14 de octubre de 2020

Mis 60 años



Esta semana me convertiré en adulto mayor. Tengo clarísimo que cumplir los 60 años no es cumplir por segunda vez los 30.  Y recuerdo muy bien la celebración de esos primeros 30. Cumplir los 40 y 50 no fueron significativos, aunque si fui consciente que estaba dando vuelta a la esquina, es decir, comenzando la segunda mitad de la vida. Estos últimos días, sin embargo, han sido de recordar y reconocer la riqueza de las vivencias del ayer, de lo que estamos viviendo hoy en medio de una pandemia y por qué no, del temor al mañana, porque no sé si será la última década que pueda seguir viviendo de manera intensa y con salud.

En todos estos años he hecho, sin duda, mucho menos de lo que quizás podría haber hecho, pero también bastante más de lo que pensaba que podía hacer cuando tenía 20 años. Llego a los 60 con la convicción de que pude cumplir muchos de mis sueños y que si no lo fueron, aparecieron ahí por la gracia de Dios para hacerme feliz. Pero también sé que hay muchos que quisiera cumplir, otros que siendo realista no podré cumplir y otros que simplemente he deshechado de mi lista, como por ejemplo, visitar las islas griegas. Simplemente ya no me atraen.

Me falta leer muchos libros, sobretodo aquellos que no son de temas profesionales.

Soy medio maniático y algo TOC, pero no creo ser una persona que haya planificado su vida. Las oportunidades aparecieron, algunas las aproveché y otras no. No me queda duda de que no aproveché todas, pero sí unas cuantas. El resto sigue siendo trabajo, curiosidad, interés por las cosas y un poco de organización. Y soy muy consciente de que ya no puedo tener proyectos de largo plazo. En algún momento de mi vida tuve que decidir si especializarme en algo o ser un océano de conocimientos de un centímetro de profundidad. Escogí lo segundo y no me arrepiento, pero nunca sabré si fue la decisión correcta.

Llego a los 60, despertándome cada mañana a la misma hora, así no haya dormido bien por el estrés que me produce la maldita pandemia, confirmando que estoy vivo, que tal vez algo me duele, que tal vez siento náuseas o que tal vez la temperatura me incomoda.

Llego a los 60 sabiendo que los controles médicos son importantes, que soy hipertenso y dislipidémico, siempre controlado, siendo consciente que debo tomar pastillas diariamente y procurar comer sano, aunque nunca haya hecho una dieta. Dejé de fumar en el año 2008 pero sigo disfrutando una Pilsen, un Vodka Tonic, un Cuba Libre o un Etiqueta Negra en la rocas. O varios.

Al cumplir 60 años, me miro al espejo de manera pretenciosa y me veo casi igual que hace 30 o 40, solo que con menos pelo, con un poco más de barriga, casi con el mismo peso, y en estos tiempos de pandemia, tal vez con falta de tonicidad muscular por la ausencia de frontón, mi deporte favorito. Quisiera creer que lo único que  pudo cambiar en todos estos años fue el lugar en el que se ubica el espejo.
 
Sin duda, al llegar a los 60 años es que sé quiénes son mis verdaderos amigos y mi verdadera familia:  Aquellos que a pesar de que no los vea, están y siempre han estado ahí. Aquellos con los que hoy, afortunadamente y gracias a la tecnología, puedo compartir vivencias en las redes y a quienes siento y extraño. Tan cercanos como un WhatsApp, un Zoom o una llamada telefónica. Ustedes, algunos de los que me leen, saben quiénes son y cómo los quiero. Y extraño poder darles un abrazo o un beso.

Sí, al cumplir 60 años, me siento con el legítimo poder y la libertad de no disimular frente a los otros y decir lo que pienso, así como de decir "no" cuando considero que es "no". Porque la vida y la experiencia me han dado ese derecho.

Toca ahora apuntar hacia los 70, porque vivir, porque la vida, tal vez es un vicio y no queremos o no podemos salirnos de ella. Y lo haré con mucho optimismo porque muchos de mis mejores amigos están en los 70 y 80 y los veo muy bien. Y porque quedan muchas cosas por hacer, útiles o inútiles, lo importante es que sirvan de algo a alguien.


Finalmente, es llegar a los 60 enamorado y amando a una mujer maravillosa, mi Rous, mi punto de apoyo, mi talismán; la que aguanta todas mis majaderías y defectos pero igual me quiere, iluminando mi vida. Ella es la que hace que mis días puedan ser perfectos, porque los comienzo y los termino siempre a su lado.

29 de septiembre de 2020

Una noche en la Comisaría de Cotabambas



¿Qué año habrá sido? Por ahí 1978 o 1979. Yo tenía 18 o 19 años, ya estaba en la universidad, mi padre trabajaba en Arequipa en esa época y su esposa repartía su tiempo entre Arequipa y Lima. A cargo de la casa estaba mi queridísima abuela.

Una noche me vino a buscar mi primo Eduardo, con quien prácticamente crecimos juntos, teniendo dos meses de edad de diferencia. Nos quedamos en la casa charlando y tomando algunas cervezas, de lo más entretenidos como siempre, hasta que se nos acabaron los cigarrillos.

Es así que nos subimos al Opel Rekord blanco con celeste de su mamá y salimos en busca de cigarillos. Sería ya tarde porque estando en Miraflores encontrábamos que todo estaba cerrado, así que bajamos a la Vía Expresa del Paseo de la República y no se cómo terminamos en la Plaza San Martín, en el centro de Lima. Estacionamos —en esa época podías parquear sin problema— y entramos a un local que llamaba la atención por sus luces de neón que se llamaba "Embassy".


El local estaba oscuro, se veía ocupado como a la mitad y al fondo había un escenario. Nos sentamos en una mesita ubicada como a la mitad del salón, rápidamente nos trajeron la carta pero ni la miramos y simplemente pedimos una botella de cerveza y una cajetilla de cigarillos.

Al rato se prendieron las luces del escenario y apareció alguna émula cuarentona de Betty di Roma o de la Tongolele para hacer un baile que podría ser un mambo, aquel ritmo tan exitoso de los años 50 cuyo máximo exponente fue Dámaso Pérez Prado y que ocasionó que  el Cardenal y arzobispo primado de Lima, Juan Gualberto Guevara, mal aconsejado por escandalizados sectores ultraconservadores que veían a este baile como algo pecaminoso, decidió la excomunión de quienes lo tocaran, bailaran, o escucharan, la esposa de mi padre entre ellos.

Lo cierto es que nunca se encontró algún documento oficial por el cual la Iglesia Católica procedía a formalizar la excomunión que el Arzobispo de Lima había determinado para quienes bailaron este ritmo frenético. Por Dios, si el curita hubiera conocido el reggaetón se hubiera vuelto a morir.​

Regresando a nuestro salón del Embassy, mientras mi primo y yo disfrutábamos del show con nuestra cerveza, nuestros cigarillos y una alegre conversación, sin terminar de entender cómo llegamos a este lugar, se apareció una voluptuosa señora afroamericana —si digo "negra" todas las ONG de izquierda me denunciarían por racista, asi que no le diré "negra"—, quien sin más ni más se sentó en mis piernas y me pidió una copa de champán mientras me coqueteaba.

Ya con las piernas entumecidas o acalambradas por el peso y casi asfixiado por el perfume intenso de la dama y mis excusas por no poder invitarle una copa de champán porque lo que tenía en el bolsillo solo me alcanzaba para los cigarrillos y tal vez un par de cervezas, finalmente la señora se dio por vencida y se fue a buscar a otra víctima.

Llegó el momento de pedir la cuenta, que como mucho fueron dos cervezas grandes y una cajetilla de cigarrillos y nos trajeron un cuentón, no me acuerdo, pero podría ser el equivalente a S/ 600 o S/ 700 de hoy, es decir una comida para dos en un muy buen restaurante

Reclamamos, pedimos que venga el administrador —sí, dos cagones de 18 o 19 años reclamando en un cabaret— y nos llevaron a un espacio interior en un pequeño corredor oscuro donde el administrador nos mostró la lista de precios que efectivamente indicaba que el precio de una botella de cerveza podía ser equivalente a S/ 250 actuales.

Como buenos rebeldes adolescentes que defendíamos nuestros derechos en medio de una dictadura militar, exigimos la presencia de la policía, a lo cual el administrador accedió gustosamente y en menos de un minuto, qué eficiencia, teníamos la presencia de un agente policial que nos invitó a salir para ir a la comisaría a fin de sentar la denuncia. En la puerta de local ¡Oh sorpresa! había un vehículo patrullero que nos esperaba, ¡solo faltaba una alfombra roja!, al cual subimos para que nos llevara a lo que años después supe que era la Comisaría de Cotabambas. En ese momento yo solo sabía que era un lugar muy cerca del Palacio de Justicia.

Después de esperar un rato, porque como siempre, la policía se siente importante haciéndonos esperar, aunque no tengan nada que hacer, vino la parte de la declaración, los generales de ley y todas esos temas burocráticos a los que nos tienen acostumbrados cada vez que por desgracia debemos hacer una denuncia o un trámite. Sí, es verdad que mi primo y yo estuvimos achoraditos, graciositos. respondones y dando información a medias, por lo que nos ganamos la antipatía del oficial a cargo.

A estas alturas ya nos habíamos dado cuenta de que había un arreglo entre el establecimiento y los policías de esta comisaría y que estábamos perdidos.

Finalmente nos enviaron a un ambiente grande, frío, pintado de color verde palta, verde comisaría, con las paredes manchadas por todos lados, incluso con marcas de sangre. En una esquina había una puerta de rejas, que se supone era el calabozo.


Y mi primo y yo nos sentamos en una banca larga que había y que cubría toda una pared, desde donde veíamos la reja del calabozo. Sería verano y muy tarde porque no sentíamos ni frío ni sueño.

Y es en ese trance que apareció un detenido por detrás de la reja pidiéndonos un cigarillo y yo, haciéndome el gracioso le tiré la colilla de lo que quedaba del que estaba fumando en ese momento. Por supuesto nos insultó y nos amenazó pero no nos importaba porque el estaba al otro lado de la reja.

A esas alturas mi preocupación era mi abuela que no sabía dónde estaba o por qué no había regresado a la casa. Recuerden que en esa época no habían teléfonos celulares y me parece que la única llamada que pudimos hacer fue al tío Aldo, hermano de la mamá de Eduardo que no era tan mayor y podía entender mejor la situación.

Al día siguiente, alrededor de las 7:30 AM, aparecieron unos policías para abrir el calabozo y tremenda sorpresa la que nos llevamos: Mientras nosotros creíamos que solo había un detenido, salieron como 20 personas, cada uno con más cara de criminal que el otro, uno de los cuales en un momento de distracción se escapó por el techo.

Reconozco que en ese momento sentí mucho miedo.

Pasó ese episodio, nosotros ya sentíamos un poco de hambre hasta que llegó el tío Aldo a sacarnos, no sin antes tener que firmar letras de cambio que aseguraran el pago de la deuda que tuvimos que asumir con el Embassy. Claro, en las comisarías nunca tenían el famoso papel de Sello Sexto que te exigían para la copia de la denuncia y tenías que comprar en la bodega de al costado, amarrada con la comisaría, pero sí tenían letras de cambio.

Y terminamos pagando, no recuerdo si en dos o tres partes, pero pagamos.

Meses después decidí regresar al Embassy, no recuerdo si con mi primo o con otra persona. Nos sentamos creo que en la misma mesa, pedí la carta, la revisé al detalle, se la tiré al mozo en la cara mandándolo a la concha de su madre, nos levantamos y nos fuimos. Fue mi pequeña revancha.

19 de septiembre de 2020

Cumpleaños en Las Dunas



Fue en 1993 o 1994, que un grupo de buenos amigos decidimos irnos de weekend al Hotel Las Dunas en Ica. Ahí estuvimos Álvaro y Elisa, Jose y Lucía, mi siempre querido excuñado Gonzalo con su ahora exesposa Cecilia, Jorge con su ahora exposa Carola, Igor con su ahora exesposa Julita, Jose con su ahora exesposa Giovanna, sus papás que también nos acompañaron, yo con mi exesposa Meche y por ahí me olvido de alguien más en este grupo grande.

Es decir, salvo dos parejas que se mantienen, el resto somos un solo de "ex" pero que en esa época la pasábamos súper bien...

Ese sábado habíamos acordado juntarnos temprano en esa terminal de Ormeño que está o estaba frente al colegio San Agustín y nos embarcamos en un bus de esos de dos pisos, donde el primero era nuestro y que nos llevaba directamente, sin paradas, al hotel Las Dunas.

Llegamos en un viaje rápido, seguramente de menos de tres horas, tal vez por lo entretenido y lo entusiasmados que estábamos. Nos registramos, nos instalamos en nuestras habitaciones y quedamos en encontrarnos en la piscina.

Y ahí, en un día soleado como los que siempre da Ica, nos íbamos encontrando e instalando en las poltronas con nuestros coolers y traguitos, dispuestos a pasarla de lo mejor. Al frente, al otro lado de la piscina, se iba armando un grupo grande de señoras, todas ellas acompañadas por un señor. No fue muy dificil averiguar que eran las mamás de un grupo de niños del colegio Santa María, que habían ido por las vacaciones de octubre. Y recuerdo que era octubre porque esa noche recibiríamos mi cumpleaños.

Esa tarde la pasamos súper, almorzamos muy bien, nos reímos, nos divertimos como buenos amigos, mientras veíamos al individuo del grupo de al frente que seguía tomando, tratando de encantar a todas las mamás del grupo. Pobres ellas que tenían que soportarlo. El era todo un "Chuchan Boy". Finalmente nos fuimos a descansar.

En la noche el programa era que los huéspedes nos reuniéramos en un ambiente del hotel para departir y divertirnos en medio de actividades que manejaba un cubano marica, disfrazado de algo parecido a Carmen Miranda, muy simpático.


Recuerdo que en el lugar de la reunión, en un extremo estaba la mesa grande de las mamás del Santa María con el ya borracho acompañante de todas ellas; en el centro se encontraba la mesa del buen Pepe Pardo con su simpática esposa y después estaba nuestro grupo, en una mesa larga donde yo estaba pegado a la pared o la ventana, al medio, con dificultad para moverme o salir sin incomodar a los que estaban a mi lado. No recuerdo si habían más mesas...

El juego de la noche era que cada mesa tenía que parodiar un comercial de televisión y quienes comenzaron fueron Pepe Pardo y su esposa que escogieron aquél conocido de "Pásame la Manty", que representaron muy bien.


Lo cierto es que el "Chuchan Boy", completamente borracho, estaba malogrando la noche e incomodaba a todos. Pobres mamás del Santa María, pensaba yo, de tener a este impresentable en su grupo.

A continuación el grupo de las mamás comenzó con la parodia de un comercial de D'Onofrio, pero una o unas de ellas de manera disimulada empezaron a tirar hielos a nuestra mesa, agresión que obviamente fue devuelta con más hielos.

Y fue en esta situación que Jorge, de nuestro grupo, siempre un caballero y que ya estaba solo, pues Carola se había ido a descansar, se levantó y se acercó a este tipo para pedirle que se tranquilice, se comporte y muestre respeto por las damas que se encontraban en el lugar. Lamentalemente en su cariñoso gesto lo abrazó.

Pues la reacción del tipo no fue otra que reventarle a Jorge en la cara el vaso que tenía en la mano, afortunadamente sin mayores consecuencias, salvo un corte en el mentón que hubo que cocer. En ese momento a Jose le vaciaron un balde de hielo en la cabeza, Gonzalo mi excuñado saltó desde el otro extremo de la mesa y se armó la bronca. Se pararon las mujeres que podían hacerlo, de una y otra mesa y comenzaron a jalarse los pelos, a empujarse y no se qué tanta cosa más. Los hombres que podían levantarse de la mesa -recuerden que habíamos algunos que estábamos contra el vidrio o la pared y teníamos mucha dificultad para movernos-, trataban de separar a las mujeres y acabar esta bronca.

En el medio de todo este bochinche, Pepe Pardo y su esposa, que no recuerdo si se quedaron sentados en su mesa o salieron disparados. Y el cubano marica con ataque de pánico, al borde del shock, sin saber qué hacer.

La bronca paró, se acabó la fiesta y todos estábamos en la Recepción del hotel pidiendo la presencia de la Policía a fin de hacer las denuncias respectivas. Finalmente nunca llegó ningún policía y la gente poco a poco se fue yendo a dormir.

¿Y lo de recibir mi cumpleaños? Para otra ocasión sería. Y nuestro sketch también.

Al día siguiente nos fuimos encontrando en el comedor para tomar desayuno, por supuesto comentando los acontecimientos de la noche anterior. En otra mesa estaba el infeliz con su esposa bien calladito. Después nos fuimos a ver cómo había quedado el local en el que se dió la reunión y nos quedamos espantados: Mesas y sillas volteadas, vasos y botellas rotos regados por el piso, manchas de sangre, en fin, parecía que efectivamente, había habido una batalla campal.

Algunos fueron a jugar tenis, otros fuimos a jugar frontón y finalmente nos volvimos a juntar en la piscina para disfrutar de ese sol maravilloso que siempre regala Ica. Nosotros en el mismo sitio que el día anterior y el grupo de mamás del Santa María con su atorrante más al otro extremo, seguramente con una resaca del espanto. El ambiente era tenso sin duda.


Lo gracioso es que don "Chuchan Boy", si quería ir al baño o si quería buscar hielo o cualquier cosa, debía rodear la piscina pasando delante de nosotros porque no tenía alternativa, y en cada una de sus pasadas, tanto de ida como de vuelta, le silbávamos como si fuera un mariquita y él, mudo, metía la barriga y el rabo entre las piernas, haciendo lo posible para transitar esos 20 metros de la manera más digna.

En esa época no existía Facebook, WhatsApp, Instagram ni nada de eso, pero de haber existido, este cuento lo hubiera conocido todo Lima y balnearios. Sin duda algo se supo.

7 de mayo de 2020

La Cofradía de los Primeros Jueves



Fue en abril de 2002 que un grupo de la oficina fuimos a almorzar al Club Rinconada para celebrar el Día de la Secretaria. Terminada la reunión nos quedamos en el lugar un grupo más reducido de amigos, todos hombres. Yo puse una botella de whisky para compartir y en medio de la cháchara de sobremesa empezaron los comentarios acerca de las quejas de nuestras esposas porque salíamos casi todos los días con los amigotes, lo cual era falso porque lo cierto es que en esa época teníamos muchos eventos, reuniones de anuncios y cócteles que se realizaban en la noche y simplemente había que estar presentes. Era parte del trabajo. Que coincidiera que todos fuéramos amigotes es otra cosa.

Fue en esta sobremesa que se gestó La Cofradía de los Primeros Jueves, un grupo de amigos, en ese momento 14, que se reuniría los primeros jueves de cada mes en un restaurante diferente. La organización de estas reuniones sería rotativa y sería el responsable  a cargo el que decida el lugar, el menú, los vinos y lo que pudiera ser necesario. Días después se distribuiría el costo de la reunión entre todos los asistentes.

La primera reunión la organizó Curro en Casa Juan, un restaurante español en la Av. Salaverry a la que yo no pude asistir debido a que me encontraba de viaje. Desde esa primera reunión en mayo de 2002 nos hemos juntado más de 200 veces, siempre en un lugar diferente y las pocas veces que hemos repetido es porque el restaurante cambió su carta, porque cambió de dueños o, es cierto, porque alguien se pajareó.

En todos estos años hemos conocido restaurantes buenísimos, otros no tanto como ese llamado Get & Grill en La Molina al que nos llevó Leoncio en setiembre de 2012 y en el que ni siquiera sabían preparar un Pisco Sour, porque claro, los dueños eran una pareja de colombianos que no tenía la menor idea de nuestro cóctel de bandera. Nunca lo olvidaremos. También hemos conocido uno que otro huarique como el tradicional Café Tostado en Barranco. Y por supuesto están los restaurantes que en el camino tuvieron que cerrar, siendo Claudio el especialista en este tema, por lo que cada vez que a el le toca organizar advertimos al propietario o encargado del restaurante del riesgo que corre su establecimiento. Ahí están Il Cantuccio, Mare Monti, La Cofradía, Los Cavenecia, Da Luciana, Scena, Café del Mar, La Divina Comedia, Il Postino, Conroy, La Décima, Hervé y muchos otros más que tuvimos la suerte de conocer.

En la medida de las posibilidades tratamos de armar un menú de degustación que compartimos en pequeñas porciones mientras el propietario o el chef del establecimiento nos explica la composición y la forma de elaborar el plato. Otra opción es que el responsable organice la cena en su casa donde hemos disfrutado, paellas, parrillas y comidas muy especiales como las que hace Juan Diego. Y por supuesto las mini cofradías en la casa de Alfonso. Estas últimas son extraoficiales y siempre de día, aunque invariablemente terminan de noche.


De los 14 miembros originales, se fueron Toño, Alex y Lalo, y se integraron el Pollo y Mario, por lo que hoy somos 13, un número cabalístico, y así estamos desde hace mucho tiempo. Varios, incluso algunos que se han sentido con derechos, han querido incorporarse a este selecto grupo de amigos pero para que alguien sea aceptado tiene que haber una decisión unánime.

Las mujeres no están permitidas, ni por invitación por una sola vez. Y la vez que insinué esta posibilidad, hace muchos años, en el Blue Moon, casi fui suspendido. Claramente recuerdo que habíamos acordado proponer esto entre los primeros asistentes. Cuando llegó la madre superiora estábamos todos alineados en fila, escuchó la propuesta y exigió que el autor de semejante barbaridad diera un paso al frente. Pasó que todos dieron un paso para atrás dejándome solo delante de él. 

Cuando comenzamos con esta aventura culinaria entre amigos, todos estábamos en IBM. Hoy solo queda uno. Los demás estamos en otras empresas, trabajando de manera independiente y hasta casi jubilados.

La excepción la hacemos en el mes de diciembre, en que hacemos la Cofradía Navideña y en la que agasajamos a nuestras esposas y parejas. Para estas ocasiones hemos tenido lindas reuniones, algunas en la casa de Curro, recuerdo alguna en casa de Leoncio, una elegantísima que organizó Gonzalo en el Club Nacional, otra en la casa de Juan Diego en la que nos sorprendió con la presencia de Pochi Marambio y su grupo Tierra Sur poniéndonos la música de fondo. Las últimas por lo general han sido hechas en alguno de los restaurantes que más disfrutamos durante ese año. La última me tocó organizarla a mi y la hicimos en Zsa Zsa del Club Suizo.

¿Qué ha cambiado en todo este tiempo? Sin duda que ahora comemos menos y nuestras reuniones terminan más temprano. Los años no pasan en vano pero la amistad se mantiene intacta. Ah, y me olvidaba, ahora tenemos un celíaco.



La organización de una cofradía no es poca cosa y siempre nos puede generar un estrés adicional porque todos queremos quedar bien con el grupo a un precio razonable. Si es un nuevo restaurante lo más probable es que el responsable tenga que ir antes a visitarlo, conocer el lugar, ver la calidad del servicio, probar algunos platos, etc. Luego vendrá la elección del menú, calcular las cantidades, negociar los precios, el derecho de corcho y otros detalles más. Por supuesto esto aplica para todos menos para Carlitos, pues Mirta, su esposa, se encarga de todo y casi sin excepción será en un restaurante de comida oriental. Pasó alguna vez en el año 2007 que Mario y yo habíamos llegado más temprano a Larcomar, al restaurante elegido por Carlos y de lejos lo veíamos más perdido que cuy en tómbola buscando Amaranto, el lugar que escogió Mirta, otro de los restaurantes que cerró.

Hablando de precios, hemos tenido de todo, desde la más económica en Café Tostado, organizada por el barranquino del grupo y por la que creo pagamos menos de S/70 en junio de 2008, hasta la más cara, organizada por Arturo en octubre de 2015 en Nos, el restaurante de Virgilio Martínez que quedaba en la Av. Vasco Núñez de Balboa en Miraflores, que también cerró y que nos costó un ojo de la cara.

Anécdotas tenemos muchas. Recuerdo especialmente cuando Gonzalo, el más innovador del grupo a mi parecer, organizó y fuimos a comer a Maido, un restaurante desconocido que recién estaba en marcha blanca y llegaron Gastón Acurio y su equipo para hacer un reportaje para el programa Aventura Culinaria que tuvo hasta hace algunos años. Maido ha sido galardonado como el mejor restaurante de Latinoamérica en al menos dos ocasiones y ahí estuvimos nosotros en su marcha blanca y saliendo poco después en televisión.

Otra anécdota, aunque yo no participé de ella fue cuando Arturo organizó una reunión, no me acuerdo en cuál restaurante. Todos habían llegado menos él y nadie sabía qué hacer. Al final fue tal la preocupación que el grupo se comunicó con su hijo, que a la sazón también trabajaba con nosotros y terminaron buscándolo en comisarías, clínicas, hospitales y hasta en la morgue. Yo recién me enteré al día siguiente de lo que había pasado, pero tendría que ser el mismo Arturo el que cuente cómo terminó ese día en Puno.

O cuando se me ocurrió organizar una noche de pastas en La Linterna y Alfonso me hizo una rebelión y todos terminamos comiendo pizzas.

Una que recuerdo con muchísimo cariño y pena también, motivo de la foto que acompaña al título de este relato, fue la de la ocasión en que celebrábamos los primeros diez años de La Cofradía de los Primeros Jueves. Era el año 2012. Curro y yo nos ofrecimos para organizar esta edición especial y decidimos investigar  el restaurante Nanka, en La Molina, que no tenía mucho tiempo de haber sido inaugurado. Nos atendió Lorena Valdivia, propietaria del restaurante junto con su esposo, el australiano Jason Nanka. Ella nos hizo todas las sugerencias para la cena, nos armó el menú, nos dijo con qué debíamos maridar cada plato, inclusive alguno con cerveza negra. Lo cierto es que ella nos habló con tanta pasión y con tanto amor acerca de su comida que quedamos convencidos. Y es cierto, fue una cena espectacular e inolvidable. En la foto Jason y Lorena son los que están delante y de fondo tenemos el huerto de yerbas y especias que ellos hicieron. Como se supo, esta linda pareja falleció en Ayacucho en un accidente de auto en diciembre de ese mismo año junto con Iván Kisic. Los jóvenes chefs habían sido invitados por una cooperativa de productores de frutas de la zona para promocionar insumos como el tumbo y la tuna.

Y muchas más historias sin duda. Lo importante y que quiero resaltar es que más que un grupo de amigos que encontró en la gastronomía la excusa perfecta para reunirse todos los meses para ponerse al día, intercambiar experiencias y por supuesto reírse brindando alrededor de una mesa con una copa de vino, somos una familia.

Hoy, primer jueves del mes de mayo en que La Cofradía de los Primeros Jueves cumple 18 años de existencia y que no podemos reunirnos por segundo mes consecutivo debido al aislamiento social al que nos encontramos obligados por esta pandemia, quisiera con este relato, hacer un homenaje a este maravilloso grupo.

¡Salud queridos amigos! ¡Salud Curro, mi querido George, Dani, Juan Diego, Gonzalo, Arturo, Mario, Pollo, Leoncio, Alfonso, Carlos, Claudio! ¡Por nuestros primeros 18 años y porque que sean muchos más.

Confiemos en Dios que más pronto que tarde habrá ocasión de volver a juntarnos.

22 de abril de 2020

Historias en el 101 Park House




No recuerdo si fue en 1995 o 1996 que me alojé por primera vez en el Hotel 101 Park House de Bogotá. Lo que sí recuerdo es que el hotel me gustaba mucho por la calidez de su personal, sus cómodas habitaciones y el buen ambiente que siempre se vivía ahí.

Eran épocas en que en IBM viajábamos mucho por los países de la región andina y teníamos reuniones frecuentes sea en Caracas, en Bogotá, en Quito y bueno, en Lima también. Y era usual encontrarnos en el "lechero" de Avianca de los viernes por la noche o sábados por la mañana los peruanos que regresábamos de Caracas, Bogotá o Quito. A las fly hostess con las que nos encontrábamos casi todas las semanas prácticamente las saludábamos con beso.

Fue a fines de 1998 que me promovieron y me asignaron a Bogotá por dos años. En enero de 1999 partí para allá solo y mientras se buscaba la casa, se hacía la mudanza, llegara el barco con nuestras cosas al puerto de Buenaventura en Cali y llegaran a Bogotá pasaron como cuatro meses que realmente disfruté en el 101 Park House.

Al principio viajaba a Bogotá los lunes o martes y volvía a Lima el viernes por la noche o el sábado por la mañana, pero ese ritmo era muy desgastante, por lo que comencé a hacerlo cada dos semanas. Los fines de semana eran muy tranquilos si uno se quedaba en el hotel, aunque siempre habían amigos peruanos, colombianos, ecuatorianos o brasileños que me invitaban a sus casas para almorzar, para cenar o para salir a algún lado.

Durante casi todas esas semanas coincidí en el hotel con Arturo, que también trabajaba en IBM y estaba asignado a un proyecto de alta complejidad y también regresaba a Lima más o menos cada dos semanas.

La rutina en el hotel era más o menos la misma: Bajar al lobby temprano por las mañanas para tomar un jugo de naranja, un café y leer el diario El Tiempo; pasar el día en la oficina, que quedaba relativamente cerca y como a las 7 PM volver al hotel. Cuando llegaba por lo general me iba al bar y siempre pedía un "Sello Negro" en las rocas (Etiqueta Negra en las rocas), mientras ello iban llegando los compañeros de IBM Perú y de otros países quedándonos a charlar un rato. Luego subir a la habitación, responder los últimos correos, un poco de televisión y a dormir.

Los martes y jueves por la noche de 7 PM a 9 PM había una pareja de músicos. Él tocaba la guitarra y ella cantaba con una lindísima voz. Fueron tantas y tantas semanas que hice amistad con esta pareja.

La mejor de todas las noches era la de los miércoles, en que se realizaba el "Cóctel del Gerente", iniciativa de Fernando, el gerente del hotel en ese momento, una bellísima persona. El objetivo de estas reuniones era que los huéspedes se conocieran y que él y las personas que le reportaban directamente pudieran escuchar las sugerencias o quejas que pudieran haber. Estos cócteles podían ser muy formales y terminar a las 9 o 10 de la noche o extenderse hasta la una de la mañana como sucedió algunas veces.

Entre las sugerencias que hicimos en estas reuniones y que se implementaron fueron la de poner en las habitaciones una etiqueta o calcomanía en uno de los interruptores que se encontraban cerca a la cama, que cortaba toda la electricidad y muchas veces presionábamos por error. Otra fue la del servicio de limpieza de zapatos, pero la más audaz y que hicimos Arturo y yo, que nos quedábamos varios fines de semana, fue que compraran algunas bicicletas para poder aprovecharlas los domingos en la famosa ciclovía de Bogotá. El hotel compró tres bicicletas, la de Arturo, la mía y la de los otros huéspedes. Y pobre de aquél que se le ocurriera tocar nuestras bicicletas, ya graduadas a nuestros tamaños.

En el hotel me querían y me engreían, no lo dudo y por eso es que guardo tan lindo recuerdo de esa época.

Cada vez que me registraba en el hotel, siempre pedía alguna de las habitaciones en esquina, porque eran más amplias y tenían un segundo dormitorio con un escritorio que usaba de oficina. Las habitaciones tenían también un kitchenette que nunca usé y hasta chimenea donde alguna vez a mi amigo Gonzalo se le ocurrió preparar un lomo al trapo, ese que se cubre de sal, se envuelve en un secador y luego va a la chimenea, directamente sobre la leña, nueve minutos por lado.

Fueron tres o cuatro veces que me pasó que la mezcladora de agua de la ducha se me quedó en la mano, en tres o cuatro habitaciones diferentes. En verdad yo no se qué torpeza cometería para malograr estas llaves pero si recuerdo a Fernando, el gerente, tan buen anfitrión, que me decía que no era mi culpa, ¡que debía ser el desgaste de las llaves!

En otra ocasión el hotel decidió cambiar el sistema de televisión por cable que incluía canales PPV que se le cargaban en la cuenta a los huéspedes que los usaran. Pues a Juan Carlos le ponían algún decodificador en el televisor de las habitaciones que le asignaban para que pudiera disfrutar de todos los canales, incluidos esos, sin costo. ¡Una maravilla!

Tan buena era la atención y el servicio que la primera vez que llegó a Bogotá mi ahora ex-esposa, ya para empezar a ver los temas de búsqueda de casa y todas esas cosas, entramos al hotel y nos sentamos en la zona del bar para que ella pueda tomar un jugo o una Coca-Cola. Pues a la chica del bar, a quien yo llamaba Satanás porque estaba al otro lado de la barra siempre tentándonos, no se le ocurrió otra cosa que preguntarme "¿Don Juan Carlos su cafecito de siempre?" ¡Si lo único que consumía en esa parte del hotel era whisky! Por supuesto la habitación del hotel la habían arreglado especialmente y llenado de flores como si hubiera llegado un miembro de la realeza.


Era tal la confianza que había desarrollado con el personal que los lunes y martes por la mañana, antes de salir para la oficina me iba a la Recepción y pedía el Libro de Reservas para ver con quién de IBM de cualquier país me encontraría esa semana. Recuerdo también algún domingo, tal vez un poco aburrido de la carta del restaurante, en que me metí a la cocina y pedí que me prepararan un plato de arroz con huevo frito y plátano frito que me supo a gloria.

Anécdotas hay muchas, pero recuerdo especialmente la de un amigo, muy mujeriego él, que llegaba de noche al hotel con una chica y otro amigo lo detiene en la puerta y le recuerda que su esposa acababa de llegar esa tarde y que lo estaba esperando en su habitación ¡PLOP! O la de la guapísima hija de unos de los propietarios del hotel que estudiaba para modelo en España pero venía a practicar al hotel en sus vacaciones. Resulta que estábamos los dos en una amena charla en la barra del bar, yo fumaba en esa época, se me habían acabado mis Marlboro y ella muy amablemente me dijo "¿No te provoca un Koolito?" (por la marca de cigarrillos Kool). Y a mi casi me da un patatús...

Y así pasaban las semanas hasta que tocó partir, pues la casa ya estaba alquilada, a pocos minutos del hotel y ya habían llegado nuestras cosas de Lima. Pues como despedida, Fernando, el gerente del hotel, nos organizó una linda cena a la que asistió su personal más cercano y donde me dejó invitar a algunas personas, entre ellas el Gerente General de IBM Colombia en ese entonces. Fue una cena inolvidable, muy emotiva. Además de hacernos un regalo, nos dieron una carpeta firmada por todo el personal del hotel y, lo que más me emocionó, una placa con mi nombre, de esas que se pone el personal de los hoteles en su saco para que los huéspedes sepan su nombre y que aún conservo con mucho cariño.

Pero eso no significó el fin de mi relación con el 101 Park House.

Muchas o la mayoría de reuniones o capacitaciones que llevaba a cabo IBM y que debían hacerse fuera de la oficina se hacían en el 101 Park House porque había un contrato corporativo. Y entonces siempre debía regresar al hotel y siempre eran los grandes saludos y abrazos con todo el personal. Algunos podían haberse ido y los nuevos me miraban con cara de extrañados.

Recuerdo alguna vez que se dictaba un curso de ventas y yo colaboraba como call-taker en las simulaciones vendedor-cliente que debían hacerse, por supuesto siempre haciendo el papel de cliente.

Y no se me ocurrió otra cosa que pedirle ayuda a mi amiga guapa del Koolito. La simulación empezó, el vendedor, un muchacho ecuatoriano, estaba delante mío haciendo lo mejor que podía y el resto del grupo observaba. En eso tocan a la puerta de la habitación en la que nos encontrábamos. Abro la puerta y entra la guapísima Gabriela, a quien después de hacerme unos mimos muy cariñosos le presento al vendedor que me visitaba. Ella se acerca muy sexy a él, le da un beso, comienza a masajearle los hombros, le dice que está muy tenso y regresa donde mi para decirme que le había prometido que a las 5 PM nos íbamos.

Después de que ella sale de la habitación, le digo al impresionado vendedor que por favor comprenda mi situación y que no tenía más de cinco minutos para escucharlo porque tenía que salir. 

Por supuesto que el vendedor perdió.

Al momento del feedback, donde todo el grupo opina acerca de cómo se desenvolvió la situación, el muchacho que hizo de vendedor confesó que había creído que la situación había sido real y que Gabriela era mi esposa. Creo que ese día me doctoré como call-taker. O de mentiroso. Los papeles de cliente gago, cojo y otros se quedaron chiquitos.

Sin ya ser huésped del hotel, yo seguía asistiendo al Cóctel de los Miércoles cada vez que podía. Era como mi noche libre para estar con los amigos. Recuerdo que en alguna ocasión, Fernando, hincha fanático del Deportivo Cali organizó una reunión especial para ver el partido de ida de la final de la Copa Libertadores entre, precisamente, el Deportivo Cali y el Palmeiras, partido que ganó el equipo local por la mínima diferencia. Esa noche fue tal la emoción de Fernando, que todos festejamos como si fuéramos hinchas del Deportivo Cali.

Sí recuerdo bien la última vez que fui a mis simpáticas reuniones de los miércoles. En esa época los teléfonos celulares servían para hablar por teléfono y punto, y yo había decidido, mientras viví en Bogotá, no tenerlo y solo usaba los antiguos beepers. Estaba en pleno cóctel, divertidísmo, y me vinieron a buscar de Recepción para avisarme que mi ahora ex-esposa quería hablar conmigo. Fui a la Recepción tomé el teléfono y la de siempre: "Sí mi amor, no te preocupes, voy en un ratito". A la media hora otra vez me vinieron a buscar de Recepción y otra vez la misma respuesta y así seguramente un par de veces más mientras yo estaba vaciladísimo con mis amigos entre whisky y whisky. Fue después de un rato que vinieron nuevamente de Recepción y me dijeron: "Señor Suttor, su esposa lo está buscando afuera". Me di una vuelta para mirar y me encontré con una fiera vestida en buzo que había venido a llevarme en un taxi. No recuerdo la hora pero seguramente eran más de las doce de las medianoche. No hace falta comentar todo lo que pasó después...

Luego tocó volver a Lima y ocasionalmente, cada vez menos, volvía a Bogotá, siempre al 101 Park House. Siempre con ese súper servicio y atención que lo caracterizaba pero cada vez con más caras nuevas. Fernando ya no estaba más como gerente.

El gobierno colombiano había firmado pocos años antes el famoso Plan Colombia, por el cual el gobierno de EE.UU. les daba una gran asistencia para la lucha antidrogas y entiendo que la embajada hizo un acuerdo con el hotel para que personal asignado de la DEA y otros funcionarios se alojaran en el hotel bajo estrictas medidas de seguridad.

Fue en esas circunstancias que llegué por última vez al hotel para una estadía de dos noches y ¡Oh sorpresa! al abrir el closet de la habitación para guardar mi ropa encontré documentos de la DEA que alguien había olvidado. Pensé en qué hacer, si hacerme el loco y dejarlos ahí o entregarlos al hotel. Finalmente los entregué al Departamento de Seguridad de IBM, que sin ninguna duda, mantiene una buena relación con la Embajada de los EE.UU.

Lindos recuerdos y anécdotas del 101 Park House, linda la época que viví en Bogotá, maravillosos los amigos que dejé por allá.

13 de abril de 2020

En medio de la cuarentena




Hoy empezamos la quinta semana de cuarentena, aquí en Playa Señoritas, en Punta Hermosa, en el departamento que alquilamos por la temporada de verano y donde Rous y yo decidimos pasar las dos primeras semanas que se decretaron el 15 de marzo y que terminaron siendo seis.

Al día siguiente, el lunes 16, ya con estado de emergencia y con orden de inamovilidad, yo me fui a Lima porque tenía que armar una maleta con ropa para dos semanas, conseguir el alimento de mis dos mascotas y cerrar el departamento como es debido; es decir apagar la terma, sacar las plantas de la sala y llevarlas al patio para que reciban aire (ya deben estar muertas las pobres) y cerrar la llave de agua para evitar cualquier percance, de esos que siempre pueden pasar.

Regresé a Punta Hermosa el miércoles 18, ningún problema en el camino, solo me pararon un soldado y un policía en diferentes sitios, muy amables ambos, a quienes les mostré la bolsa de alimentos de mis mascotas y seguí adelante sin problemas. En ese momento las medidas no eran tan restrictivas.

Los primeros días tal vez un poco desorganizados, sí extrañando a nuestra Marthita querida, quien en verano viene a ayudarnos con la limpieza los martes, jueves y sábado pero a quien le pedimos se quede en su casa, asegurándole que sus ingresos por este período estaban asegurados.

Sin querer queriendo y sin que hayamos hecho un plan, Rous y yo nos organizamos y, siempre con la ayuda del buen Jaime, nuestro héroe del Cenepa, encargado de que este edificio funcione, es que estamos pasando estos días.

Por supuesto que la maleta que armé para las dos primeras semanas fue un desastre: Cuatro ropas de baño, seis polos y algo de ropa para las noches que hasta ahora no he usado. La embarré al no traer nada de ropa de abrigo, pero ya vi una cortina que puedo usar y parecer un miembro del FREPAP.

Todos los días me levanto a las 6:30 AM, termino de secar y guardar las cosas que quedaron en el escurridor de la cocina, saco de la refri la comida de Ignacio y Waype para que a las 12 PM esté a temperatura ambiente, tomo mi frugal desayuno que consiste de dos vasos de agua, uno de jugo de naranja y uno de yogurt. A las 7 AM viene Jaime para sacar a pasear a los enanos y yo regreso a la cama para leer en mi tablet El Comercio, Gestión, Perú 21 y Correo. Quisiera no ver más noticias pero es imposible,

Jaime tiene llave del departamento y deja a los niños cuando termina su corto paseo de ley, mientras yo leo los periódicos hasta más o menos las 8 AM. Trato de volver a dormir hasta las 9 AM y a veces puedo y hasta tengo sueños, pero otras veces no, pues siento mucha angustia por esta situación y lo que nos espera. Y me levanto con náuseas, con arcadas, con ganas de vomitar, hasta que pasa. Vive el día es lo que me digo. No es fácil.

A las 9 AM me ducho y obligatoriamente me afeito, pues me lo he puesto como norma. A continuación barro el departamento que, de manera impresionante, está lleno de pelos de Ignacio, mi frenchie querido. Los primeros días me demoraba mucho en este proceso y terminaba con un horrible dolor de espalda. Hoy termino mucho más rápido y ya no me duele la espalda. Afortunadamente súper Jaime ha estado ayudándonos todos los sábados y nos deja el departamento impecable. 

Les cuento también que en lo que va de este período de confinamiento ya me afeité la cabeza dos veces. Es mucho más fácil.

Rous, sin que nos lo hayamos impuesto, se encarga de hacer la cama, de las compras, de cocinar y de otras muchas cosas más. La amo. Ella se trepa a la cuatri, se va al mercado y a cuanta tiendecita encuentre haciendo sus colas para abastecernos de lo que se pueda necesitar. Ya no hablamos de marcas, hablamos de productos.

Como a las 11 AM ella entra a la cocina y dispone de su magia. Cada día algo diferente, cada día sorprendiéndome más. Y también cada día cortándose y quemándose más las manos.

Mientras ella va cocinando yo voy lavando, secando y guardando lo que va utilizando, siempre con mi Vodka Tonic al lado.

A las 2 PM almorzamos, siempre con Jaime, con quien compartimos y de quien aprendo cada día más. Seguramente el cree que en nuestras largas conversaciones de política y de cosas de la vida el aprende de mí pero el que aprende soy yo. Ojalá nuestro país tuviera muchos Jaime Ticlla.

Terminado el almuerzo lavo platos, lavo ollas, lavo sartenes, lavo cubiertos y cucharones. Limpio toda la zona de la cocina y la dejo como si fuera una sala de operaciones o una UCI. Eso me toma como hasta las 4 PM.

Luego, ya con todo impecable, regreso a mi computadora a ver los mensajes y correos pendientes. En el ínterin regresa el buen Jaime a sacar a los niños a pasear y yo me voy a hacer una pequeña siesta. Si hay sol, en el balcón que da a la playa, si no hay mucho sol en el sofá de la sala y si hace frío en el dormitorio que está más protegido.

A las 7 PM le doy de comer a los niños, saco la bolsa de la basura, me doy otro baño y aquí estoy escribiendo... 

Sí, me preocupa no tener ropa de abrigo para estos días, pero me preocupa mucho más lo que pasa con la gran mayoría de peruanos que viven del día a día...

No perdamos la esperanza.

15 de febrero de 2020

Un tributo a mi familia




EL HEROÍSMO EN LA GUERRA
LOS JÓVENES SUTTOR Y SANZ DE ORIGEN PERUANO (*)

Entre los relatos que los periódicos franceses traían de los hechos de armas realizados por los jóvenes oficiales que más se distinguieron en esa magna epopeya que fue la Primera Guerra Mundial estaba el de los señores Suttor y Sanz, hijos del respetable caballero don Lucio Suttor y de la distinguida dama peruana doña Delfina Sanz de Suttor, nietos de don Toribio Sanz, antiguo ministro del Perú en Europa y Estados Unidos y sobrinos de don Toribio Sanz e Izcue, que ejerció el cargo de Supremo Delegado de nuestro país en la Exposición de París de 1900 y que, en diversas ocasiones ha tenido su representación como ministro plenipotenciario en Berlín y en Suiza.

Los jóvenes Suttor, después de terminar sus estudios con particular brillo, como alumnos libres en el colegio de los Padres Jesuitas de la rue Franklin de París, ingresaron a las Facultades de Derecho y de Ciencias Políticas, donde obtuvieron grandes éxitos, a la vez que cultivaban con verdadera inspiración la música y la pintura, excedían en el manejo de las armas y hablaban y escribían correctamente cuatro idiomas. Por otra parte, fervorosos creyentes, figuraban entre los jóvenes católicos que, con el conde Mun hacían la propaganda de los principios del socialismo cristiano, tendentes a mejorar la situación física y moral del obrero y a establecer grandes obras moralizadoras.

En medio de esta atmósfera de intensa y refinada cultura intelectual vino el estallido de la guerra europea, sin que el nuevo rumbo que ella diera a sus ideales y ocupaciones, produjera en sus ánimos el más leve asomo de contrariedad ni disgusto. Presurosos y entusiastas acudieron los tres al llamamiento del deber en el campo de batalla, al mismo tiempo que sus padres hacían abandono de su casa, para poder ir siguiendo, a distancia no lejana, la marcha de los batallones, en que sucesivamente iban partiendo sus hijos.


TORIBIO SUTTOR Y SANZ
(MI TÍO ABUELO)

Toribio, el segundo, fue el primero que entró en acción en la línea de fuego. Se hallaba haciendo su servicio militar, en el norte de Francia, cuando se inició el ataque alemán y su regimiento fue uno de los primeros que se envió al frente. Tan rápida fue su marcha, que, a pesar de salir inmediatamente, los padres del joven Suttor, en tren expreso, para encontrarlo en el camino por donde debía pasar, llegaron minutos después que los movilizables habían dejado el territorio. Y aguardaron en vano el consuelo de ver al hijo que nunca más volvió a pisar tierra francesa. Por sus condiciones de carácter, por su fidelidad en el cumplimiento del deber, por su arrojo en el peligro, se hizo este joven desde el primer momento, acreedor a la confianza de sus jefes, mereciendo ser ascendido a las pocas semanas de iniciadas las hostilidades y ser citado dos veces en la orden del día; pero cuando con más ardor y entusiasmo se lanzaba a la lucha, lo detuvo el destino en su carrera. Cuentan sus compañeros de armas, los pocos sobrevivientes de aquella ruda jornada, que tuvo lugar el 21 de agosto de 1914, que su campo fue sorpresivamente atacado por el enemigo; que Toribio Suttor, desde que se inició el ataque, se había distinguido entre los más esforzados; que, a pesar de hallarse herido, se le veía combatir, con sin igual furor; que a la muerte de sus jefes superiores, no vaciló en asumir, en esas condiciones, el mando de sus fuerzas y que la última visión que ellos conservaban  de él,  fue la del heroísmo más ascendrado. Después de luchar desesperadamente, de uno y otro lado, los alemanes quedaron aquél día dueños del lugar, pero en el número de los muertos y heridos, no figuraba el nombre del joven Suttor. ¿Fue su cuerpo destrozado por alguna bomba?, ¿o cogido prisionero, fue internado por el enemigo? A pesar de las prolijas investigaciones hechas por su familia para aclarar este punto, nunca pudo dilucidarse nada y el gobierno francés, después de indagar durante dos años su paradero, sin obtener tampoco ninguna luz, ordenó que en ceremonia oficial y solemne, se le entregara la Cruz de Guerra conquistada por su hijo en el campo del honor, lo que tuvo lugar en una emocionante ceremonia.


LUCIO SUTTOR Y SANZ
(MI TÍO ABUELO)

No es menos brillante la foja de servicios de los otros dos jóvenes Suttor, Lucio, el mayor, ganó sus dos ascensos en acciones de armas frente al enemigo. Por su valor mereció ser citado en la orden del día; varias veces fue escogido para desempeñar importantes comisiones y trabajos en las oficinas de guerra; durante largos meses le tocó hacer la penosa campaña de las trincheras, en la cual cogió la enfermedad conocida con el nombre de "fievre des tranchées"; y cuando se hallaba todavía convaleciente, recibió el aviso de que su hermano menor, mi abuelo, había sido gravemente herido y que se encontraba próximo a morir. Olvidándose entonces de sus sufrimientos, partió en el acto el joven militar  emprendiendo marchas forzadas, haciendo jornadas de bicicleta de velocidad fantástica, para llegar a tiempo a la ambulancia en la que, en plena frontera enemiga yacía su hermano, víctima de su arrojo excesivo. Esta vez la suerte se mostró clemente con esta familia, ya tan probada, y contra la previsión de los médicos, Lucio encontró al herido con vida, aunque tan postrado por la operación sufrida, que no se le auguraban sino cortas horas de existencia. En esa circunstancia, no vaciló el joven oficial en ofrecer su sangre para salvar a su hermano y, acto seguido, se sometió a la delicada operación de la transfusión de sangre, encontrando sus padres, que anhelantes llegaron horas después, a sus hijos en un estado que causaba a los cirujanos honda inquietud. Mientras tanto, las bombas alemanas caían alrededor de dicha ambulancia, cercana al campo de batalla. Y entre el número de víctimas que perecieron en este evento, se contaron a 19 personas entre médicos, capellanes y enfermeras.

El tío Lucio vivió muchos años en Lima, en un departamento en el Palace Court en la Av. Javier Prado, en San Isidro, y falleció en el año 1967.


JOSÉ CARLOS SUTTOR Y SANZ
(MI ABUELO)

Párrafo especial requiere también la valerosa actuación de José Carlos Suttor, mi abuelo. Este oficial, que apenas contaba con veinte años de edad, demostró tales condiciones militares tan luego se inició en el ejército, que mereció formar parte de los seleccionados por el Estado Mayor, para hacer seis meses de estudios en Saint-Cyr y entrar con el título de jefe al campo de batalla. El privilegio con que en esa forma iniciara su actuación militar no hizo sino crecer en la prueba, siendo pronto general en renombre. Como valeroso y hábil oficial, no solo asistió con gran arrojo a todos los hechos de armas en que le tocó intervenir, sino que siempre se ofreció para las más peligrosas luchas. Fue, en el desempeño de una de ellas, cerca del Marne, en la que cayó gravemente herido, después de sostener dos horas el fuego del enemigo, sin hacer caso a las instancias de sus soldados, que le pedían se dejara conducir a la ambulancia más cercana. La hemorragia producida por la herida abierta, en la arteria femoral, durante tanto tiempo y el esfuerzo que tuvo que hacer para mantenerse en pie, le hicieron al fin perder el conocimiento y, cuando sus soldados lo condujeron al hospital, los médicos consideraron el caso como perdido. Deseosos de salvarle la vida a todo trance, procedieron, sin embargo, a la amputación del pie, luego a la de la pierna. Por último, le inyectaron la sangre de su hermano y, gracias a tantos cuidados tan oportunamente prodigados, el joven fue rehabilitándose de su grave estado. En recompensa de sus relevantes méritos, el general de su división llevó a su lecho de dolor, la Cruz de Guerra y la Medalla militar a las que se había hecho acreedor por su heroico comportamiento; y ofreció al valeroso soldado, que solo se afligió, por verse alejado del campo de acción, en las horas de peligro, recibirlo, en el ejército, tan luego se encontrara en condiciones de marchar.

Mi abuelo, a pesar de su incapacidad física, colaboró con el ejército de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y murió de una peritonitis el 12 de octubre de 1942.


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Numerosos fueron los ejemplos que la Primera Guerra Mundial nos presentó, de abnegación y heroísmo, que no han logrado quebrantar ninguna prueba ni dolor, pero es grato constatar que entre ellos se contó con jóvenes de origen peruano que descienden de padres compatriotas nuestros que han igualado a los franceses en su valor y resignación, para aceptar, la desaparición de un hijo y la mutilación de otros dos, pensando que, a costa de esos sacrificios, aseguraban en el mundo el triunfo de la justicia y del derecho.

Los jóvenes Suttor y Sanz se hallabann vinculados por estrechos lazos de parentesco, con las familias de Izcue y Prado y Ugarteche.

(*) Adaptación libre de un artículo publicado en el diario La Crónica del 28 de noviembre de 1918.