¿Qué año habrá sido? Por ahí 1978 o 1979. Yo tenía 18 o 19 años, ya estaba en la universidad, mi padre trabajaba en Arequipa en esa época y su esposa repartía su tiempo entre Arequipa y Lima. A cargo de la casa estaba mi queridísima abuela.
Una noche me vino a buscar mi primo Eduardo, con quien prácticamente crecimos juntos, teniendo dos meses de edad de diferencia. Nos quedamos en la casa charlando y tomando algunas cervezas, de lo más entretenidos como siempre, hasta que se nos acabaron los cigarrillos.
Es así que nos subimos al Opel Rekord blanco con celeste de su mamá y salimos en busca de cigarillos. Sería ya tarde porque estando en Miraflores encontrábamos que todo estaba cerrado, así que bajamos a la Vía Expresa del Paseo de la República y no se cómo terminamos en la Plaza San Martín, en el centro de Lima. Estacionamos —en esa época podías parquear sin problema— y entramos a un local que llamaba la atención por sus luces de neón que se llamaba "Embassy".
El local estaba oscuro, se veía ocupado como a la mitad y al fondo había un escenario. Nos sentamos en una mesita ubicada como a la mitad del salón, rápidamente nos trajeron la carta pero ni la miramos y simplemente pedimos una botella de cerveza y una cajetilla de cigarillos.
Al rato se prendieron las luces del escenario y apareció alguna émula cuarentona de Betty di Roma o de la Tongolele para hacer un baile que podría ser un mambo, aquel ritmo tan exitoso de los años 50 cuyo máximo exponente fue Dámaso Pérez Prado y que ocasionó que el Cardenal y arzobispo primado de Lima, Juan Gualberto Guevara, mal aconsejado por escandalizados sectores ultraconservadores que veían a este baile como algo pecaminoso, decidió la excomunión de quienes lo tocaran, bailaran, o escucharan, la esposa de mi padre entre ellos.
Lo cierto es que nunca se encontró algún documento oficial por el cual la Iglesia Católica procedía a formalizar la excomunión que el Arzobispo de Lima había determinado para quienes bailaron este ritmo frenético. Por Dios, si el curita hubiera conocido el reggaetón se hubiera vuelto a morir.
Regresando a nuestro salón del Embassy, mientras mi primo y yo disfrutábamos del show con nuestra cerveza, nuestros cigarillos y una alegre conversación, sin terminar de entender cómo llegamos a este lugar, se apareció una voluptuosa señora afroamericana —si digo "negra" todas las ONG de izquierda me denunciarían por racista, asi que no le diré "negra"—, quien sin más ni más se sentó en mis piernas y me pidió una copa de champán mientras me coqueteaba.
Ya con las piernas entumecidas o acalambradas por el peso y casi asfixiado por el perfume intenso de la dama y mis excusas por no poder invitarle una copa de champán porque lo que tenía en el bolsillo solo me alcanzaba para los cigarrillos y tal vez un par de cervezas, finalmente la señora se dio por vencida y se fue a buscar a otra víctima.
Llegó el momento de pedir la cuenta, que como mucho fueron dos cervezas grandes y una cajetilla de cigarrillos y nos trajeron un cuentón, no me acuerdo, pero podría ser el equivalente a S/ 600 o S/ 700 de hoy, es decir una comida para dos en un muy buen restaurante
Reclamamos, pedimos que venga el administrador —sí, dos cagones de 18 o 19 años reclamando en un cabaret— y nos llevaron a un espacio interior en un pequeño corredor oscuro donde el administrador nos mostró la lista de precios que efectivamente indicaba que el precio de una botella de cerveza podía ser equivalente a S/ 250 actuales.
Como buenos rebeldes adolescentes que defendíamos nuestros derechos en medio de una dictadura militar, exigimos la presencia de la policía, a lo cual el administrador accedió gustosamente y en menos de un minuto, qué eficiencia, teníamos la presencia de un agente policial que nos invitó a salir para ir a la comisaría a fin de sentar la denuncia. En la puerta de local ¡Oh sorpresa! había un vehículo patrullero que nos esperaba, ¡solo faltaba una alfombra roja!, al cual subimos para que nos llevara a lo que años después supe que era la Comisaría de Cotabambas. En ese momento yo solo sabía que era un lugar muy cerca del Palacio de Justicia.
Después de esperar un rato, porque como siempre, la policía se siente importante haciéndonos esperar, aunque no tengan nada que hacer, vino la parte de la declaración, los generales de ley y todas esos temas burocráticos a los que nos tienen acostumbrados cada vez que por desgracia debemos hacer una denuncia o un trámite. Sí, es verdad que mi primo y yo estuvimos achoraditos, graciositos. respondones y dando información a medias, por lo que nos ganamos la antipatía del oficial a cargo.
A estas alturas ya nos habíamos dado cuenta de que había un arreglo entre el establecimiento y los policías de esta comisaría y que estábamos perdidos.
Finalmente nos enviaron a un ambiente grande, frío, pintado de color verde palta, verde comisaría, con las paredes manchadas por todos lados, incluso con marcas de sangre. En una esquina había una puerta de rejas, que se supone era el calabozo.
Y mi primo y yo nos sentamos en una banca larga que había y que cubría toda una pared, desde donde veíamos la reja del calabozo. Sería verano y muy tarde porque no sentíamos ni frío ni sueño.
Y es en ese trance que apareció un detenido por detrás de la reja pidiéndonos un cigarillo y yo, haciéndome el gracioso le tiré la colilla de lo que quedaba del que estaba fumando en ese momento. Por supuesto nos insultó y nos amenazó pero no nos importaba porque el estaba al otro lado de la reja.
A esas alturas mi preocupación era mi abuela que no sabía dónde estaba o por qué no había regresado a la casa. Recuerden que en esa época no habían teléfonos celulares y me parece que la única llamada que pudimos hacer fue al tío Aldo, hermano de la mamá de Eduardo que no era tan mayor y podía entender mejor la situación.
Al día siguiente, alrededor de las 7:30 AM, aparecieron unos policías para abrir el calabozo y tremenda sorpresa la que nos llevamos: Mientras nosotros creíamos que solo había un detenido, salieron como 20 personas, cada uno con más cara de criminal que el otro, uno de los cuales en un momento de distracción se escapó por el techo.
Reconozco que en ese momento sentí mucho miedo.
Pasó ese episodio, nosotros ya sentíamos un poco de hambre hasta que llegó el tío Aldo a sacarnos, no sin antes tener que firmar letras de cambio que aseguraran el pago de la deuda que tuvimos que asumir con el Embassy. Claro, en las comisarías nunca tenían el famoso papel de Sello Sexto que te exigían para la copia de la denuncia y tenías que comprar en la bodega de al costado, amarrada con la comisaría, pero sí tenían letras de cambio.
Y terminamos pagando, no recuerdo si en dos o tres partes, pero pagamos.
Meses después decidí regresar al Embassy, no recuerdo si con mi primo o con otra persona. Nos sentamos creo que en la misma mesa, pedí la carta, la revisé al detalle, se la tiré al mozo en la cara mandándolo a la concha de su madre, nos levantamos y nos fuimos. Fue mi pequeña revancha.


