8 de diciembre de 2019

Mi Reconciliación con PJ



I

No me queda claro mi primer recuerdo de PJ. Se me confunden situaciones, fotos y hasta películas de 8mm que no tengo idea dónde están, o tal vez sí. Probablemente el primer recuerdo que tengo es en un Boeing 707 de Air France, yo gateando por el pasillo o llorando y PJ molesto conmigo porque no me estaba comportando y seguramente fastidiando a los otros pasajeros. Eso fue a fines del año 1962, cuando fuimos a París a pasar navidad para que su familia francesa conozca a la que él estaba formando en Perú, en ese momento conformada por él, su esposa a quien llamaban “La Chola”, yo el hijo mayor y la otra hija que aún no cumplía el año. 

De ese mi primer viaje, cuando recién había cumplido dos años tengo algunos flashbacks: Entrando a la casa donde creció PJ y ahora vive su hermana mayor, la tía María Julia o como le dicen, tía BB, cargando un par de baguettes casi de mi tamaño, bajando las escaleras gateando, llenando de piedritas del patio exterior el cajón de un mueble de la sala o en pijama jugando con los carritos de mis primos Arnaud y Eric, un poco mayores que yo.

Del departamento en el Malecón 28 de julio en Miraflores, donde me llevaron después que nací, no recuerdo nada, solo fotos. Sí, en mi memoria está la casa de Trinidad Morán 1147, en Lince, donde viví hasta los siete años.

No sé si esta casita, de la que guardo gratos recuerdos, tenía dos o tres pisos. La cosa es que mi dormitorio y mi baño, estaban en un entrepiso entre el primero y el segundo, donde estaban el cuarto de PJ y su esposa, el cuarto de su otra hija y Marie Jose y el “cuarto de costura”, creo que el más grande de la casa.

Mi dormitorio me gustaba mucho, muy grande, al menos así lo veía. Mi cama, mi escritorito para hacer las tareas del colegio y mis repisas con carritos y soldados perfectamente alineados. Por ahí una canasta grande para mis juguetes.

Y vino el terremoto del 17 de octubre de 1966.

Ese día yo cumplía seis años. Cuando empezó el temblor, que se convertiría en terremoto, solo estábamos en la casa Julia, nuestra nana, la otra hija de mis papás, mi hermana y yo. Yo creo que no tenía idea de lo que era un temblor y a Julia no se le ocurrió mejor idea que llevarnos a la hija de mis papás, a mi hermana y a mí al “cuarto de costura” y pegarnos a las ventanas que vibraban producto del movimiento, mientras ella nos abrazaba y rezaba “San Martincito, San Martincito, aplaca tu ira”.

Cómo me habría traumado este episodio que, a partir de él, en las noches sentía pánico de dormir solo, alejado de mi papá y su esposa, en ese entrepiso donde solo estaba mi dormitorio. Recuerdo que, en las noches, cuando ya todos dormían, yo subía al cuarto de ellos en puntas de pie para no despertarlos y me echaba a dormir en el piso, sobre la alfombrita que estaba del lado de la esposa de mi papá, tapándome con la bata que ella ponía al borde de su cama.

No sé cuántas veces se repitió esto durante el siguiente año o si lo hacía todos los días. Sí recuerdo que esto molestaba mucho a PJ, que a veces me devolvía a mi cuarto y a veces me acompañaba y se quedaba durmiendo conmigo.
  
II

El verano de 1968, recién cumplidos los siete años, PJ y su esposa, “la Chola”, me mandaron a Jaguay, en Chincha, a la casa de playa que tenían el tío Eduardo, la tía Majo, Marisa y Ángel Eduardo, mis tíos y primos queridos. Y digo “me mandaron” porque según me cuentan, la invitación de mis tíos había sido por un mes, pero la esposa de PJ pidió que fuera por todo el verano.

Cuántos veranos pasé en Jaguay no lo recuerdo, fueron varios y fueron maravillosos. La sensación de libertad, el poder andar y correr sin zapatos, la arena, el mar. La casa al borde de la playa, el sonido de las olas, los desayunos con leche con nata en taza de loza, las galletas de agua, la mermelada de fresa, los triangulitos de queso Pingüino, el olor de la cocina de kerosene.

El cerro de los nombres, al otro lado de la carretera; el “Valdivia”, donde nos llevaban las nanas para tomar una Kola Chinchana; los paseos a Topará en la camioneta del tío Coco; Mama Nena, la tía Gilda que me engreía y apachurraba tanto, los helados de pistacho en el Venezia, en la Plaza de Armas de Chincha… Los Vier, los Rossi, los Corbetto, los Lizier, los Puccio, los Augurto.

Y algunos fines de semana caían por allá PJ, su esposa, su hija y mi hermana. Como no había sitio en la casa para todos, mi papá y su esposa se alojaban en el Hotel Cañaveral, que luego fuera El Sausal y hoy es el Casa Andina de Chincha.

Las personas que me han acompañado cuando he tenido que ir a Chincha, Paracas o Ica, son testigos de que cada vez que paso por Jaguay, hoy un pueblo fantasma, se me aguan los ojos por la nostalgia de una época que para mí fue maravillosa.

Finalmente acabó ese verano de 1968 y tocó regresar a Lima.

La sorpresa fue que no regresé a la casa de Trinidad Morán sino a la casa de San Fernando 507, en Miraflores, donde vivía mi abuela Teresa, que había enviudado del Papo Ángel en 1964. Definitivamente era otra casa, pintada de colores claros, alegre, muy iluminada.

Nunca supe las razones por las cuales PJ y su esposa nos mudaron a la casa de San Fernando, ni sé si lo consultaron con los hermanos de ella, el tío Eduardo, el tío Willy y el tío Alberto. Sí sospecho que PJ no pasaba por un buen momento y mudarse a la casa de la mamá o de la suegra podía ser un alivio económico.

III

PJ fue el cuarto de cinco hermanos, nació en Bourg-La-Reine, un suburbio de París, en 1928. Hijo de francés con ecuatoriana, pero con raíces peruanas, ya que su bisabuelo, Toribio Sanz, fue Ministro Plenipotenciario y Enviado Especial en París y Londres de Perú, en tiempos de Mariano Ignacio Prado. La hija de mi tatarabuelo Toribio, María Delfina Sanz de Izcue, se casó con Lucio Suttor y de ahí la relación con Perú.

La infancia y adolescencia de PJ no fueron fáciles. Le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial y la invasión de los alemanes en París. Su papá, mi abuelo, había perdido una pierna en la Primera Guerra y su trabajo en la Segunda, era vigilar su barrio, caminando con su pata de palo, para que las casas permanezcan con las luces apagadas a fin de evitar los bombardeos alemanes.

Había carencias. Entre otros, me contaban que en invierno mi padre hacía sus tareas de colegio, el San Luis de Gonzaga, en las escaleras de la casa, por cuyas paredes pasaba el ducto de la escasa calefacción por la falta de carbón, pegado a sus hermanos para calentarse entre ellos. Me contaban también que había escasez de comida y que a veces no les quedaba más que comer rutabaga, una raíz semejante al nabo, que se usaba para alimentar a las vacas y a los chanchos.

En los veranos, mientras duró la guerra, el tío Lucio, hermano de mi abuelo y la tía Viorica, su esposa rumana, se llevaban a mi papá a Biarritz, un conocido balneario al suroeste de Francia, cercano a la frontera con España.

En el año 1954 PJ llegó al Perú, en barco, dicen que solo con boleto de ida. No sé si es verdad, probablemente inventos de la Chola, y que en el puerto del Callao se puso a llorar porque ya quería regresar a Francia, invento de la Chola también.

PJ vino a Perú, pocos años después que su hermano José, mi padrino de bautizo, para recuperar la fortuna heredada por el lado Sanz que creían tener en estas tierras.

Los hermanos Suttor, PJ y José, y el tío Lucio, que creían tener una fortuna en Perú, nunca supieron que las propiedades existentes, que no fueron pocas, se tuvieron que ir vendiendo de a pocos durante la guerra para que su familia pueda subsistir en esos tiempos de escasez.

La versión de la Chola, su esposa, era que Manuel Prado Ugarteche, presidente del Perú en dos oportunidades, que entiendo representaba los intereses de la familia de mi padre en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, se había robado la plata de la familia. Nada más falso.

Lo cierto y es algo que he podido comprobar con documentos, es que los Prado, fueron vendiendo, por indicaciones de mi familia y con la natural ganancia, casi todas las propiedades que tenían, a fin de obtener recursos para subsistir durante la guerra. Ningún robo.

Años después descubriría que la Chola siempre inventaba historias, que era una mentirosa.

Acerca de su vida profesional, creo que no fue un tipo brillante, pero si muy trabajador y sobretodo, leal a las dos empresas en las que trabajó, Air France y Lima Tours.


IV

PJ, fue una persona muy particular, como lo somos todos. Probablemente el primer pensamiento que se me viene a la cabeza acerca de él, de cuando era chico, es miedo. PJ era muy malgeniado, inclusive hasta violento. Recuerdo que siempre me resondraba de mala manera: Que si mis juguetes no estaban guardados en su sitio, que si mi dormitorio no estaba en orden, que si ponía el codo en la mesa a la hora de comer, que si la boca iba hacia el cubierto o este iba a la boca, que si las manos no estaban en la mesa y, en fin, por lo que fuera.

Por otro lado, podía ser el padre perfecto: El que nos hacía los pozos más grandes en la playa (todavía no he visto a nadie que los haga mejor que él), el que nos llevaba a nosotros y a mis primos a trepar cerros en California, Chosica, o a volar cometas. El que con mucha paciencia nos enseñó a jugar Ludo, Damas, Damas Chinas, Monopolio, etc. Le encantaba comprarme los juegos de Lego, Mekano y Tinkertoy y podíamos pasar largos ratos armando diferentes figuras. Gracias a él tenía una linda colección de carritos Corgi Toys, que conservé durante muchísimos años.

Cuando tuve que aprender a nadar, era él el quien me acompañaba a las clases; cuando tenía partidos de fútbol, era él quien me llevaba y se quedaba conmigo, lo mismo que cuando hacía atletismo.

En la época del Mundial de México 70, y a pesar de que a él no le gustaba el fútbol, me llevó a Sears porque ahí estaban Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz y no recuerdo cuál otro mundialista, tal vez Cachito Ramírez, firmando autógrafos.

Igual, cuando nuestra selección se preparaba para las Eliminatorias del Mundial de 1974, el entrenador húngaro Lajos Baroti organizó una gira por Europa, y como viajaban por Air France, PJ me llevó al aeropuerto y pude conseguir los autógrafos de prácticamente todo nuestro equipo.

En mis tiempos de Lobato y Boy Scout, pero sobre todo de Lobato, él era muy entusiasta y nos acompañaba a casi todas las excursiones. Recuerdo que mis compañeros le tenían mucho cariño.

Pero el miedo siempre estaba presente, porque PJ podía molestarse por cualquier cosa y explotaba, y gritaba. Y podía pegarme también.

En los 70s Lima era diferente, más sencilla, más segura y con menos tráfico. Con mi grupo de amigos del barrio, jugábamos fútbol en la calle, en la misma calle San Fernando, que en esa época era, además, de doble sentido. PJ detestaba que jugáramos frente a la casa porque los pelotazos le ensuciaban el muro. Hoy lo entiendo y estoy seguro de que a mí no me gustaría tampoco, pero en esa época mi sentimiento era de vergüenza porque gritaba a mis amigos y se ponía como una bestia. Y ellos por supuesto, cuando yo entraba a la casa, se burlaban de él y yo tenía que soportarlo.

V

En paralelo, yo percibía problemas de pareja entre PJ y su esposa. Recuerdo perfectamente la primera bronca entre ellos que pude presenciar: Él le tiraba la billetera por encima de la cama y ella se la devolvía, arrojándosela también, en medio de gritos.

Recuerdo también que cuando estaba solo en mi dormitorio, en mi cama, muchas veces meditaba acerca de la conveniencia o no, para todos nosotros, de que ellos se separaran o se divorciaran.

PJ fue un bebedor frecuente, sin que fuera un alcohólico. Y cuando tomaba podía ponerse sentimental, eufórico o violento. Sí, es verdad que todos en la casa sufríamos cuando él tomaba y se quedaba solo en la sala de la casa tomando sus tragos porque no sabíamos lo que podía pasar. Y generalmente podía ser una bronca con su esposa, o conmigo, que ya en edad adolescente lo pechaba y enfrentaba.

Probablemente la mayoría de las veces fueron broncas con su esposa, que todos escuchábamos desde nuestros dormitorios, incluida mi abuela.

Hubo una ocasión, yo ni siquiera había cumplido la mayoría de edad, en que lo enfrenté defendiendo a su esposa y nos agarramos a golpes. Terminado este triste evento, él me dijo algo así como “Cuando seas mayor de edad vas a saber lo que es enfrentarte conmigo”. Lo cierto es que nunca pasó nada, pero en todo caso, cuando cumplí los 18, yo le llevaba a PJ más de una cabeza de altura.

Mi relación con PJ no era buena, era sumamente difícil.

Al mismo tiempo, durante muchísimos años, yo llegaba del colegio o de la universidad y siempre conversaba con su esposa, pues éramos muy unidos. Y el mensaje de ella siempre fue “Tu papá es así, tu papá es asá, es un alcohólico, un tal por cual, por eso estoy como estoy y un montón de cosas más.

Es decir, poco a poco, voluntaria o involuntariamente, sí irresponsablemente, la esposa de mi papá hizo que PJ sea mi enemigo No. 1, y creo que hasta llegué a odiarlo.

Pero, así como era difícil, tenía sus cosas. Por ahí PJ me decía para salir a comer y nos íbamos siempre al Bavaria que quedaba en la Av. Diagonal, en Miraflores y comíamos fondue de carne o de queso en medio de una charla súper amena en la que hablábamos de todo.

O en Noche Buena, cuando a las 12 de la noche nos dábamos el abrazo más fuerte que pudiera haber, interminable, llorando los dos, como perdonándonos todo lo que pasó en el año.

Y al día siguiente volvíamos a lo mismo. Tal vez por eso detesto tanto la Navidad.

VI

Cuando mis hermanas y yo estuvimos más grandes, una se casó y se fue a vivir fuera de Lima, pues su esposo debía completar su SECIGRA (Servicio Civil de Graduandos), Marie Jose empezó a trabajar en Lima Tours y yo, compartiendo entre la universidad y mi trabajo de operador de computadoras en IBM.

Mi relación con PJ era muy lejana, pues me pasaba casi todo el día fuera de la casa, sea en la universidad, en el trabajo, con los amigos o con la enamorada. En casa ya ni nos reuníamos para comer en la noche, lo cual había sido una norma por muchísimos años. Y cuando estaba en la casa, o estaba con mi abuela viendo televisión y conversando, o encerrado en mi dormitorio.

Un hecho que marcó un punto de quiebre se dio a inicios de 1986. La Chola, su esposa hipocondriaca, que raro, se encontraba internada en la clínica San Felipe con alguna de las cuchucientas cosas que dice que tuvo. Su hija y su marido venían a Lima  y PJ les cede su dormitorio aceptando que él se iba a dormir al sofá de la sala, lo cual me pareció inaceptable.

No recuerdo bien como se dieron los hechos, pero llamé a la Chola a la clínica, quien no me apoyó y terminé agarrándome a golpes con el esposo de la hija de mis papás en la puerta de la casa.

Al día siguiente salí de mi casa con todas mis cosas.

Fue un tema complicado porque yo me casaba en menos de seis meses, el vínculo con PJ y su esposa estaba cortado y ellos debían estar en el matrimonio. Al final, creo que, de mala gana, estuvieron. En todas las fotos se ve a PJ a un par de metros de mí. Por supuesto, la hija de mis papás ni su esposo asistieron.

Es verdad que la hija de mis papás siempre tuvo una habilidad especial para tener a PJ y a su mamá comiendo de su mano. Desde que era una niñita, si ellos salían a alguna reunión y nosotros peleábamos por un juguete o lo que sea, ella podía quedarse llorando por horas, hasta que llegaran nuestros papás. De adolescente le dieron los permisos para ir a fiestas antes que a mí, que soy mayor. Los enamoraditos entraban a la casa por la puerta grande y PJ y su mamá se hacían amigos de todos ellos.

Y curiosamente, tiempo después, cuando las rencillas fueron superadas e iba a su casa de visita, siempre veía más cosas de PJ y su mamá: el comedor de diario, el mueble que estaba en el dormitorio de Mamama, el juego de platos, el juego de cubiertos y otras cosas más.

VII

Una vez casado, jamás fui invitado a la casa de PJ y su esposa, sea a almorzar, sea a comer, sea a compartir un domingo.

Yo pasaba muy ocasionalmente de visita y obligatoriamente, porque no era algo que me provocaba: El día de sus cumpleaños, el Día de la Madre, el Día del Padre y un ratito en Navidad.

Un buen día de 1990 o 1991 que llegué de visita a su casa, PJ, que vivía de su renta de jubilación y de otras cuentas que tenía en Francia, me dice a boca de jarro, “Juan Carlos, se me acabó la plata”.

PJ nunca fue una persona muy preocupada del tema de dinero. Después de su retiro vivían decentemente y se daban sus gustitos, hasta que se acabó. Teniendo yo una relación distante con ellos, siempre me llamó la atención de que me haya soltado esto a mí y no a su hijita consentida.

Cuando PJ me dijo esto, lo único que atiné a decirle fue “OK, yo me encargo, lo único que te pido es que me des el acceso a tu información de bancos y “firma”, para ver qué hacemos”.

Y así fue. Encontré que tenía una cuenta importante, producto de una herencia, en el Royal Bank of Scotland y otra menos importante en Francia. Si PJ hubiera sido más responsable en los asuntos de dinero hubiera sido millonario.

Muchos papeleos, muchas cartas y faxes de ida y de vuelta, hasta que consolidé ambas cuentas en un banco en Miami, con el dinero invertido de manera conservadora, de tal manera que a PJ y su esposa les diera para vivir, cómodamente, alrededor de veinte años más.

De esa manera, y en base a los gastos mensuales que ellos podían tener, yo les iba transfiriendo dinero todos los meses.

Años más tarde me enteré de que parte de este dinero se destinaba a pagar el colegio de algún nieto y/o nieta, que, por supuesto no eran hijos de Marie Jose o míos, simplemente porque no los tenemos.

VIII

A comparación de la esposa de PJ, que siempre se había quejado de todo para ser el centro de atención, mi papá fue un roble: Jamás se quejó de algún dolor, jamás se enfermó, jamás nada.

Y hago notar que mientras la esposa de PJ se pasó la vida entre médicos, consultorios, clínicas y pastillas, jamás fue capaz de llevar a su marido a que se haga un chequeo médico. ¡Jamás!

Hacia julio de 2004, PJ comienza a dar algunas señales extrañas, como cansancio excesivo. Con su otra hija lo llevamos a hacer diversos exámenes hasta que en la Clínica Angloamericana nos dieron el diagnóstico de cáncer al pulmón con metástasis. No había mucho que hacer, más que darle un final digno, con el menor sufrimiento. PJ fumaba.

Nunca le dijimos que tenía cáncer, él nunca lo preguntó tampoco, pero lo sabía, estoy seguro.

Para esa época, PJ y su esposa dormían en habitaciones separadas, cosa que puedo respetar, pero que nunca entenderé.

Desde que lo diagnosticaron en julio, hasta que murió, en octubre, cuatro meses después, disfruté de los mejores días con PJ. Me iba a acompañarlo casi todos los días. Me sentaba a su lado en la cama, conectaba mi laptop y mientras respondía correos, le enseñaba los nuevos modelos de Peugeot en Internet y otras cosas más; conversábamos y veíamos el canal de la televisión francesa. Él tenía otra actitud y yo también; sabíamos que era nuestro momento de perdón. Él sabía que se estaba muriendo y yo también.

Mientras tanto, su esposa, seguía instalada en la que fue mi habitación y que con sus actitudes ya se me iba despintando, pues no podía soportar que su marido tuviera más atención de la que le daban a ella.

Recuerdo perfectamente que PJ, que amó y adoró a esa señora, me pedía cada vez que estaba en la casa, que lo pusiera en la silla de ruedas para pasar a saludarla. Ella jamás pasó a verlo a su habitación mientras estuvo enfermo.

Tal fue la desesperación de su esposa por haber perdido el protagonismo, que un día, en medio de todos los temas de cuidar a PJ, entre medicinas, enfermeras, etc., no se le ocurrió otra cosa que tirarse al piso para romperse uno de sus débiles huesos de la pierna. Ambulancia, clínica y mil problemas más, además de los que ya teníamos. Era el egoísmo personificado.

Nadie en mi familia podrá negar que esta pudo ser una cuestión planeada por ella, porque lo hemos conversado en más de una ocasión. Lo cierto es que, a partir de ese momento, la esposa de PJ, se convirtió en bruja.

Y falleció PJ, en paz y yo en paz con él. Y su esposa no fue capaz de ir a su velorio, a tres cuadras de su casa, ni tampoco al entierro y simplemente vio el cortejo fúnebre pasar delante de ella desde su balcón, rumbo al cementerio. Creo que nunca soportó que alguien haya podido quitarle el protagonismo, ni siquiera su marido con cáncer.

IX

Los siguientes meses, a pesar de la grandísima decepción que me produjo la señora, y considerando que había enviudado, hice el esfuerzo por ir a visitarla cada sábado. Al comienzo las visitas duraban lo que dos cafés, luego lo que uno, luego iba a visitarla con pies de plomo. Me enfermaba oírla siempre hablando mal de la gente, incluso de la que no conocía. Jamás preguntaba por mí, por mi esposa o por cómo me iba. Inventaba historias de personas que la iban a visitar.

Y salía de su casa afectado. En el trayecto de Miraflores a Chacarilla sentía como si una nube negra estuviera sobre mi cabeza.

Hasta que un sábado, cuando me despedía de ella, me salió con una historia acerca de mi exesposa y una llamada que dijo le hicieron el día de mi matrimonio, que no pude tolerar por ser una gran mentira. Y corté la relación, y me sentí liberado de este ser malvado.

Ella, sin duda alguna, no estaba bien de su cabeza y yo quedé convencido de que, así como la gran mayoría de personas que vienen al mundo son buenas, hay algunas pocas que son malas, y la esposa de mi papá era una de ellas. 

Nunca le faltó nada, pues todos los meses transfería a una cuenta mancomunada de ella y su hija el dinero que dejó PJ, según lo acordado o según se necesitaba. El pacto tácito era que yo me encargaba de la parte económica y la hija de mis papás se ocupaba de la parte presencial, lo cual siempre valoré mucho. Ella era la que se ocupaba de la casa, de las empleadas, de llevarla a sus chequeos médicos y muchas cosas más.

El dinero que dejó PJ pagaba también el seguro médico de Marie Jose, mi hermana menor.

Pero pasó el tiempo, vino la crisis financiera del 2008 y el dinero que dejó PJ para más o menos veinte años se fue acabando, y cuando se acabó, cada uno de los hermanos asumió una parte de la manutención de la Chola, según sus posibilidades. Además de lo que me correspondía para ella, me encargué también del seguro médico de mi hermana menor.

Todo funcionaba bien, todo iba en orden, todo iba coordinado con la hija de mis papás. Con el tiempo hasta llegué a amistarme con la Chola, hasta que por ahí en el año 2013 volvió a soltar una de sus barrabasadas hirientes, ya ni recuerdo qué fue, pero se acabó. Discutí con ella y me fui de su casa.

Fue la última vez que la vi. La señora murió en mayo de 2015 y yo me enteré por WhatsApp.

Ese día también murió para siempre la hija de mis papás.