvanecimiento, tan solo de segundos. El chichón me duró varios días.
Mientras tanto y al momento de escribir, sigo a la espera de resultados y que son cultivos que toman su tiempo porque se llevan a otros países, antes de que los médicos determinen un tratamiento a seguir. Son días difíciles por la incertidumbre y porque nadie, ni ChatGPT, me ha respondido a la pregunta que me tortura todas las noches a pesar de los dos clonazepanes que me han recetado. ¿Cuánto tiempo de vida me queda?
Afortunadamente tengo mi cable a tierra que es mi psicólogo, Óscar Ugarriza, a quien veo casi semanalmente desde hace más de un año, sea de manera presencial o virtual y me da las tranquilidades que necesito. El es una ayuda invalorable en mi vida. Hace un tiempo me envió un mensaje por WhatsApp:
“La imaginación es la mitad de la enfermedad".
“La tranquilidad es la mitad del remedio".
"Y la paciencia es el comienzo de la cura“.
(Abu Ali ibn Sina 980-1037 médico y filósofo persa)
A lo que le respondí, "la imaginación la pongo yo ante la incertidumbre, la tranquilidad me la das tu y la paciencia es lo que queda".
Días después, finalmente, y con menos de 24 horas de anticipación, durante el sepelio de mi suegra, le avisaron a Rous que mi primera sesión de quimioterapia más inmunoterapia sería al día siguiente, el 23 de diciembre a las 11 AM. De eso nos enteramos el mismo 23 porque nadie está revisando las decenas de WhatsApp en el sepelio de su madre. ¿Oncosalud podría agendar con un poco más de anticipación verdad?
Y por suerte llegamos a tiempo a la clínica, poco antes de la hora indicada. Me habían dicho que sería una sesión larga, así que llevé mi tablet y un libro.
Esa primera sesión duró alrededor de seis horas, muy tranquila y sin ninguna molestia. Leí muy poco y traté de dormir lo más posible para que las horas pasen más rápido. Mi Rous se quedó acompañándome todo ese tiempo. A las 6 PM ya estábamos de regreso en casa y afortunadamente no sentí ningún efecto secundario por la quimio con inmunoterapia, a pesar de todas las advertencias que nos hicieron. Por el contrario, los días siguientes me sentí revitalizado. Entendía que en las próximas sesiones, con más químicos y medicinas, los efectos secundarios sí se van a sentir, pero íbamos un día a la vez.
Y semanalmente tuve mis sesiones de quimio más inmunoterapia, unas más largas que otras, sin casi sentir efectos secundarios, salvo, a veces, unos problemas estomacales. Recuerdo que entre la tercera y cuarta sesión me fui a recortar el pelo y ¡Oh sorpresa!, este dejó de crecer, aunque en mi caso eso no era grave porque hacia tiempo que yo ya andaba pelado. Y tampoco me crece la barba.
Entre la quinta y sexta sesión me programaron una intervención quirúrgica para implantarme un catéter en el pecho, lo que facilitaría las quimios, evitando que tuvieran que ponerme una vía cada vez, como venía ocurriendo. Algo así como una tapita de gasolina. El procedimiento fue sencillo, aunque se realiza en quirófano y con sedación total.
Luego de esa sexta quimio me sentía tan bien que decidí subir un cambio y poner el pie en el acelerador: El lunes un desayuno de trabajo, el martes un almuerzo con mi grupo Ecuménicos con unas 50 personas, el miércoles un almuerzo más pequeño con mis buenos amigos del frontón y el jueves quimio. Una locura porque nunca había sentido tanto agotamiento.
El viernes, al día siguiente de mi quimio, tuve mi cita semanal con Óscar, mi psicólogo, quien obviamente me dijo que baje un cambio y el pie del acelerador. El sábado hablé por teléfono con otro buen amigo, Alejandro, que también había pasado por un tema de cáncer y me comentó que uno debe reforzarse para las quimios, días antes, porque estas te debilitan. Mensajes recibidos.
Los días siguientes fueron fatales, no sé si producto de esa semana tan agitada, lo cierto es que volvió la falta de aire, la sensación de asfixia y la fatiga. Dejé de pasear al perro, dejé la bicicleta estacionaria y solo salí una vez a Wong, lo cual fue un craso error. Un día antes de la 7ma quimio pensé "Parece que estás perdiendo la batalla".
Resulta, es mi teoría, que me había dado tos, le consulté a mi oncólogo en una cita de rutina la semana anterior, pensando que dicha tos podía estar relacionada al problema del pulmón y los bronquios y me dijo que no y simplemente me recetó un jarabe que debía tomar tres veces al día durante veinte días.
Recogí los tres frascos de la farmacia y esa misma noche tomé la primera cucharada y así hasta acabar el primero. Curiosamente toda mi recaída, malestares y asfixias coincidían con el bendito jarabe y cuando quise abrir el segundo vi una indicación que decía algo así como "no recomendable para personas con problemas respiratorios o posibles problemas respiratorios". Y suspendí el jarabe y santo remedio. Me comuniqué con mi buen oncólogo para comentarle pero se me hizo el loco. Gajes del oficio, nada grave...
A los pocos días tuve mi 7ma quimio, larga, como de 5 o 6 horas y salí repotenciado, revitalizado, como si las necesitara. Lo que si he aprendido es a medirme: Menos salidas, menos almuerzos en la calle y menos comida, menos visitas, lo cual me obliga a veces a decir "no", pero no queda otra. Recuerdo una frase que me dijo el primer oncólogo que me vio en la Clínica Internacional y me dijo que a partir de ahora, en ese momento, "era yo, yo y yo".
Pasaron la 8va y 9na quimio, con lo cual terminaba el 3er ciclo de 4, e igual, sin casi efectos secundarios, salvo debilidad, fatiga y que empecé a tener desvanecimientos casi diarios, casi siempre hacia el mediodía y casi siempre al levantarme de la silla de mi escritorio.
Como cada fin de ciclo me tocó hacerme análisis y visita a mi oncólogo, quien vio en los resultados que mi hemoglobina estaba por el piso (en 8 cuando el rango debe estar entre 14 y 17,5) y que esa era la causa de mi debilidad y desvanecimientos. Su indicación fue parar las quimios hasta recuperar mis niveles.
Al día siguiente estuve con la doctora hematóloga, quien lo primero que me dijo al ver mis resultados fue "Te mandaría a Emergencias ahorita para que te hagan una transfusión de sangre", lo cual no era posible porque mi tipo de sangre es A-, un tipo de sangre difícil de conseguir, por lo que quedamos en un Plan B, una dieta con alto contenido de hierro (menestras, espinacas, brócoli, hígado, sangrecita, etc.), unas inyecciones de hierro para aplicarme durante 20 días y unas vacunas semanales durante cuatro semanas.
Recuerdo que de regreso a casa pensaba dentro de mi ¿para qué tanta cosa? ¿de qué sirve tanta pastilla, cada quimio, cada vacuna, cada inyección, cada viaje a la clínica si cada día me siento peor?
Esa semana, a raíz de mis fatigas y entre citas médicas y otros, cancelé mi asistencia a tres almuerzos y me disculpé a un cuarto. Lo único sagrado que quedó en mi agenda fue la cita con Óscar, mi psicólogo.
III. GRACIAS A LA VIDA
Gracias a la Vida es la canción que escribió, compuso e interpretó la cantautora folclórica chilena Violeta Parra. En mi memoria y en mi corazón guardo, sin embargo, la interpretación que hacía la argentina Mercedes Sosa, una hermosa versión.
Cuando uno repasa su vida se mezclan muchas cosas. Edades, lugares, situaciones, colegio, universidad, trabajo, matrimonios, amigos, viajes, playas, familia, familias políticas, qué hiciste bien, qué hiciste mal, qué pudiste hacer mejor y tanto más, que resulta difícil poder estructurarlo, y no hay forma de hacerlo, pero trataré.
Lo primero que se me viene a la mente es mi Rous, mi esposa maravillosa, una santa en verdad, incondicional al 100%, a pesar de lo pesado, exigente y antipático que puedo ser yo. Y a pesar de los otros rollos que ella ha venido viviendo. Sabes Reina que te amo y que te amaré por siempre.
Luego se me vienen a la mente esos grandes y maravillosos amigos y familiares, al tanto o no de mi enfermedad. Mencionar todos sus nombres sería imposible porque son muchos, pero ellos saben quiénes son y que los tengo en mi corazón. Que se comunican conmigo, que me escriben, que me llaman, que como el buen Teddy, hasta me trae lentejas preparadas por el; otros que me ofrecen sus oraciones y hasta misas de salud y que quieren visitarme; si no es diario, es semanalmente. Gracias a todos ustedes.
Pienso mucho en mi padre, un hombre bueno, fuerte, recio, duro, que nunca se quejó de nada, al que nunca vi a ir a un chequeo médico, salvo tal vez hace mil años donde el doctor Ricardo Cheesman. La esposa de mi padre, "mi madre", lamentablemente nunca lo animó a hacerse chequeos porque los suyos eran más importantes. Ella era la reina de las hipocondriacas. Hasta que el nos confesó que sentía una gran fatiga. Sacaba a pasear a su mascota, un Schnauzer insoportable y llegaba a la casa completamente agotado y se sentaba en el sofá para recuperar el aire. No nos dábamos cuenta porque ya no vivíamos en la casa familiar, hasta que nos los comentó.
Entre su hija, "mi hermana" y yo lo llevamos a hacer diferentes exámenes y el diagnóstico fue cáncer al pulmón con metástasis en los huesos. Lamentablemente el cáncer ya estaba muy avanzado y no había tratamiento posible, solo quedaba hacerle cuidados paliativos. Mi papá falleció cuatro meses después, en el 2004, los meses que más disfruté y que unido pude estar a él.
Curiosamente hemos tenido un diagnóstico muy parecido, pero la ciencia ha avanzado y yo tengo la oportunidad de seguir un tratamiento. Ojalá, tal vez.
¿Por estos días me pregunto si tuve una vida plena o una vida feliz? Y la respuesta es sí, sin duda. Y no lo menciono por mi infancia, por la época de colegio en La Recoleta, por mi interminable época universitaria, por mis 32 años en IBM, los dos super exitosos años en CA Technologies y desde el 2017 con mi gran amigo José Vidal en SAGROS, en un negocio de servicios muy difícil pero sumamente gratificante.
Es por todos los amigos que logré en la vida que yo creo firmemente es el mayor asset que uno pueda atesorar. Mi amiga y además pariente lejana, Inés Temple, diría, "tu red de contactos", pero para mi es algo mucho, mucho más fuerte que eso, es "tu red de amigos".
Considerando un cáncer al pulmón en estadio 4, que es muy grave, a veces me pongo a pensar si 65 años de vida fueron suficientes para mi y egoístamente podría decir que sí. He vivido, he gozado, he comido, he viajado, he sufrido también, pero en general he tenido una vida feliz y podría decir, ya estuvo bueno.
Pero ¿y todo lo que dejaría? ¿Y todo lo que estoy dejando pendiente? Comenzando por mi querida Rous, ¿Qué derecho tendría yo para dejarla sola?
¿Dónde quedarían mis deseos no cumplidos? Quisiera publicar hasta tres libros con las recopilaciones de los cientos de artículos que he escrito, de política, de ventas y de experiencias personales, lo cual sin duda significa un gran esfuerzo. ¿Dónde quedaría mi deseo de llevar a Rous a Paris en un viaje de 10 a 15 días, solo Paris. Claro ella quisiera Capadocia, pero ese es su deseo, no el mío. Antes había sido Bora Bora y se lo cumplí gracias a un premio que gané. Me encantaría dedicarme a la labor social y al voluntariado pero de manera activa, no tanto económica, pero me muero de miedo porque me afecta mucho ver la pobreza o la enfermedad. Hay tantos libros que tengo por leer...
Y como estos sueños mayores, estoy seguro de tener decenas de sueños menores, de esos que uno ni se acuerda.
Llego a la conclusión de que vivir más o menos años no es lo importante, lo importante es vivirlos con intensidad, disfrutarlos y agradecer cada día que se vive.
IV. EPÍLOGO
Siento temor de empezar a escribir esta última parte porque no tengo idea de cómo terminará. Lo cierto es que ese ánimo que tenía va bajando cuando uno enfrenta a la realidad y la realidad es que después de cuatro meses desde que fui diagnosticado, parece que hubiera vuelto a fojas cero. He bajado 10 kg en el último año, soy hueso y pellejo debido a la pérdida de músculo y me cuesta caminar. Si bien sentí mejora en las primeras semanas de tratamiento, nuevamente siento que me agito y me fatigo muy rápidamente; la sensación de no tener aire para respirar es espantosa y tengo una tos que ya parece crónica, pero claro, estoy funcionando con un solo pulmón. Hay muchas actividades que ya no puedo hacer y necesito pedir ayuda.
Empecé mi tratamiento el 23 de diciembre, ya pasé 9 de 12 quimios, hoy interrumpidas por el problema de la hemoglobina y me pregunto, ¿he mejorado algo en todo este tiempo? La respuesta lamentablemente es no, aunque algunos amigos optimistas me digan que se me ve muy bien, o mejor.
Mi Rous, que es una profunda creyente y practicante, me dijo hace poco que invitaría a su amigo el padre Armando Chico a la casa para que converse conmigo, lo cual acepté gustoso porque además de apreciarlo mucho, en ocasiones hemos tenido charlas muy interesantes acerca del rol de la Iglesia, la parte política y otros.
Vino Armando, Rous nos dejó solos y lo primero que hizo fue regalarme una estatuilla de la Virgen de Lourdes, pues él había estado por allá hacía poco, un denario y un frasco lleno de pensamientos positivos. Durante nuestra charla me enteré que el también estaba pasando o saliendo de un tema de cáncer, así que pudimos intercambiar nuestras experiencias.
La gran sorpresa fue que Armando me hizo un paquete 3x1 y me confesó, me dio la comunión y me dio la unción de los enfermos. Ese día realmente me sentí reconfortado.
El lunes 2 de marzo, repitiendo la historia del 2 de noviembre, volví a la clínica por Emergencia y por el mismo motivo; Insuficiencia Respiratoria, Quedé internado. ¿Qué pasó en esos cuatro meses de exámenes y tratamiento?
Pues resulta que uno de los efectos secundarios de mi tratamiento podía ser la caída en las defensas y eso pasó conmigo y fue la razón de mis fiebres, de mi falta de oxígeno, de la debilidad general, Cuatro días después de estar internado fui llevado a UCI por seis días debido a que había cogido anemia y una neumonía.
En el interín me hicieron dos transfusiones de sangre y siendo mi tipo uno de los más difíciles de encontrar, Factor Rh-A, había que reponerla al Banco de Sangre. Mi agradecimiento eterno para mi sobrino Juan Pablo Calderón, para Camila Pérez, una amiga de mi sobrina Andrea Echeandía y de Luis Podbrscek. Y de todas las personas amigas o descocidas que ofrecieron su donación de sangre.
En esos días en UCI, mucho oxígeno, análisis de sangre y placas del pecho diarias, entre otros mil cuidados dado por un excelente cuerpo de enfermeros y enfermeras, al que califico 10 sobre 10. Ya recuperados los niveles de defensas mínimo, superada la neumonía y habiendo recuperado los niveles de oxígeno, pude regresar a cuarto.
La diferencia entre estar en piso o en UCI no es muy grande. En piso los cuartos son más grandes, con más comodidades; en UCI uno está más cableado y enchufado, literalmente, a muchas más máquinas y monitores.
Bajé a piso con un dolencia nueva; mi mano izquierda había perdido control y de hecho en este momento escribo solo con el brazo derecho, Una vez le comentamos este hecho al médico ordenó una tomografía inmediata, Lamentablemente el resultado de la tomografía arrojó un tumor en el cerebro, lo cual se conoce como Metástasis.
El panorama pasó de gris a negro en cuestión de segundos. Esa noche hubo mucho estrés y lágrimas tanto de parte de mi Rous en casa, como mías aquí.
Al día siguiente, ayer, empecé a aligerar, un término que usaba con mi psicólogo cuando hablábamos de soltar cosas Y empezamos por firmar ante Notario, la esposa de Coco Salazar, mi gran amigo de toda la vida, un "poder universal" (generalmente referido como poder amplio o general) que es un documento notarial que faculta a una persona para actuar en nombre de otra en casi todos sus asuntos legales y administrativos, incluyendo la compra/venta de bienes y operaciones bancarias. Su amplio alcance conlleva altos riesgos, por lo que se recomienda otorgarlo solo a personas de máxima confianza.
Al final de la tarde fue la resonancia magnética del cerebro y finalmente mi cita con mi cable a tierra, mi psicólogo Óscar Ugarriza.
¿Cuál será el final de esta historia? No importa, lo que importa es lo siguiente:
Si bien los hechos empezaron a manifestarse durante el mes de mayo 2025, lo cierto es que durante los últimos años, ¡diría que unos diez!, tuve muchas señales, sean de eventuales dolores en la espalda, sean de un cansancio que me impedía estar parado mucho tiempo, sean de días con las manos temblorosas, sean de alguna suerte de hormigueo en las puntas de los dedos y tal vez otras, a las que no les hice caso porque nunca me impidieron hacer una vida normal y plena.
Pero fue en mayo que esto se precipitó con dolores de espalda a los que tampoco hice caso y que por ahí solo me impedían poner en el piso y recoger el plato de comida de Ignacio, mi mascota querida.
Y hubo un día en que entré a la ducha, una tina en realidad —¿por qué ponen tinas en los departamentos si prácticamente nadie las usa como tal?— y no podía salir porque no podía ordenarle a mis piernas levantarse para salir. Recuerdo haber salido de la ducha como si fuera un gusano, arrastrándome, con la ayuda de mi amada Rous, mi esposa querida. Tal vez la imágen más humillante de mí que yo recuerde.
Pues a Emergencias, tanto por el dolor como por la inmovilidad. En la clínica me recibieron en silla de ruedas (primera vez en la vida que usé este artefacto) y me echaron en una camilla donde me aplicaron una dosis inmensa de Tramadol, que no veía cuando terminara de gotear. Luego me tomaron unos Rx que arrojaron que mi columna estaba muy maltratada y me recomendaron visitar a un neurólogo. Si bien entré a la clínica en silla de ruedas, salí caminando, aunque el dolor persistía.
A los pocos días, fueron pocos sin duda por la persistencia de mi Rous querida, tuve citas con un neurólogo y dos neurocirujanos —he pasado por varios ya y consultado con muy buenos amigos médicos, siempre muy buenos y confiables—. Resonancias, Rx, decenas y lo digo así, decenas de análisis.
Primera conclusión, mi columna vertebral está destrozada, tal vez como no debería estar la de una persona de 64 años, pero sí tal vez como la de una persona de 80. Aprecio el deporte que hice y disfruté durante toda mi vida, sin haber destacado en ninguno y aprecio mucho más a los médicos que me dijeron que una operación de columna no era necesaria.
Pasé a Reumatología. Más exámenes, más muestras de sangre, al punto que en dos semanas me sacaron 14 + 8 muestras o tubitos de sangre. No lo podía creer, hasta me reía con la enfermera.
Miositis es lo que me han diagnosticado mis buenos médicos, una inflamación de los músculos que puede ser causada por infecciones, enfermedades autoinmunes o lesiones. Los síntomas comunes incluyen debilidad muscular, dolor y fatiga. Más una polineuropatía, porque los músculos y los nervios están ahí, juntos, entrelazados. En mi caso, tal vez la miositis fue activada por el estrés o por la atorvastatina, un medicamento del grupo de las estatinas, utilizado para reducir los niveles de colesterol en la sangre y prevenir enfermedades cardiovasculares y que tomo hace varios años, con receta médica.
Y es entonces que la vida me cambió en tan solo unos pocos días. Se acabaron las reuniones y almuerzos de grupo que tanto me gustan y que tanto he disfrutado, con Los Ecuménicos, con La Cofradía de los Primeros Jueves, con La Boutique, con el grupo que congrega mi amigo Pepe Pardo, con el Petit Comité Recoletano, con el grupo UK-Perú, con mis amigos del frontón del Club La Planicie (ya no jugamos pero nos seguimos juntando), los almuerzos de Alfonso Baella, que los pago apostando a que estaré mejor y asistiré, pero hasta ahora no puedo e invitamos a alguien que me reemplace, o los almuerzos que hacemos de vez en cuando los viernes en Capirena, el restaurante de mi buen amigo Capicho Bazo, con los muchachos de la promoción del colegio. Me juntaba también con mi buen amigo Teddy Camino más o menos una vez al mes en La Bodeguita, pero ya tampoco se puede. Él tuvo a bien visitarme hace poco y la pasamos muy bien. Y también con mi buen amigo Lucho Navarro.
Todo eso se redujo a 0 (cero), lo cual, si lo veo positivamente, me ha permitido algunos ahorros en el tema almuerzos, comidas y restaurantes. Como si eso fuera consuelo de todo lo que he perdido. Estúpido en realidad...
Es gracioso, a partir de cierta edad, digamos que los 40 y pocos, o 50, en el caso de los hombres, empezamos a preocuparnos por los temas de cáncer, corazón (hipertension, colesterol, triglicéridos), visión, próstata, glucosa, colonoscopias, etc. ¿Quién se ocuparía de un tema muscular, que por ahí estaba dormido, que de buenas a primeras se activó y nos cambió la vida?
Mientras tanto, y desde hace dos meses o más, solo he salido de mi departamento para ir a la clínica para más consultas, más análisis, más Rx, más tomografías, más resonancias y otros que espero paren ya porque la verdad es que uno se harta. He pasado por andadores con patas, sillas de ruedas, ahora con un andador con ruedas que me prestó mi querida prima Marisa y por ahí mi bastón. Me siento mejor en las tardes que en las mañanas.
Los trayectos de ida y regreso de la clínica son una tortura. Como es un tema doloroso, cada bache, por pequeño que fuera, cada rompemuelles, que abundan en nuestra ciudad me producen un gran dolor. ¡Qué ciudad horrible es Lima, la que tienen las personas con discapacidades!
Es curiosa también la empatía de las clínicas con sus pacientes. Uno llega en silla de ruedas, es decir, desplazándose con dificultad, a la mitad de la altura de una persona normal, pero todas las máquinas para sacar los tickets de atención o de registro, así como todos los counters de atención son para personas normales y uno se siente como una persona con enanismo. Los POS para pagar, los tableros en los que uno debe firmar algunos formularios no están hechos para personas que están con alguna discapacidad. Son tan solo detalles que uno nunca tomó en cuenta hasta que le pasa. Mucha tecnología pero poca empatía.
¿Mi vida mientras tanto? Cambió radicalmente. Antes de este evento me levantaba antes de las 5 AM, me bañaba, tomaba desayuno, leía tres periódicos más otras noticias, entregaba a Ignacio a las 6:30 AM para que lo sacaran a pasear a no sé dónde ni con qué amiguitos pero nunca he tenido una queja y regresa feliz. Lo recibía de regreso a las 7:30 AM y después seguía el día, con toda la agenda, proyectos y reuniones, incluído el paseo a Ignacio a las 5 PM que sí lo hacía yo casi siempre.
Hoy me siento un inútil, siento que no sirvo para nada y eso me tiene mal, aunque trate de mostrar lo contrario. ¿De qué me sirve levantarme a las 5 AM, bañarme, tomar desayuno, leer periódicos, si no puedo entregar a Ignacio para su paseo matutino? ¿Qué adelanto sentándome frente a mi computador antes de las 8 AM si no puedo movilizarme?
Me atormenta el pensar que a mi suegra de 93 años, que vive en mi departamento desde hace más de un año y le adaptamos un baño para personas mayores con todas las seguridades del caso y que ahora también uso yo, le pueda pasar algo y yo no pueda ayudarla. Me atormenta que a mi Rous querida le pase algo en todos sus trajines diarios, un choque por ejemplo, y yo no pueda hacer nada. Me atormentan tantos posibles incidentes. Hoy ni siquiera puedo cambiar un foco o un fluorescente porque mis piernas no tienen fuerza.
En fin, es lo que hay, lo que debo afrontar. Me gusta escribir y lo puedo seguir haciendo felizmente. Es mi testimonio, no es una queja. A todos se nos puede cambiar la vida de un día para otro y espero superar este evento pronto.
Gracias mi querida Rous, eres una reina, te debo el altar más grande; gracias Marthita querida que te ocupaste de los paseos de Ignacio y muchas cosas más; gracias Óscar Ugarriza, mi súper psicólogo que siempre estás ahí apoyándome. Gracias a las decenas de amigos que siempre me preguntan cómo voy, los aprecio mucho y los tengo en mi corazón, a cada uno de ustedes.
En fin, lo que sea, o lo que es, es lo que hay y debo afrontarlo.
Antes de iniciar esta segunda parte de la historia, debo mencionar que, a raíz de la primera publicación, un relato de ficción, recibí una carta notarial en la que entre, otros, las personas que se sintieron aludidas y otras, me tildaron de "escribidor" —a mucha honra—. En dicha carta me acusaban de caricaturizar y ofender a los personajes del relato. Ridiculizar sí, siempre, porque es mi estilo sarcástico, ofender no.
Tres meses después de dicha carta, recibí una notificación de la Corte Superior de Justicia de Lima por la cual me enteré de que se había archivado una denuncia que me pusieron por "Violencia contra las mujeres y los integrantes del grupo familiar" y que "no ha lugar el otorgamiento de medidas de protección para la loca y de sus dos menores hijas (a quienes no conozco), por presuntos actos de violencia familiar". Interesante de que en este país uno se entere de que ha sido denunciado al final del proceso.
Es decir, la loca del 203 se obsesionó conmigo y me incluyó dentro de su grupo familiar. Nunca tanto por Dios, señora. Ni en la peor de mis pesadillas.
Ha pasado un poco el tiempo y ahora conozco mejor a mis vecinos: Sin duda la loca está cada vez más loca, ¡de manicomio en verdad! Y a la señora que me ofreció las manzanas en el ascensor ni se le nota, está calladita.
En el camino, aparecieron un par de hermanitas, "niupes"(*). Ellas, que ya vivían en el edificio y ocupan dos departamentos siempre actuaron con perfil bajo, hasta que en algún momento tomaron el control de la Junta Directiva haciendo las de Kiko y Kako. Pero la mentira tiene patas cortas y fueron puestas al descubierto. Por supuesto, después de que se vieron obligadas a renunciar, nunca entregaron ninguna información y toda la documentación del edificio "se les perdió en un taxi".
Ellas son las hermanitas Pili y Mili Quispe Huamán-Huapaya. Nadie sabe el origen de sus ingresos. Pili, vive con quien entendería es su "chauffeur", al que llaman James, ya que lo único que parece que hace es manejarle una camioneta de alta gama y pasearles a los perros. Ya la SUNAT se encargará de dilucidar el misterio de esta señora, que dicen es la reina de la yuca en el mercado de Villa María del Triunfo. La otra, Mili vive con la madre, una señora del Perú más profundo que uno pueda imaginarse, Al lado de las hermanitas, la esposa del expresidente Castillo, Lilia Paredes, parecería una modelo de Vogue o Sports Illustrated.
Y apareció también otro personajillo, el peor de todos, el gran villano de la historia. Lo cierto es que siempre estuvo ahí, pero como las ratas y las cucarachas, siempre se mueven en la oscuridad, bajo el piso o recorriendo los desagües.
Este individuo, Míster Burns (el personaje de la imagen que titula este relato), es la víbora de nuestro edificio.
El personaje de nuestro relato, hasta donde sé, es un vejete cegatón y medio sordo que trabajó como mediocre jefe de sistemas de una zapatería que terminó quebrada.
Míster Burns vive en este edificio desde que se inauguró y desde ahí, o tal vez antes, se siente Luis XIV, el "Rey Sol". El cree que es el dueño del edificio, el único que tiene la razón, el único dueño de la verdad y que sus interpretaciones del Reglamento Interno están por encima del Tribunal Constitucional y hasta del Papa. Lo cierto es que no es más que un gran, pero gran cojudo.
El estilo de Míster Burns ha sido el mismo desde que llegué a este edificio. Como buen encantador de serpientes, tiene la costumbre de enamorar y engatusar a los conserjes con propinas y prebendas, a fin de que le brinden información. Míster Burns sabe absolutamente todo, de todos los que residimos en el edificio: A qué hora salimos, a qué hora llegamos, qué día hacemos las compras, quién nos visita, a qué hora paseamos a nuestras mascotas, quién pidió delivery, etc.
Y claro, lo que sucede es que Míster Burns utilizaría parte de su departamento como oficina, con trabajadores, lo cual no está permitido y, además, le carga el recibo de luz a su empresa, lo cual es evasión o elusión de impuestos, entonces, necesita del silencio de los conserjes para no reportar en su Libro de Ocurrencias el ingreso y salida de algunas personas. Si la empresa administradora que elige la Junta de Propietarios por mayoría no es de su agrado, le hará la guerra hasta el fin.
Y mientras las cosas se iban poniendo más complicadas en nuestro edificio, en el cual se iban definiendo dos bandos, el de los buenos y los malos, más, por supuesto, el de los que no se involucran en nada pero critican todo, mi esposa fue denunciada por la Pili Quispe Huamán-Huapaya por "Discriminación e Incitación a la Discriminación" (denunciada archivada); volví a recibir una carta notarial de la loca para que "cese inmediatamente de proferir insultos contra mi persona: se abstenga de imputarme conductas tipificadas como delito y deje de atribuirme conductas que afectan mi reputación, honorabilidad y buen nombre"...
Como si no fuera suficiente, entre los meses de setiembre y octubre, recibí otras notificaciones del Ministerio Público en la que archivaban unas denuncias que me hicieron la Pili Quispe Huamán-Huapaya y su "chauffeur" James, por "Violencia contra las Mujeres y los Integrantes del Grupo Familiar" y otra por "Violación de la Intimidad". Mi esposa también fue denunciada por "Violación de la Intimidad", tema que también fue archivado.
Es decir, estos personajes tan raros, tan acomplejados y aburridos, se pasan la vida en comisarías haciendo denuncias estúpidas y sin sentido, sin pensar que el Ministerio Público tiene una espantosa escasez de recursos y una gran carga procesal seguramente más importante.
¡Dios mío! ¿En qué mundo vivimos?
Mención aparte es el tema de los correos electrónicos: Mientras a la Pili Quispe Huamán-Huapaya le escribe sus correos algún tinterillo del jirón Azángaro, porque la verdad es que la reina de la yuca es incapaz de hilvanar dos frases con términos legales. Su hermana Mili es mantequilla, solo es buena para carruselear la plata de los propietarios para pagar sus cuentas personales. En todo caso sus correos los escribe su hermana Pili Quispe Huamán-Huapaya y los firma (electrónicamente) la madre, quien es la supuesta propietaria. Lo que yo creo es que la madre no pasa de la huella digital...
Los correos de la loca son los más impresionantes y los que más espero porque me hacen reír mucho, aunque la tengo en mi lista de Spam, Ella seguramente sufre de ansiedad, de depresión, de trastorno de la conducta, de trastorno por déficit de atención e hiperactividad, de trastorno obsesivo-compulsivo y de trastorno por estrés postraumático. Pero adoro que escriba de manera tan apasionada, diciendo lo que le sale de los ovarios y de sus hemorroides, insultando y ofendiendo a las personas. Ella no tiene filtro y escribe lo que se le sale de los forros. Lamentablemente, en este proceder, es que demuestra su grado de locura. Alguna vez le envié un correo recomendándole algunas instituciones para los problemas mentales, pero, evidentemente, lo ignoró.
Míster Burns, en cambio, es tal vez más astuto, nunca diría más inteligente, porque no lo es. El responde a los correos en los que se le alude a él o a su grupete, más o menos entre siete y diez días después, siempre en horas tardías. Los responde de manera educada, como si fueran una encíclica, afirmando su posición de único intérprete de la ley, pero siempre clavando la puñalada por la espalda. Siempre hace sus comentarios a algún otro correo en letras azules. La demora en responder no sé si se trata por su galopante Alzheimer, por su poca capacidad lectora o porque busca asesoría legal antes de escribir.
Pues resulta que Míster Burns, la loca, Pili Quispe Huamán-Huapaya y la hermanita Mili Quispe Huamán-Huapaya, se juntaron y se rebelaron contra todo el edificio, contra el resto de los propietarios. Hace seis meses aproximadamente, ellos decidieron no pagar las cuotas de mantenimiento porque no estaban de acuerdo con la Junta Directiva que había sido elegida, porque tampoco estaban de acuerdo con la empresa administradora que elegimos y no sé por qué otros motivos. Lo cierto es que si las cosas no son como a ellos les gusta, patean el tablero.
De acuerdo con el Reglamento Interno, estos parias han sido declarados "inhábiles", lo que significa que pierden el derecho a recibir servicios no esenciales y de no poder votar en las asambleas. Servicios no esenciales son por ejemplo el uso de los intercomunicadores y el apoyo de conserjería, aunque podría extenderme con muchos servicios más, como son el uso de ascensores, la disminución del flujo de agua, utilización del cuarto de residuos y un gran etcétera.
Míster Burns, la loca, Pili Quispe Huamán-Huapaya y la hermanita Mili, por supuesto con el liderazgo del titiritero Míster Burns, son tan sinvergüenzas, tan porquerías, que encima reclaman por la suspensión de servicios y hasta recurren a abogados, dicen que gastando miles de soles, para hacer respetar sus derechos.
¡Qué tal ostra por Dios! Estos deudores, morosos, inhábiles, pretenden que el resto de los propietarios paguemos por los servicios que ellos se niegan a pagar.
En fin, no sé en qué terminará esta historia. Yo ya no voy a hacer nada por este edificio. Por un lado, me harté de las demandas fiscales infundadas y archivadas, y de las mentiras, patrañas e insultos que propaga este grupo de enfermos en cada uno de sus correos. Por otro lado, me cansé también de la inacción del otro grupo de los propietarios que dice "hay que hacer una asamblea de propietarios", "hay que, "hay que" pero nadie da el primer paso para hacer nada. Que se encarguen los que nunca han participado.
Mientras tanto quedo a la espera de que a Míster Burns lo saquen del edificio con las patas por delante, a la loca se la lleven en camisa de fuerza a un manicomio y que a las hermanitas Pili y Mili Quispe Huamán-Huapaya les caiga la SUNAT y les embarguen todo.
Esta semana me convertiré en adulto mayor. Tengo clarísimo que cumplir los 60 años no es cumplir por segunda vez los 30. Y recuerdo muy bien la celebración de esos primeros 30. Cumplir los 40 y 50 no fueron significativos, aunque si fui consciente que estaba dando vuelta a la esquina, es decir, comenzando la segunda mitad de la vida. Estos últimos días, sin embargo, han sido de recordar y reconocer la riqueza de las vivencias del ayer, de lo que estamos viviendo hoy en medio de una pandemia y por qué no, del temor al mañana, porque no sé si será la última década que pueda seguir viviendo de manera intensa y con salud.
En todos estos años he hecho, sin duda, mucho menos de lo que quizás podría haber hecho, pero también bastante más de lo que pensaba que podía hacer cuando tenía 20 años. Llego a los 60 con la convicción de que pude cumplir muchos de mis sueños y que si no lo fueron, aparecieron ahí por la gracia de Dios para hacerme feliz. Pero también sé que hay muchos que quisiera cumplir, otros que siendo realista no podré cumplir y otros que simplemente he deshechado de mi lista, como por ejemplo, visitar las islas griegas. Simplemente ya no me atraen.
Me falta leer muchos libros, sobretodo aquellos que no son de temas profesionales.
Soy medio maniático y algo TOC, pero no creo ser una persona que haya planificado su vida. Las oportunidades aparecieron, algunas las aproveché y otras no. No me queda duda de que no aproveché todas, pero sí unas cuantas. El resto sigue siendo trabajo, curiosidad, interés por las cosas y un poco de organización. Y soy muy consciente de que ya no puedo tener proyectos de largo plazo. En algún momento de mi vida tuve que decidir si especializarme en algo o ser un océano de conocimientos de un centímetro de profundidad. Escogí lo segundo y no me arrepiento, pero nunca sabré si fue la decisión correcta.
Llego a los 60, despertándome cada mañana a la misma hora, así no haya dormido bien por el estrés que me produce la maldita pandemia, confirmando que estoy vivo, que tal vez algo me duele, que tal vez siento náuseas o que tal vez la temperatura me incomoda.
Llego a los 60 sabiendo que los controles médicos son importantes, que soy hipertenso y dislipidémico, siempre controlado, siendo consciente que debo tomar pastillas diariamente y procurar comer sano, aunque nunca haya hecho una dieta. Dejé de fumar en el año 2008 pero sigo disfrutando una Pilsen, un Vodka Tonic, un Cuba Libre o un Etiqueta Negra en la rocas. O varios.
Al cumplir 60 años, me miro al espejo de manera pretenciosa y me veo casi igual que hace 30 o 40, solo que con menos pelo, con un poco más de barriga, casi con el mismo peso, y en estos tiempos de pandemia, tal vez con falta de tonicidad muscular por la ausencia de frontón, mi deporte favorito. Quisiera creer que lo único que pudo cambiar en todos estos años fue el lugar en el que se ubica el espejo.
Sin duda, al llegar a los 60 años es que sé quiénes son mis verdaderos amigos y mi verdadera familia: Aquellos que a pesar de que no los vea, están y siempre han estado ahí. Aquellos con los que hoy, afortunadamente y gracias a la tecnología, puedo compartir vivencias en las redes y a quienes siento y extraño. Tan cercanos como un WhatsApp, un Zoom o una llamada telefónica. Ustedes, algunos de los que me leen, saben quiénes son y cómo los quiero. Y extraño poder darles un abrazo o un beso.
Sí, al cumplir 60 años, me siento con el legítimo poder y la libertad de no disimular frente a los otros y decir lo que pienso, así como de decir "no" cuando considero que es "no". Porque la vida y la experiencia me han dado ese derecho.
Toca ahora apuntar hacia los 70, porque vivir, porque la vida, tal vez es un vicio y no queremos o no podemos salirnos de ella. Y lo haré con mucho optimismo porque muchos de mis mejores amigos están en los 70 y 80 y los veo muy bien. Y porque quedan muchas cosas por hacer, útiles o inútiles, lo importante es que sirvan de algo a alguien.
Finalmente, es llegar a los 60 enamorado y amando a una mujer maravillosa, mi Rous, mi punto de apoyo, mi talismán; la que aguanta todas mis majaderías y defectos pero igual me quiere, iluminando mi vida. Ella es la que hace que mis días puedan ser perfectos, porque los comienzo y los termino siempre a su lado.
¿Qué año habrá sido? Por ahí 1978 o 1979. Yo tenía 18 o 19 años, ya estaba en la universidad, mi padre trabajaba en Arequipa en esa época y su esposa repartía su tiempo entre Arequipa y Lima. A cargo de la casa estaba mi queridísima abuela.
Una noche me vino a buscar mi primo Eduardo, con quien prácticamente crecimos juntos, teniendo dos meses de edad de diferencia. Nos quedamos en la casa charlando y tomando algunas cervezas, de lo más entretenidos como siempre, hasta que se nos acabaron los cigarrillos.
Es así que nos subimos al Opel Rekord blanco con celeste de su mamá y salimos en busca de cigarillos. Sería ya tarde porque estando en Miraflores encontrábamos que todo estaba cerrado, así que bajamos a la Vía Expresa del Paseo de la República y no se cómo terminamos en la Plaza San Martín, en el centro de Lima. Estacionamos —en esa época podías parquear sin problema— y entramos a un local que llamaba la atención por sus luces de neón que se llamaba "Embassy".
El local estaba oscuro, se veía ocupado como a la mitad y al fondo había un escenario. Nos sentamos en una mesita ubicada como a la mitad del salón, rápidamente nos trajeron la carta pero ni la miramos y simplemente pedimos una botella de cerveza y una cajetilla de cigarillos.
Al rato se prendieron las luces del escenario y apareció alguna émula cuarentona de Betty di Roma o de la Tongolele para hacer un baile que podría ser un mambo, aquel ritmo tan exitoso de los años 50 cuyo máximo exponente fue Dámaso Pérez Prado y que ocasionó que el Cardenal y arzobispo primado de Lima, Juan Gualberto Guevara, mal aconsejado por escandalizados sectores ultraconservadores que veían a este baile como algo pecaminoso, decidió la excomunión de quienes lo tocaran, bailaran, o escucharan, la esposa de mi padre entre ellos.
Lo cierto es que nunca se encontró algún documento oficial por el cual la Iglesia Católica procedía a formalizar la excomunión que el Arzobispo de Lima había determinado para quienes bailaron este ritmo frenético. Por Dios, si el curita hubiera conocido el reggaetón se hubiera vuelto a morir.
Regresando a nuestro salón del Embassy, mientras mi primo y yo disfrutábamos del show con nuestra cerveza, nuestros cigarillos y una alegre conversación, sin terminar de entender cómo llegamos a este lugar, se apareció una voluptuosa señora afroamericana —si digo "negra" todas las ONG de izquierda me denunciarían por racista, asi que no le diré "negra"—, quien sin más ni más se sentó en mis piernas y me pidió una copa de champán mientras me coqueteaba.
Ya con las piernas entumecidas o acalambradas por el peso y casi asfixiado por el perfume intenso de la dama y mis excusas por no poder invitarle una copa de champán porque lo que tenía en el bolsillo solo me alcanzaba para los cigarrillos y tal vez un par de cervezas, finalmente la señora se dio por vencida y se fue a buscar a otra víctima.
Llegó el momento de pedir la cuenta, que como mucho fueron dos cervezas grandes y una cajetilla de cigarrillos y nos trajeron un cuentón, no me acuerdo, pero podría ser el equivalente a S/ 600 o S/ 700 de hoy, es decir una comida para dos en un muy buen restaurante
Reclamamos, pedimos que venga el administrador —sí, dos cagones de 18 o 19 años reclamando en un cabaret— y nos llevaron a un espacio interior en un pequeño corredor oscuro donde el administrador nos mostró la lista de precios que efectivamente indicaba que el precio de una botella de cerveza podía ser equivalente a S/ 250 actuales.
Como buenos rebeldes adolescentes que defendíamos nuestros derechos en medio de una dictadura militar, exigimos la presencia de la policía, a lo cual el administrador accedió gustosamente y en menos de un minuto, qué eficiencia, teníamos la presencia de un agente policial que nos invitó a salir para ir a la comisaría a fin de sentar la denuncia. En la puerta de local ¡Oh sorpresa! había un vehículo patrullero que nos esperaba, ¡solo faltaba una alfombra roja!, al cual subimos para que nos llevara a lo que años después supe que era la Comisaría de Cotabambas. En ese momento yo solo sabía que era un lugar muy cerca del Palacio de Justicia.
Después de esperar un rato, porque como siempre, la policía se siente importante haciéndonos esperar, aunque no tengan nada que hacer, vino la parte de la declaración, los generales de ley y todas esos temas burocráticos a los que nos tienen acostumbrados cada vez que por desgracia debemos hacer una denuncia o un trámite. Sí, es verdad que mi primo y yo estuvimos achoraditos, graciositos. respondones y dando información a medias, por lo que nos ganamos la antipatía del oficial a cargo.
A estas alturas ya nos habíamos dado cuenta de que había un arreglo entre el establecimiento y los policías de esta comisaría y que estábamos perdidos.
Finalmente nos enviaron a un ambiente grande, frío, pintado de color verde palta, verde comisaría, con las paredes manchadas por todos lados, incluso con marcas de sangre. En una esquina había una puerta de rejas, que se supone era el calabozo.
Y mi primo y yo nos sentamos en una banca larga que había y que cubría toda una pared, desde donde veíamos la reja del calabozo. Sería verano y muy tarde porque no sentíamos ni frío ni sueño.
Y es en ese trance que apareció un detenido por detrás de la reja pidiéndonos un cigarillo y yo, haciéndome el gracioso le tiré la colilla de lo que quedaba del que estaba fumando en ese momento. Por supuesto nos insultó y nos amenazó pero no nos importaba porque el estaba al otro lado de la reja.
A esas alturas mi preocupación era mi abuela que no sabía dónde estaba o por qué no había regresado a la casa. Recuerden que en esa época no habían teléfonos celulares y me parece que la única llamada que pudimos hacer fue al tío Aldo, hermano de la mamá de Eduardo que no era tan mayor y podía entender mejor la situación.
Al día siguiente, alrededor de las 7:30 AM, aparecieron unos policías para abrir el calabozo y tremenda sorpresa la que nos llevamos: Mientras nosotros creíamos que solo había un detenido, salieron como 20 personas, cada uno con más cara de criminal que el otro, uno de los cuales en un momento de distracción se escapó por el techo.
Reconozco que en ese momento sentí mucho miedo.
Pasó ese episodio, nosotros ya sentíamos un poco de hambre hasta que llegó el tío Aldo a sacarnos, no sin antes tener que firmar letras de cambio que aseguraran el pago de la deuda que tuvimos que asumir con el Embassy. Claro, en las comisarías nunca tenían el famoso papel de Sello Sexto que te exigían para la copia de la denuncia y tenías que comprar en la bodega de al costado, amarrada con la comisaría, pero sí tenían letras de cambio.
Y terminamos pagando, no recuerdo si en dos o tres partes, pero pagamos.
Meses después decidí regresar al Embassy, no recuerdo si con mi primo o con otra persona. Nos sentamos creo que en la misma mesa, pedí la carta, la revisé al detalle, se la tiré al mozo en la cara mandándolo a la concha de su madre, nos levantamos y nos fuimos. Fue mi pequeña revancha.
Fue en 1993 o 1994, que un grupo de buenos amigos decidimos irnos de weekend al Hotel Las Dunas en Ica. Ahí estuvimos Álvaro y Elisa, Jose y Lucía, mi siempre querido excuñado Gonzalo con su ahora exesposa Cecilia, Jorge con su ahora exposa Carola, Igor con su ahora exesposa Julita, Jose con su ahora exesposa Giovanna, sus papás que también nos acompañaron, yo con mi exesposa Meche y por ahí me olvido de alguien más en este grupo grande.
Es decir, salvo dos parejas que se mantienen, el resto somos un solo de "ex" pero que en esa época la pasábamos súper bien... Ese sábado habíamos acordado juntarnos temprano en esa terminal de Ormeño que está o estaba frente al colegio San Agustín y nos embarcamos en un bus de esos de dos pisos, donde el primero era nuestro y que nos llevaba directamente, sin paradas, al hotel Las Dunas. Llegamos en un viaje rápido, seguramente de menos de tres horas, tal vez por lo entretenido y lo entusiasmados que estábamos. Nos registramos, nos instalamos en nuestras habitaciones y quedamos en encontrarnos en la piscina. Y ahí, en un día soleado como los que siempre da Ica, nos íbamos encontrando e instalando en las poltronas con nuestros coolers y traguitos, dispuestos a pasarla de lo mejor. Al frente, al otro lado de la piscina, se iba armando un grupo grande de señoras, todas ellas acompañadas por un señor. No fue muy dificil averiguar que eran las mamás de un grupo de niños del colegio Santa María, que habían ido por las vacaciones de octubre. Y recuerdo que era octubre porque esa noche recibiríamos mi cumpleaños. Esa tarde la pasamos súper, almorzamos muy bien, nos reímos, nos divertimos como buenos amigos, mientras veíamos al individuo del grupo de al frente que seguía tomando, tratando de encantar a todas las mamás del grupo. Pobres ellas que tenían que soportarlo. El era todo un "Chuchan Boy". Finalmente nos fuimos a descansar. En la noche el programa era que los huéspedes nos reuniéramos en un ambiente del hotel para departir y divertirnos en medio de actividades que manejaba un cubano marica, disfrazado de algo parecido a Carmen Miranda, muy simpático.
Recuerdo que en el lugar de la reunión, en un extremo estaba la mesa grande de las mamás del Santa María con el ya borracho acompañante de todas ellas; en el centro se encontraba la mesa del buen Pepe Pardo con su simpática esposa y después estaba nuestro grupo, en una mesa larga donde yo estaba pegado a la pared o la ventana, al medio, con dificultad para moverme o salir sin incomodar a los que estaban a mi lado. No recuerdo si habían más mesas... El juego de la noche era que cada mesa tenía que parodiar un comercial de televisión y quienes comenzaron fueron Pepe Pardo y su esposa que escogieron aquél conocido de "Pásame la Manty", que representaron muy bien.
Lo cierto es que el "Chuchan Boy", completamente borracho, estaba malogrando la noche e incomodaba a todos. Pobres mamás del Santa María, pensaba yo, de tener a este impresentable en su grupo.
A continuación el grupo de las mamás comenzó con la parodia de un comercial de D'Onofrio, pero una o unas de ellas de manera disimulada empezaron a tirar hielos a nuestra mesa, agresión que obviamente fue devuelta con más hielos. Y fue en esta situación que Jorge, de nuestro grupo, siempre un caballero y que ya estaba solo, pues Carola se había ido a descansar, se levantó y se acercó a este tipo para pedirle que se tranquilice, se comporte y muestre respeto por las damas que se encontraban en el lugar. Lamentalemente en su cariñoso gesto lo abrazó. Pues la reacción del tipo no fue otra que reventarle a Jorge en la cara el vaso que tenía en la mano, afortunadamente sin mayores consecuencias, salvo un corte en el mentón que hubo que cocer. En ese momento a Jose le vaciaron un balde de hielo en la cabeza, Gonzalo mi excuñado saltó desde el otro extremo de la mesa y se armó la bronca. Se pararon las mujeres que podían hacerlo, de una y otra mesa y comenzaron a jalarse los pelos, a empujarse y no se qué tanta cosa más. Los hombres que podían levantarse de la mesa -recuerden que habíamos algunos que estábamos contra el vidrio o la pared y teníamos mucha dificultad para movernos-, trataban de separar a las mujeres y acabar esta bronca.
En el medio de todo este bochinche, Pepe Pardo y su esposa, que no recuerdo si se quedaron sentados en su mesa o salieron disparados. Y el cubano marica con ataque de pánico, al borde del shock, sin saber qué hacer.
La bronca paró, se acabó la fiesta y todos estábamos en la Recepción del hotel pidiendo la presencia de la Policía a fin de hacer las denuncias respectivas. Finalmente nunca llegó ningún policía y la gente poco a poco se fue yendo a dormir.
¿Y lo de recibir mi cumpleaños? Para otra ocasión sería. Y nuestro sketch también.
Al día siguiente nos fuimos encontrando en el comedor para tomar desayuno, por supuesto comentando los acontecimientos de la noche anterior. En otra mesa estaba el infeliz con su esposa bien calladito. Después nos fuimos a ver cómo había quedado el local en el que se dió la reunión y nos quedamos espantados: Mesas y sillas volteadas, vasos y botellas rotos regados por el piso, manchas de sangre, en fin, parecía que efectivamente, había habido una batalla campal.
Algunos fueron a jugar tenis, otros fuimos a jugar frontón y finalmente nos volvimos a juntar en la piscina para disfrutar de ese sol maravilloso que siempre regala Ica. Nosotros en el mismo sitio que el día anterior y el grupo de mamás del Santa María con su atorrante más al otro extremo, seguramente con una resaca del espanto. El ambiente era tenso sin duda.
Lo gracioso es que don "Chuchan Boy", si quería ir al baño o si quería buscar hielo o cualquier cosa, debía rodear la piscina pasando delante de nosotros porque no tenía alternativa, y en cada una de sus pasadas, tanto de ida como de vuelta, le silbávamos como si fuera un mariquita y él, mudo, metía la barriga y el rabo entre las piernas, haciendo lo posible para transitar esos 20 metros de la manera más digna.
En esa época no existía Facebook, WhatsApp, Instagram ni nada de eso, pero de haber existido, este cuento lo hubiera conocido todo Lima y balnearios. Sin duda algo se supo.