I
“¿Te gustaría ser la enamorada de este chico que está
loco por ti?” Le pregunté, sin duda todo sonrojado, cuando ya me tocaba
despedirme y se me acababa el tiempo, ya que me había propuesto decírselo esa
noche, en la entrada de su casa.
Era el comienzo de
una nueva etapa y marcaba el final de lo había sido la época más linda de mi
vida, solo que yo no lo supe hasta mucho tiempo después.
A mis 19 años yo
estaba en un romance loco con Luciana, mi prima en segundo grado, de 18. Moría
por ella, la amaba como nunca había amado a nadie. Éramos felices, creíamos que
teníamos todo el mundo por delante y que nadie podría detenernos. Teníamos una
linda relación que ya duraba más de un año y medio y que era para toda la vida.
Pero había un
pequeño inconveniente: ella vivía en Bogotá y yo en Lima. Nuestra relación era
por correo, a la antigua, con cartas escritas a mano: Las más lindas que pueda
haber escrito.
Aquél sábado de
verano de 1980 yo llegaba a Santa María, un balneario a 45 Km. al sur de Lima,
con Viejo, Sergio y Freddy, mis amigos en ese entonces. Ese fin de semana nos
quedábamos en la casa de Viejo, que quedaba en la parte alta de un acantilado y
que tenía una vista maravillosa de toda la bahía. Esa noche había fiesta de disfraces
en el Club Esmeralda.
Mis amigos ya
estaban acostumbrados a mi singular relación con Luciana, con ellos iba a todos
lados, pero si se trataba de salir con chicas no podían contar conmigo, porque
yo tenía a mi enamorada en Bogotá.
Cuando bajé del
auto vi en la puerta de la casa a Andrea, la enamorada de Viejo y a otra chica
que no conocía pero que me deslumbró. Su pelo largo castaño claro brillaba
contra el sol, sus ojos, su piel bronceada, sus piernas delgadas bien formadas…
Creo que me enamoré de ella en ese instante.
Se llamaba Jimena
y era muy amiga de Andrea, quien rápidamente se convirtió en la celestina de
esta nueva relación que se venía.
Yo no tenía
planeado ir a la fiesta de disfraces, pero como todos iban, y Jimena también,
había que improvisar disfraz. Las chicas me encontraron un uniforme de karate
en la casa y eso fue lo que dispusieron para mí. El personaje tenía que ser el
de Wayo Salas, un conocido karateca peruano que se caracterizaba por sus
mechones blancos en el pelo. Jimena se encargó de decorarme la cabeza con la
ayuda de talco y no se qué más. Por supuesto esa noche estuve con ella todo el
tiempo que pude.
Nuestra primera
salida fue pocos días después, al cine, con Viejo y Andrea, para ver Lo que el viento se llevó, pésima
elección para primera cita porque pasaba el tiempo, la película no terminaba
nunca y yo ya no encontraba posición, pensaba que se me estaba borrando la
raya…
Ella entraba a 4to
de Secundaria del Villa María y yo empezaba mi tercer año en la Universidad de
Lima; vivía a cinco cuadras de mi casa lo cual era perfecto porque yo no tenía
auto. Sus papás eran separados y ella vivía con la mamá, Tessy y la abuela
mala, cuyo nombre ni me acuerdo.
Mientras pasaba
todo esto yo tenía a Luciana, el amor de mi vida. Le había fallado, la había
traicionado. A mis 19, completamente inexperto en estos asuntos, les pregunté a mis amigos, también inexpertos
¿qué debía hacer? La respuesta de ellos fue unánime: Jimena. ¿Probablemente era
lo correcto? Pero ninguno de ellos conocía a Luciana.
Finalmente le
escribí una carta y chau. Comenzaba una nueva etapa en mi vida.
II
Los primeros días
con Jimena coincidían con el fin del
verano y los primeros días de clases, razón por la que su mamá no nos dejaba
vernos todos los días. Me sentía enamorado y me gustaba estar con ella: era una
chiquilla de 15 años, muy linda, tierna, dulce, algo insegura y yo sentía que
me adoraba. Rápidamente me convertí en el punto de apoyo que aparentemente le
faltaba.
Su casa era una de
esas típicas miraflorinas que se deben haber construido en los cincuentas o
sesentas, blanca por fuera, sin rejas ni muros. Por dentro no me gustaba, era
un poco lúgubre. Entrando a mano derecha había un saloncito con unos muebles
antiguos estilo francés; más adelante la sala, con unos sillones de color azul,
feos; un comedor que nunca se usaba, más allá la cocina que no se veía y al
fondo un jardín que bien cuidado hubiera podido ser muy bonito. En el jardín vivía
Laika, la perra.
El sofá azul de la
sala donde siempre estábamos, miraba a las escaleras que llevaban al segundo
piso, lo cual era muy bueno porque si alguien bajaba, rápidamente podíamos
acomodarnos y poner nuestras caras de de inocentes.
Tessy, su mamá,
era una mujer que estaría en los 35, guapa, buena persona, pero que me daba la
impresión que no tenía interés por nada. Tenía un puesto administrativo en el
Consejo Supremo de Justicia Militar. Trabajaba hasta la 1 PM, regresaba a su
casa y se metía a su cama para mirar televisión. La comida se la subía Mila, la
empleada. Yo no la veía mucho porque casi nunca bajaba. Me decían que ella no
le había dado el divorcio a su ex-esposo Foncho porque estaba esperando a que Jimena
se case.
La abuela mala le
hacía la vida imposible a Tessy y sobretodo, a Jimena. Probablemente el freno
para que Tessy rehaga su vida fue su madre. A Jimena la molestaba todo el día: Que
el vestido muy corto, que el maquillaje, que tiene que estudiar, que no llegue
tarde y en fin, mil cosas. Tampoco la veía mucho pero si la escuchaba ladrar
desde el segundo piso.
A Foncho, el papá,
lo conocí poco tiempo después, en alguna de las esporádicas visitas que le
hacía a Jimena, su engreída. El primer encuentro con el suegro es siempre como
midiéndose: Él que te mira pensando “Mucho cuidado con mi hijita mocoso
atorrante” y uno que trata de causarle la mejor impresión. Ingeniero de
profesión, trabajaba en una empresa que comercializaba gas carbónico y vivía
solo con su perro dóberman en una casita dentro de una quinta, también en
Miraflores. La primera impresión que tuve de el él es que era medio patán y Jimena
le tenía un poco de temor.
III
Pasaban nuestros primeros meses y la relación se hacía
más estable. Los comienzos siempre son más bonitos porque uno es más permisivo,
más tolerante y los defectos no existen.
Nos veíamos después de clases cuando la mamá nos lo
permitía. Si no, hablábamos por teléfono por horas. Yo jalaba el cable para
encerrarme en mi cuarto sin que nadie me moleste y hasta le resolvía los
problemas de matemáticas que le dejaban de tarea.
Por esa época a mi papá lo habían enviado a Arequipa
por cuestiones de trabajo y vivía allá. Mi mamá estaba con el y de vez en
cuando se quedaba en Lima por algunos días o semanas. Vivía entonces con mi
abuela y mis dos hermanas. Mi abuela era mi compinche, mi socia, mi amiga, la
que conocía todos mis secretos Yo la adoraba.
El que mi papá no estuviera en Lima me daba mucha
tranquilidad por cuanto mi relación con el siempre había sido muy difícil. El
tenía un corazón enorme pero las palabras duras, la violencia y el alcohol se
repetían constantemente.
No estando mis padres en Lima, yo era “el hombre de la
casa”, encargado de las cuentas, pagos, bancos y todas esas cosas. Todos los
meses recogía el cheque de mi papá en sus oficinas en el centro de Lima, lo
depositaba en el banco, programaba los pagos, ponía la plata del jardinero, del
repartidor de periódicos, de las empleadas y de lo que hubiera que pagar en sobres.
Anotaba todo en un cuaderno y ni un contador hubiera sido más ordenado que yo.
Por supuesto que había una línea de “Otros Gastos” en la que cargaba mis
pequeñas licencias.
Tan “hombre de la casa” me sentía yo que incluso
pretendía disponer de la vida de mis dos hermanas menores, Marie France que
trabajaba como secretaria y Marie José que estaba terminando el colegio. Por
supuesto que ellas me veían como a un cagón y hacían lo que les viniera en
gana.
Mientras tanto, el sofá azul de la casa de Jimena iba
convirtiéndose en el testigo ciego de mis avances amatorios, limitados aún por
el invierno de Lima, las chompas, las botas y todas esas cosas que se ponen las
mujeres encima.
Una noche el papá de Jimena nos propuso salir con el y
una chica con la que había comenzado a tener una relación. Rosita, era más joven
que él, diría yo que en una edad intermedia entre Foncho y yo. Fuimos a un bar
conocido en Miraflores, lo estábamos pasando muy bien. Ella y Jimena
congeniaron rápidamente.
Hasta que pedimos la cuenta y Foncho se puso como una
bestia con el mozo porque había algo que no cuadraba, y todo se acabó. Mi
percepción inicial de que era un patán, además de malcriado, no había fallado.
Un día decidí que ya era tiempo de llevar a Jimena a
mi casa. Los hombres no llevamos a cualquier enamorada a la casa pero ella ya había
cumplido ampliamente los requisitos, básicamente de tiempo. Y fuimos.
Conoció a mi mamá, a mi abuela y a mis hermanas. Todo
eran risas y felicidad y yo me sentía el hombre más orgulloso del mundo.
Después de estar un rato con ellas la llevé a que conozca mi cuarto, el sitio
donde yo vivía, mi refugio, mi cama en la que soñaba con ella; mis repisas con
carritos que aun conservaba.
Ni bien entró comenzó a examinar todo, al principio
solo miraba, luego abrió el clóset, un cajón, otro cajón. Yo no tenía nada que
ocultarle y me sentía feliz de que quisiera conocer todo lo que quisiera de mí.
Yo estaba distraído cuando en eso ella me preguntó “¿Qué es esto?” Yo casi me
muero en el acto: Era la caja en la que conservaba mis fotos con Luciana y casi
dos años de sus cartas. Era lo más preciado que tenía, mi recuerdo para toda la
vida. No la guardaba en algún sitio oculto pero me descuidé. Nunca pensé que Jimena
revisaría todos mis cajones.
Se armó el escándalo. “¿Por qué guardas esto? ¿Por qué
me haces esto? Si me quisieras esta caja no debería existir”, decía ella…
Todavía la veo tirada en mi alfombra llorando por lo que había encontrado y yo
que no sabía qué decirle.
Finalmente cuando la fiera se calmó, me exigió, si es
que la quería, romper todas las cartas y las fotos. Y enamorado como estaba de
ella, eso hice. Una por una, de dos en dos, de tres en tres, lo que me dieran
las fuerzas para romper todo eso y acabar con ese momento.
Esa noche sentí un gran vacío.
IV
Empezaba un nuevo verano, había pasado la época de
exámenes, compras navideñas, fiesta de Pre-Prom y todos esos acontecimientos que
son típicos de diciembre.
Yo súper ilusionado porque me encantaba la playa y
este iba a ser mi primer verano con Jimena. Y, siempre corriéndole al estudio,
ese ciclo de verano me matriculé en dos cursos nada más, para poder estar más
tiempo con ella.
Durante el año habíamos hecho nuevos amigos y nos
habíamos alejado de otros, tanto suyos como míos. Por ese entonces salíamos muy
seguido con Alfredo y Ursula, con quienes congeniábamos muy bien.
Nos íbamos a la playa casi todos los días, sea a El
Silencio o a Santa María. Ella no usaba bikini aunque perfectamente hubiera
podido. Era sumamente celosa y se molestaba conmigo cada vez que una chica
pasaba delante de mis ojos, aunque yo no moviera la cabeza. Los lentes oscuros
me solucionaron ese problema.
Un día estábamos en El Silencio, en la zona donde se
ponían todos los jóvenes y venía caminando por ahí Wayo Salas, el famoso
karateca de los mechones blancos, luciendo sus músculos y con un dóberman en
cada una de sus manos. El hijo de puta pasó delante de nosotros desvistiendo a Jimena
con la mirada. La frustración que sentí en ese momento es indescriptible, pero
qué podía hacer frente a un campeón de karate que venía acompañado de dos
perros.
De regreso de la playa por lo general me quedaba un
rato en su casa a almorzar. El sofá azul y yo felices porque como andábamos
ligeritos de ropa, la capacidad de maniobra era mucho mayor. Ese verano
hubieron significativos avances.
En las noches salíamos al cine, a comer un helado, a
pasear o bien nos quedábamos charlando en su casa. Estábamos realmente
enamorados.
Mi relación con Tessy era buena y me tenía confianza,
aunque nunca como para darle a Jimena las llaves de la casa: Siempre que
llegábamos tarde de algún sitio había que tocar el timbre y ella nos tiraba las
llaves por la ventana. Con la abuela mala también tenía una buena relación y en
muchas ocasiones tuve que actuar de intermediario en las peleas entre ella y Jimena.
Entretanto, la relación de Foncho y Rosita se había
ido afianzando y salíamos con ellos con cierta frecuencia. La juventud de Rosita
tendió un puente entre Jimena y su papá, lo cual molestaba mucho a la abuela
mala, quien detestaba a Foncho, y obviamente el a ella.
Para las fiestas de 28 de julio nos fuimos los cuatro
juntos a Cajamarca, pues Joaquín, el hermano de Rosita torearía en la plaza de Celendín,
a unos cuantos kilómetros de Cajamarca.
Era un viaje largo y partimos muy temprano en el
Volkswagen celeste de Foncho. El y Rosita adelante, Jimena y yo atrás. El
camino por la Panamericana Norte era monótono, pues no había mucho que ver más
que desierto. Conforme pasaban los kilómetros la conversación se hacía más
intermitente y por ahí nos quedábamos dormidos por ratos. Jimena y yo íbamos
tapados con una manta y ella se recostaba en mis piernas o yo en las suyas. Sin
darnos cuenta el asiento trasero del Volkswagen se convirtió en nuestro sofá
azul, lo cual nos hizo más entretenido el viaje, además de la cuota de
adrenalina que implicaba estar en jueguitos teniendo a Foncho y Rosita a 50 cm.
de distancia.
Paramos a almorzar en Pacasmayo, a unos 650 Km. de
Lima. Retomamos el camino y minutos después ya estábamos subiendo la Cordillera
de los Andes, hasta llegar a Tembladera, punto en el que dicen se separan las
aguas que van al Océano Pacífico o al Océano Atlántico. Desde ahí empezaba el
descenso de interminables curvas hasta la ciudad de Cajamarca.
Quince horas de viaje y 861 Km. de recorrido, pero al
fin llegamos y salvo dos llantas que hubo que cambiar en el camino, el autito
respondió.
Recién en ese momento me enteré que Foncho, el
responsable del grupo, no había hecho reservas de hotel, pero qué importaba,
rápidamente encontraríamos algo y podría darme un duchazo, que era lo que más
quería.
Empezamos buscando en el Hotel de Turistas y estaba lleno. Lógico,
eran las vacaciones de Fiestas Patrias y todo el mundo sale de Lima. Pedimos
nombres de otros hoteles y todos estaban llenos. Mientras parábamos en uno y
otro hotelito, por supuesto cada vez de menor nivel, escuchábamos comentarios
de que no había agua en Cajamarca, lo cual ya comenzaba a estresarme.
Finalmente después de mucho rogar conseguimos dos
cuartos en un hotel que quedaba en la Plaza de Armas. El de Jimena y Rosita
pasaba, pero el que nos dieron a Foncho y a mi, era simplemente un clóset en el
que apenas entraban dos sleeping bags bien apretados.
Pero al mal tiempo buena cara. Nos instalamos y
salimos a comer, sin duchazo por supuesto. Ya serían las 11 de la noche cuando Jimena
y yo decidimos irnos al hotel a dormir, pues estábamos cansados. Al llegar nos
despedimos, ella se fue a su cuarto y yo a mi clóset. Hice lo posible por
instalarme pero no había forma, pues si estiraba las piernas no podía cerrar la
puerta. Lo mejor que se me pudo ocurrir en ese momento fue instalarme en una de
las bancas ubicadas en los corredores del hotel y taparme con una manta.
Finalmente me quedé dormido. Hasta que en un momento empezaron a llegar los
juergueros que estaban alojados en el hotel y uno a uno golpeaban el bulto que
veían en aquella banca. Yo por supuesto inmóvil, cual bulto precisamente,
porque estaba muy cansado y no tenía ganas de discutir o pelear con borrachos.
Al día siguiente amanecí angustiado porque no tenía
dónde bañarme, ni siquiera dónde lavarme los dientes. “¿Cómo me va a ver Jimena
en estas fachas, todo cochino y apestoso?’” pensaba yo. Pero ni modo, todos
estábamos en la misma situación.
Con Jimena nos fuimos al Hotel de Turistas, de lejos
el mejor de la ciudad y ahí al menos pudimos lavarnos como gatos en el baño de
las áreas comunes. El resto de la mañana paseamos por la ciudad y yo me sentía
feliz porque era mi primer viaje con ella y estábamos juntos prácticamente las
24 horas del día.
En la tarde nos fuimos a Celendín, a la corrida de
toros de Joaquín, quien poco tiempo después tomaría la alternativa y torearía
en Acho y otras plazas reputadas. La corrida era una de esas típicas de la
sierra, con festejos, desfiles, comidas de la zona y mucho alcohol de dudosa
calidad.
Regresamos a Cajamarca en el auto de no sé quién, con Jimena
y el mozo de espadas de Joaquín que venía cargado con todo su equipo. Foncho y Rosita
regresaban por su lado. Llegamos muertos del cansancio, comimos algo ligero y Jimena
y yo nos quedamos solos charlando en la plaza, muy románticos nosotros.
Estábamos felices.
Para esa noche, víspera de regresar a Lima, habíamos
decidido dormir los cuatro en el cuarto de Jimena y Rosita. Llegamos antes que
ellos, acomodamos los colchones, por supuesto el mío a la mayor distancia que
se pueda de la cama de Jimena. En la recepción conseguí un balde de agua helada
y pudimos darnos otro baño de gato. La sensación de limpieza que tuve después de
ese baño es simplemente, indescriptible…
Habíamos pedido que nos despierten a las 5 AM para
partir de regreso a Lima. A esa hora un fulano del hotel se metió al cuarto
dándonos el susto de nuestras vidas… ¡Había entrado para despertarnos! Nada de
tocar la puerta ni nada.
Finalmente fue un lindo viaje y la moraleja que me
quedó fue: “Nunca más en tu vida se te ocurra viajar sin haber hecho reservas”.
V
Poco tiempo después
comenzaría a trabajar. Fue gracias a mi abuela, alguna tarde en que estaba echado
en su cama viendo televisión, que me hizo notar de un aviso en el periódico que
publicaba una gran transnacional norteamericana solicitando estudiantes
universitarios para iniciar una carrera con ellos. “no pierdes nada intentando”
me dijo.
Y presenté mi
escueto Currículum, y pasé exámenes, y pasé entrevistas, y entré. Mi vida dio
un giro radical a partir de ese momento: Comencé a ganar buena plata, pues mi
sueldo era muy bueno para ser un estudiante. Si bien la empresa era muy
flexible para poder ir a la universidad, el trabajo era por turnos y había
meses en que trabajaba de 7 AM a 3 PM, otros de 3 PM a 11 PM y otros, de 11 PM
a 7 AM. Había que acomodarse y por supuesto, mis visitas a Jimena, que ya
estaba terminando el colegio, tuvieron que reducirse. Y si me tocaba el turno
de tarde o de noche, simplemente no había forma de verla, salvo los fines de
semana.
El sofá azul, que
ya empezaba a mostrar algunos signos de deterioro por el uso inapropiado que le
dábamos, tuvo un pequeño descanso.
Hubo nuevos amigos,
invitaciones a diversos eventos, matrimonios y otros en los que yo lucía
orgulloso a mi Jimena, que sin duda, era siempre la más linda de todas. Ahora
podíamos salir a discotecas y a comer en los mejores restaurantes cuando
quisiéramos. Una noche inclusive, invité a comer a Tessy, la mamá de Jimena.
Todo era
maravilloso, yo me sentía un hombre exitoso, trabajando en la mejor empresa,
estudiando en la mejor universidad y ahora pagándome los estudios, y por
supuesto, con la enamorada más linda.
El verano de 1982
fue diferente. Solo podíamos ir a la playa los fines de semana, cuando no me
tocaba trabajar. Sin embargo ahora podíamos ir con un cooler cargado de
cervezas o vodka para compartir con los amigos y sándwiches que Jimena
preparaba con ayuda de su mamá.
De regreso de la
playa, ya en su casa, con la confianza que me daba el conocer todos los
movimientos de su mamá y su abuela, yo me iba mostrando cada vez más exigente y
ella cada vez más permisiva. Tan es así que hasta abandonábamos al desvencijado
sofá azul, al que ya se le habían reventado algunas costuras, para seguir en el
saloncito estilo francés, en cuya alfombra teníamos mayor capacidad de maniobra
y era menos probable que se escuchara algún ruido o gemido extraño.
Ella había
comenzado a estudiar Secretariado.
VI
Pasaron meses
felices y un buen día, cuando todo iba de maravilla, ella me llama por teléfono
y me dice “Juan Carlos, no me ha venido la regla”. Yo, optimista como siempre,
o tratando de evadir un problema le dije “No te preocupes, debe ser un simple
retraso”, y no le di mayor importancia.
Pero la regla no
venía y tuvimos que ir a un ginecólogo, por cierto uno de los mejores de Lima,
quien luego de hacer el examen nos felicitó porque ¡estábamos esperando un bebé!
Vi negro, sentí
algo que me aplastaba contra el piso. Pensaba “No está planeado, no estoy
listo, tengo que casarme, ¿Cuándo pasó?, ¿Qué fue lo que falló?, enfrentar a Tessy,
a la abuela, ¡a Foncho!, a mi padres, a todo el mundo”. Los sentimientos
encontrados en esa fracción de segundo fueron muchos. Por otro lado, ¡iba a
tener un hijo!
El doctor debe
haber visto nuestras expresiones y rápidamente se dio cuenta que no éramos
casados. Empezó a decirnos que si no
podíamos tener a este bebé, que él no hacía “eso”, pero podía recomendarnos a
alguien y que si bien el hijo era de ambos, “la decisión era más de la madre”. En
otras palabras, yo era el padre pero mi opinión valía un carajo.
Confundidos, preocupados,
sin siquiera poder hablar de lo maravilloso que podía ser haber concebido un
bebé, Jimena me pidió que fuéramos al doctor que nos habían recomendado. Si yo
me sentía como me sentía, “¿cómo estaría ella?”, me preguntaba.
En el camino
íbamos callados y nos tomábamos de la mano. Cada uno con sus propias dudas.
Cuando llegamos al consultorio del doctor que sí hacía “eso” esperamos muy poco
y nos atendió. Era tarde y probablemente éramos los últimos clientes de ese
día. Rápidamente nos explicó el procedimiento y llevaron a Jimena para hacerle
el examen de riesgo quirúrgico. Finalmente todo quedó arreglado para el día
siguiente.
De regreso,
seguíamos callados y cuando estábamos ya muy cerca de su casa, no pude más y le
pregunté “¿Estás completamente segura que quieres hacer esto?”, y ella reventó
y me contestó “¡No!, ¿qué quieres que te diga?”. Obviamente ella estaba más
confundida y desesperada que yo. Le dije que si estaba confundida no debía
tomar una decisión apresurada y que yo mañana hablaría con su mamá, que ella
nos ayudaría.
Nos despedimos en
la puerta de su casa y yo me fui a la mía, totalmente confundido.
Al día siguiente
me fui a trabajar. No se qué hice durante el día porque mi cabeza estaba en
otro lado. En la noche me fui a la casa de Jimena, hablamos un rato sobre sus
dudas, que eran mi esperanza y finalmente le pedí que llamara a su mamá.
Cuando Tessy bajó,
le pedí que se sentara en uno de los sillones y con mucha calma pero
directamente le dije lo que había pasado y que necesitaba su ayuda para
convencer a Jimena de tener al bebé.
Ella saltó de su
asiento y comenzó a decir “¡Yo sabía que esto iba a pasar, esos silencios en la
sala mientras ustedes estaban aquí, yo lo sabía, yo lo sabía…!
Tessy se volvió a
sentar y se puso a llorar, mientras Jimena y yo la mirábamos sin decir nada, ni
saber qué hacer. Mientras tanto, me había dado cuenta que la abuela mala estaba
al pie de las escaleras en el segundo piso escuchando o tratando de escuchar lo
que pasaba abajo.
Cuando se repuso,
respiró hondo y nos dijo que no nos preocupáramos, que todo iba a salir bien y que
teníamos que ver la forma de decírselo a Foncho.
Si bien sentí un
gran alivio en ese momento, también me quedó claro que el temor de Jimena era enfrentar
a su papá.
Esa noche estuve
más tranquilo y podía pensar mejor en mis opciones, que en realidad eran solo
dos: Tener al bebé y casarnos después, o casarnos antes de tener al bebé. Por
el momento, no quería decir nada en mi casa. Me preocupaba el que no haya
terminado la universidad todavía, dónde viviríamos y la parte económica, pues
no tenía idea de lo que un bebé y un matrimonio no planeado podían significar.
Los días
siguientes, si bien fueron más tranquilos, no dejaron de ser estresantes porque
había que decírselo a Foncho y todavía no se había definido el cuándo. Esos
días estuve muy cercano a Jimena y solícito como nunca lo había sido con ella:
Era la mamá de mi hijo.
Entretanto, el
sofá azul había entrado en receso.
Muy dentro de mi
yo ya me iba imaginando a esa personita que estaba en su vientre. Siempre lo vi
como un niño, no se por qué.
VII
Una mañana Jimena me
llamó por teléfono y me comentó que iba a ir con su abuela al médico porque
tenía una molestia en la garganta. Yo no le di mayor importancia y seguí con lo
mío en la oficina.
En la tarde, me
llama la abuela mala, lo cual ya no me sorprendía ya que muchas veces lo había
hecho pidiéndome interceder con Jimena por alguna discusión que pudieran haber
tenido. Esta vez, sin embargo, lo que me dijo me dejó petrificado: “Juan
Carlos, quería que sepas que no hemos ido para que le vean la garganta a Jimena,
sino donde una doctora que yo conozco que le ha hecho una pequeña intervención.
Ella ya no está esperando el bebe y creemos que esto es lo mejor para ustedes
dos. Ahora ella está descansando, está bien y te esperamos más tarde en la casa
para conversar sobre sus planes futuros”.
Colgamos, guardé
mis cosas en la oficina y me fui para su casa. Por primera vez en casi tres
años, me esperaban en la sala la mamá y la abuela. Jimena no estaba.
Nos sentamos y las
dos empezaron a hablarme como en posta: “Que no me preocupe, que es lo mejor
para los dos, que nos casaríamos en unos meses y tendríamos todos los hijitos que quisiéramos, que yo
viviría en la casa con ellas, que harían los arreglos para que nosotros
tuviéramos nuestra independencia y bla, bla, bla…”.
Yo no podía creer
lo que estaba escuchando. Pensaba en Jimena y cómo estaría, en mi hijo que ya no estaba más, en con qué
derecho ese par de viejas de mierda habían ¿forzado? a Jimena a abortar y
además, engañándome…
Las interrumpí
para preguntarles si podía ver a Jimena, que estaba en su cuarto en el segundo piso
donde me habían programado vivir y que yo seguía sin conocer. Me dijeron que
ahora estaba descansando y que mejor la vea mañana. Me levanté sin hacer ningún
comentario, me despedí y me fui.
Además de la vida
de mi hijo, algo más se había destruido en ese momento. Esa noche lloré
amargamente. Sentía cólera, rabia, pena, frustración.
Al día siguiente
pude ver a Jimena, que me recibió en buzo porque seguía convaleciente y todavía
caminaba con algo de dificultad. Las cosas habían cambiado, el “problema” que
había ya no existía y ambos estábamos como relajados. No hablábamos mucho, más
bien estábamos callados, relajados, tomados de la mano o abrazados.
VIII
Era mayo de 1983 y
las cosas habían vuelto a la normalidad, excepto por el viejo sofá azul, que
nunca más tuvo que soportar nuestros juegos. No pasaría nada hasta después del
matrimonio, fijado para el sábado 12 de noviembre en la Parroquia de los
Carmelitas.
Jimena feliz, Tessy
feliz, la abuela mala felicísima, Foncho no se si tanto pero lo aceptó. Mis
papás medio confundidos, especialmente mi mamá que sospechaba de algo raro y mi
abuela no decía nada.
Mis visitas a la
casa de Jimena ya parecían reuniones de trabajo preparando el matrimonio con la
entusiasta participación de Tessy y la abuela mala, que ahora nos acompañaban
casi siempre. Yo, seguía sin conocer el segundo piso de la que sería mi casa.
En la universidad
mis amigos se enteraron y todos me felicitaban. Incluso llegué a aplazar un
examen para el que no había estudiado, diciéndole al profesor que me casaba en
unos meses, que eso me tenía completamente estresado y que por favor me diera
unos días más para estudiar.
En una
oportunidad, en clase del curso de Ética, el profesor soltó el tema del aborto
para discusión. Yo escuchaba y escuchaba a todos los chicos y chicas que se
rasgaban las vestiduras hablando cojudeces acerca del derecho a la vida, que no
somos nadie para decidir sobre la vida de otros, Dios y no se qué tanta cosa.
Hasta que monté en cólera, pedí la palabra y mirando a todos uno por uno, les
iba diciendo que hablaban sin conocimiento de causa, que no tenían derecho a
juzgar a nadie por una decisión que es muy personal y que había que estar en el
pellejo de la persona que toma esa decisión para poder opinar. Todo el mundo se
quedó mudo. El profesor me agradeció y terminó la clase. Pasé el curso con 19
de nota.
Sin embargo yo no estaba
feliz, me sentía cada vez más presionado, como si me hubieran subido al tren
del matrimonio, del cual ya no podía bajarme.
Era tanta la
presión que sentía que de alguna manera comencé a maltratar a Jimena. Le decía
que no podía ir a su casa; si iba buscaba algún motivo para molestarme con ella
y hasta gozaba escuchando sus ruegos para que no me moleste o no me vaya de su
casa. Las cosas habían cambiado.
En ese entonces yo
me encontraba en pleno campeonato de fulbito en la oficina, teníamos un buen
equipo. Jugábamos los sábados por la mañana y la costumbre era después ir a tomar
unos tragos con los amigos.
Uno de esos
sábados, después del fulbito nos fuimos a casa de Julio, un gerente de la
empresa en la que yo trabajaba, a quien yo apreciaba mucho. Todo era alegría
porque habíamos ganado el partido y éramos un grupo grande de chicos y chicas
de la oficina.
En algún momento
me puse a conversar con Lorena, una chica a la que no conocía pero siempre veía
en la oficina, sin que me llame mucho la atención. Más allá veía a Willy, mi
amigo del alma, conversando con Alexandra, una chica simpatiquísima, un poco
mayor que nosotros, que acababa de separarse de su esposo.
De alguna manera
se me fue la tarde conversando con esta chica de mil cosas, de todo y de nada.
Me sentí muy bien con ella.
Al final, cuando
ya todo el mundo se iba de la casa de Julio, hablé con Willy y quedamos en
proponerles a Lorena y Alexandra de salir juntos esa noche. Ellas nos dijeron
“Claro, si, de todas maneras, hablemos más tarde”. Volví a hablar con mi amigo
para que él llevara a Alexandra y yo a Lorena a sus casas pero cuando
volteamos, ellas ya se habían ido.
Cuando llegué a mi
casa lo primero que hice fue llamar a Jimena y provocar una pelea para no verla
el sábado. Fue muy fácil. Lo segundo, buscar el teléfono de Lorena en la guía
para llamarla.
Cuando llamé, me
contestó una voz de mujer, “debe ser su mamá” pensé. Pregunté por Lorena y la
señora me dijo tajantemente que su hija tenía un compromiso y que iba a salir
con otra persona y ¡click!, colgó el teléfono.
Frustración total.
Hablé con Willy y algo parecido le había pasado con Alexandra. Chau sábado.
Dos días después,
el lunes, fui a casa de Jimena y sin ánimos de amistarme le confesé que el
sábado había conocido a una persona que de alguna manera me había impactado y que
si esto me estaba pasando yo no podía pensar en matrimonio, y por lo tanto, le
pedí unos días para reflexionar sobre nuestra situación. Tragedia y llantos, pero a mi no me importaba.
Al día siguiente
me enteré que quien pretendía a Lorena era Julio, a quien apreciaba tanto y en
cuya casa me había pasado toda la tarde charlando con ella. Lo llamé y le pedí
una reunión en la que me disculpé con el: Que no sabía nada, que cómo era
posible que haya hecho eso en su casa y que yo me retiraba. Todo un caballero.
Cuando se fue me
quedé pensando: “¿Por qué tengo que renunciar a Lorena si me gusta? ¿Por qué no
la peleamos?
Y así fue. Al día
siguiente, miércoles, quedamos en ir a comer a la casa de Alexandra los cuatro.
Cuando llegamos con Willy, Lorena ya estaba ahí ayudando a Alexandra a acostar
a Erika y Rocío, sus dos hijitas.
Lo pasamos muy
bien, cocinamos, tomamos unos tragos y comimos. Recuerdo que me pasé buena
parte de la reunión sentado al pie de Lorena, acariciando su bota. Finalmente
ella y yo quedamos en salir a comer el sábado.
Mientras tanto, de
Jimena no sabía nada, ni me interesaba saber tampoco.
El viernes en la
tarde, saliendo de la oficina, le ofrecí a Alexandra llevarla a su casa, que
quedaba muy cerca de la mía y más cerca de la de Jimena. En el camino me
propuso parar en El Rancho, para comer unas papas fritas que se le habían
antojado. En El Rancho había atención al auto, por lo que estacioné e hicimos
el pedido. Cuál sería mi sorpresa cuando por el espejo retrovisor veo un Nissan
amarillo que yo conocía: ¡Eran Jimena y su mamá! Pasaron muy despacio por
detrás del auto de mi papá, nos vieron y se fueron.
Risas nerviosas. “¿Qué
habrán pensado ellas?”, nos preguntábamos nosotros, más aún cuando yo le había
dicho a Jimena que había conocido a una persona que me había impactado pero
nunca le dije quién era… Sin duda ella pensó que Alexandra era “esa” persona.
Al día siguiente,
sábado, vi llegar por la ventana de mi cuarto el auto de la mamá de Jimena. Ella
bajó del auto, sacó unas cajas de electrodomésticos que yo había ido comprando
y se las entregó a Anselma, la empleada.
En ese momento,
mirando por la ventana de mi cuarto, me di cuenta que todo había terminado con Jimena.
No sentí pena.
Esa noche comería
con Lorena, y me sentía libre, o liberado. Salí de mi casa rumbo a un cajero
electrónico y en el camino crucé a un ómnibus y choqué. Mi culpa sin duda, yo
lo había cruzado. Miré el auto y tenía bien abollado el guardafango trasero
derecho, miré el ómnibus y no tenía nada. Nos insultamos mutuamente y me fui a
la casa de Lorena.
Fuimos a un
restaurante francés, La Créperie. Conversamos de lo lindo, le conté del choque,
de lo que me había pasado en los últimos dos días; ella me contó lo suyo y
finalmente, tomé su cara, la acerqué a la mía y la besé.
Otra vez, mi vida
empezaba una nueva etapa.
IX
Pasaron como quince
días y un martes recibí una llamada de Foncho, el papá de Jimena: Quería que
nos reuniéramos en su casa el jueves en la noche para charlar. “Obvio”, pensé
yo, “quiere reunirse conmigo para pedirme que reflexione y vuelva con Jimena,
que está desesperada”.
Al día siguiente
me reuní con Rodrigo, mi gerente, con quien tenía una gran confianza y le
preguntaba “¿Por qué había pasado todo esto tan rápidamente?” El me dijo
simplemente que mi situación era como la de un globo que estaba a punto de
reventar, y que yo me escapé por donde comenzó a salirse el aire.
El jueves en la
noche llegué puntual a la casa de Foncho, me hizo pasar muy amablemente a la
sala, nos sentamos y comenzó a hablar: “Eres tan maricón que mandas a tus
amigos para saber qué pasa con mi hija”. Sorprendido, lo que pude interpretar de eso es
que pasaba tanto tiempo en la casa de Jimena que mis amigos no me buscaban en
mi casa sino en la suya. Todo esto había pasado tan rápido que nadie se había enterado,
y mis amigos habían seguido yendo a su casa preguntando por mí.
Siguió hablando Foncho
y me dijo “Hijo de puta, tu te vuelves a acercar a mi hija y yo te mato”,
señalando el revólver que había debajo del vidrio de la mesa y que yo todavía
no había notado.
No habiendo más
que conversar, me levanté, me despedí y caminando, me fui a la casa de Lorena.
FIN