Entre los relatos que los periódicos franceses traían de los hechos de armas realizados por los jóvenes oficiales que más se distinguieron en esa magna epopeya que fue la Primera Guerra Mundial estaba el de los señores Suttor y Sanz, hijos del respetable caballero don Lucio Suttor y de la distinguida dama peruana doña Delfina Sanz de Suttor, nietos de don Toribio Sanz, antiguo ministro del Perú en Europa y Estados Unidos y sobrinos de don Toribio Sanz e Izcue, que ejerció el cargo de Supremo Delegado de nuestro país en la Exposición de París de 1900 y que, en diversas ocasiones ha tenido su representación como ministro plenipotenciario en Berlín y en Suiza.
Los jóvenes Suttor, después de terminar sus estudios con particular brillo, como alumnos libres en el colegio de los Padres Jesuitas de la rue Franklin de París, ingresaron a las Facultades de Derecho y de Ciencias Políticas, donde obtuvieron grandes éxitos, a la vez que cultivaban con verdadera inspiración la música y la pintura, excedían en el manejo de las armas y hablaban y escribían correctamente cuatro idiomas. Por otra parte, fervorosos creyentes, figuraban entre los jóvenes católicos que, con el conde Mun hacían la propaganda de los principios del socialismo cristiano, tendentes a mejorar la situación física y moral del obrero y a establecer grandes obras moralizadoras.
En medio de esta atmósfera de intensa y refinada cultura intelectual vino el estallido de la guerra europea, sin que el nuevo rumbo que ella diera a sus ideales y ocupaciones, produjera en sus ánimos el más leve asomo de contrariedad ni disgusto. Presurosos y entusiastas acudieron los tres al llamamiento del deber en el campo de batalla, al mismo tiempo que sus padres hacían abandono de su casa, para poder ir siguiendo, a distancia no lejana, la marcha de los batallones, en que sucesivamente iban partiendo sus hijos.
Toribio, el segundo, fue el primero que entró en acción en la línea de fuego. Se hallaba haciendo su servicio militar, en el norte de Francia, cuando se inició el ataque alemán y su regimiento fue uno de los primeros que se envió al frente. Tan rápida fue su marcha, que, a pesar de salir inmediatamente, los padres del joven Suttor, en tren expreso, para encontrarlo en el camino por donde debía pasar, llegaron minutos después que los movilizables habían dejado el territorio. Y aguardaron en vano el consuelo de ver al hijo que nunca más volvió a pisar tierra francesa. Por sus condiciones de carácter, por su fidelidad en el cumplimiento del deber, por su arrojo en el peligro, se hizo este joven desde el primer momento, acreedor a la confianza de sus jefes, mereciendo ser ascendido a las pocas semanas de iniciadas las hostilidades y ser citado dos veces en la orden del día; pero cuando con más ardor y entusiasmo se lanzaba a la lucha, lo detuvo el destino en su carrera. Cuentan sus compañeros de armas, los pocos sobrevivientes de aquella ruda jornada, que tuvo lugar el 21 de agosto de 1914, que su campo fue sorpresivamente atacado por el enemigo; que Toribio Suttor, desde que se inició el ataque, se había distinguido entre los más esforzados; que, a pesar de hallarse herido, se le veía combatir, con sin igual furor; que a la muerte de sus jefes superiores, no vaciló en asumir, en esas condiciones, el mando de sus fuerzas y que la última visión que ellos conservaban de él, fue la del heroísmo más ascendrado. Después de luchar desesperadamente, de uno y otro lado, los alemanes quedaron aquél día dueños del lugar, pero en el número de los muertos y heridos, no figuraba el nombre del joven Suttor. ¿Fue su cuerpo destrozado por alguna bomba?, ¿o cogido prisionero, fue internado por el enemigo? A pesar de las prolijas investigaciones hechas por su familia para aclarar este punto, nunca pudo dilucidarse nada y el gobierno francés, después de indagar durante dos años su paradero, sin obtener tampoco ninguna luz, ordenó que en ceremonia oficial y solemne, se le entregara la Cruz de Guerra conquistada por su hijo en el campo del honor, lo que tuvo lugar en una emocionante ceremonia.
No es menos brillante la foja de servicios de los otros dos jóvenes Suttor, Lucio, el mayor, ganó sus dos ascensos en acciones de armas frente al enemigo. Por su valor mereció ser citado en la orden del día; varias veces fue escogido para desempeñar importantes comisiones y trabajos en las oficinas de guerra; durante largos meses le tocó hacer la penosa campaña de las trincheras, en la cual cogió la enfermedad conocida con el nombre de "fievre des tranchées"; y cuando se hallaba todavía convaleciente, recibió el aviso de que su hermano menor, mi abuelo, había sido gravemente herido y que se encontraba próximo a morir. Olvidándose entonces de sus sufrimientos, partió en el acto el joven militar emprendiendo marchas forzadas, haciendo jornadas de bicicleta de velocidad fantástica, para llegar a tiempo a la ambulancia en la que, en plena frontera enemiga yacía su hermano, víctima de su arrojo excesivo. Esta vez la suerte se mostró clemente con esta familia, ya tan probada, y contra la previsión de los médicos, Lucio encontró al herido con vida, aunque tan postrado por la operación sufrida, que no se le auguraban sino cortas horas de existencia. En esa circunstancia, no vaciló el joven oficial en ofrecer su sangre para salvar a su hermano y, acto seguido, se sometió a la delicada operación de la transfusión de sangre, encontrando sus padres, que anhelantes llegaron horas después, a sus hijos en un estado que causaba a los cirujanos honda inquietud. Mientras tanto, las bombas alemanas caían alrededor de dicha ambulancia, cercana al campo de batalla. Y entre el número de víctimas que perecieron en este evento, se contaron a 19 personas entre médicos, capellanes y enfermeras.
El tío Lucio vivió muchos años en Lima, en un departamento en el Palace Court en la Av. Javier Prado, en San Isidro, y falleció en el año 1967.
Párrafo especial requiere también la valerosa actuación de José Carlos Suttor, mi abuelo. Este oficial, que apenas contaba con veinte años de edad, demostró tales condiciones militares tan luego se inició en el ejército, que mereció formar parte de los seleccionados por el Estado Mayor, para hacer seis meses de estudios en Saint-Cyr y entrar con el título de jefe al campo de batalla. El privilegio con que en esa forma iniciara su actuación militar no hizo sino crecer en la prueba, siendo pronto general en renombre. Como valeroso y hábil oficial, no solo asistió con gran arrojo a todos los hechos de armas en que le tocó intervenir, sino que siempre se ofreció para las más peligrosas luchas. Fue, en el desempeño de una de ellas, cerca del Marne, en la que cayó gravemente herido, después de sostener dos horas el fuego del enemigo, sin hacer caso a las instancias de sus soldados, que le pedían se dejara conducir a la ambulancia más cercana. La hemorragia producida por la herida abierta, en la arteria femoral, durante tanto tiempo y el esfuerzo que tuvo que hacer para mantenerse en pie, le hicieron al fin perder el conocimiento y, cuando sus soldados lo condujeron al hospital, los médicos consideraron el caso como perdido. Deseosos de salvarle la vida a todo trance, procedieron, sin embargo, a la amputación del pie, luego a la de la pierna. Por último, le inyectaron la sangre de su hermano y, gracias a tantos cuidados tan oportunamente prodigados, el joven fue rehabilitándose de su grave estado. En recompensa de sus relevantes méritos, el general de su división llevó a su lecho de dolor, la Cruz de Guerra y la Medalla militar a las que se había hecho acreedor por su heroico comportamiento; y ofreció al valeroso soldado, que solo se afligió, por verse alejado del campo de acción, en las horas de peligro, recibirlo, en el ejército, tan luego se encontrara en condiciones de marchar.
Mi abuelo, a pesar de su incapacidad física, colaboró con el ejército de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y murió de una peritonitis el 12 de octubre de 1942.
Numerosos fueron los ejemplos que la Primera Guerra Mundial nos presentó, de abnegación y heroísmo, que no han logrado quebrantar ninguna prueba ni dolor, pero es grato constatar que entre ellos se contó con jóvenes de origen peruano que descienden de padres compatriotas nuestros que han igualado a los franceses en su valor y resignación, para aceptar, la desaparición de un hijo y la mutilación de otros dos, pensando que, a costa de esos sacrificios, aseguraban en el mundo el triunfo de la justicia y del derecho.
Los jóvenes Suttor y Sanz se hallabann vinculados por estrechos lazos de parentesco, con las familias de Izcue y Prado y Ugarteche.
(*) Adaptación libre de un artículo publicado en el diario La Crónica del 28 de noviembre de 1918.
Los jóvenes Suttor, después de terminar sus estudios con particular brillo, como alumnos libres en el colegio de los Padres Jesuitas de la rue Franklin de París, ingresaron a las Facultades de Derecho y de Ciencias Políticas, donde obtuvieron grandes éxitos, a la vez que cultivaban con verdadera inspiración la música y la pintura, excedían en el manejo de las armas y hablaban y escribían correctamente cuatro idiomas. Por otra parte, fervorosos creyentes, figuraban entre los jóvenes católicos que, con el conde Mun hacían la propaganda de los principios del socialismo cristiano, tendentes a mejorar la situación física y moral del obrero y a establecer grandes obras moralizadoras.
En medio de esta atmósfera de intensa y refinada cultura intelectual vino el estallido de la guerra europea, sin que el nuevo rumbo que ella diera a sus ideales y ocupaciones, produjera en sus ánimos el más leve asomo de contrariedad ni disgusto. Presurosos y entusiastas acudieron los tres al llamamiento del deber en el campo de batalla, al mismo tiempo que sus padres hacían abandono de su casa, para poder ir siguiendo, a distancia no lejana, la marcha de los batallones, en que sucesivamente iban partiendo sus hijos.
TORIBIO SUTTOR Y SANZ
(MI TÍO ABUELO)
(MI TÍO ABUELO)
Toribio, el segundo, fue el primero que entró en acción en la línea de fuego. Se hallaba haciendo su servicio militar, en el norte de Francia, cuando se inició el ataque alemán y su regimiento fue uno de los primeros que se envió al frente. Tan rápida fue su marcha, que, a pesar de salir inmediatamente, los padres del joven Suttor, en tren expreso, para encontrarlo en el camino por donde debía pasar, llegaron minutos después que los movilizables habían dejado el territorio. Y aguardaron en vano el consuelo de ver al hijo que nunca más volvió a pisar tierra francesa. Por sus condiciones de carácter, por su fidelidad en el cumplimiento del deber, por su arrojo en el peligro, se hizo este joven desde el primer momento, acreedor a la confianza de sus jefes, mereciendo ser ascendido a las pocas semanas de iniciadas las hostilidades y ser citado dos veces en la orden del día; pero cuando con más ardor y entusiasmo se lanzaba a la lucha, lo detuvo el destino en su carrera. Cuentan sus compañeros de armas, los pocos sobrevivientes de aquella ruda jornada, que tuvo lugar el 21 de agosto de 1914, que su campo fue sorpresivamente atacado por el enemigo; que Toribio Suttor, desde que se inició el ataque, se había distinguido entre los más esforzados; que, a pesar de hallarse herido, se le veía combatir, con sin igual furor; que a la muerte de sus jefes superiores, no vaciló en asumir, en esas condiciones, el mando de sus fuerzas y que la última visión que ellos conservaban de él, fue la del heroísmo más ascendrado. Después de luchar desesperadamente, de uno y otro lado, los alemanes quedaron aquél día dueños del lugar, pero en el número de los muertos y heridos, no figuraba el nombre del joven Suttor. ¿Fue su cuerpo destrozado por alguna bomba?, ¿o cogido prisionero, fue internado por el enemigo? A pesar de las prolijas investigaciones hechas por su familia para aclarar este punto, nunca pudo dilucidarse nada y el gobierno francés, después de indagar durante dos años su paradero, sin obtener tampoco ninguna luz, ordenó que en ceremonia oficial y solemne, se le entregara la Cruz de Guerra conquistada por su hijo en el campo del honor, lo que tuvo lugar en una emocionante ceremonia.
LUCIO SUTTOR Y SANZ
(MI TÍO ABUELO)
(MI TÍO ABUELO)
No es menos brillante la foja de servicios de los otros dos jóvenes Suttor, Lucio, el mayor, ganó sus dos ascensos en acciones de armas frente al enemigo. Por su valor mereció ser citado en la orden del día; varias veces fue escogido para desempeñar importantes comisiones y trabajos en las oficinas de guerra; durante largos meses le tocó hacer la penosa campaña de las trincheras, en la cual cogió la enfermedad conocida con el nombre de "fievre des tranchées"; y cuando se hallaba todavía convaleciente, recibió el aviso de que su hermano menor, mi abuelo, había sido gravemente herido y que se encontraba próximo a morir. Olvidándose entonces de sus sufrimientos, partió en el acto el joven militar emprendiendo marchas forzadas, haciendo jornadas de bicicleta de velocidad fantástica, para llegar a tiempo a la ambulancia en la que, en plena frontera enemiga yacía su hermano, víctima de su arrojo excesivo. Esta vez la suerte se mostró clemente con esta familia, ya tan probada, y contra la previsión de los médicos, Lucio encontró al herido con vida, aunque tan postrado por la operación sufrida, que no se le auguraban sino cortas horas de existencia. En esa circunstancia, no vaciló el joven oficial en ofrecer su sangre para salvar a su hermano y, acto seguido, se sometió a la delicada operación de la transfusión de sangre, encontrando sus padres, que anhelantes llegaron horas después, a sus hijos en un estado que causaba a los cirujanos honda inquietud. Mientras tanto, las bombas alemanas caían alrededor de dicha ambulancia, cercana al campo de batalla. Y entre el número de víctimas que perecieron en este evento, se contaron a 19 personas entre médicos, capellanes y enfermeras.
El tío Lucio vivió muchos años en Lima, en un departamento en el Palace Court en la Av. Javier Prado, en San Isidro, y falleció en el año 1967.
JOSÉ CARLOS SUTTOR Y SANZ
(MI ABUELO)
Párrafo especial requiere también la valerosa actuación de José Carlos Suttor, mi abuelo. Este oficial, que apenas contaba con veinte años de edad, demostró tales condiciones militares tan luego se inició en el ejército, que mereció formar parte de los seleccionados por el Estado Mayor, para hacer seis meses de estudios en Saint-Cyr y entrar con el título de jefe al campo de batalla. El privilegio con que en esa forma iniciara su actuación militar no hizo sino crecer en la prueba, siendo pronto general en renombre. Como valeroso y hábil oficial, no solo asistió con gran arrojo a todos los hechos de armas en que le tocó intervenir, sino que siempre se ofreció para las más peligrosas luchas. Fue, en el desempeño de una de ellas, cerca del Marne, en la que cayó gravemente herido, después de sostener dos horas el fuego del enemigo, sin hacer caso a las instancias de sus soldados, que le pedían se dejara conducir a la ambulancia más cercana. La hemorragia producida por la herida abierta, en la arteria femoral, durante tanto tiempo y el esfuerzo que tuvo que hacer para mantenerse en pie, le hicieron al fin perder el conocimiento y, cuando sus soldados lo condujeron al hospital, los médicos consideraron el caso como perdido. Deseosos de salvarle la vida a todo trance, procedieron, sin embargo, a la amputación del pie, luego a la de la pierna. Por último, le inyectaron la sangre de su hermano y, gracias a tantos cuidados tan oportunamente prodigados, el joven fue rehabilitándose de su grave estado. En recompensa de sus relevantes méritos, el general de su división llevó a su lecho de dolor, la Cruz de Guerra y la Medalla militar a las que se había hecho acreedor por su heroico comportamiento; y ofreció al valeroso soldado, que solo se afligió, por verse alejado del campo de acción, en las horas de peligro, recibirlo, en el ejército, tan luego se encontrara en condiciones de marchar.
Mi abuelo, a pesar de su incapacidad física, colaboró con el ejército de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y murió de una peritonitis el 12 de octubre de 1942.
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Numerosos fueron los ejemplos que la Primera Guerra Mundial nos presentó, de abnegación y heroísmo, que no han logrado quebrantar ninguna prueba ni dolor, pero es grato constatar que entre ellos se contó con jóvenes de origen peruano que descienden de padres compatriotas nuestros que han igualado a los franceses en su valor y resignación, para aceptar, la desaparición de un hijo y la mutilación de otros dos, pensando que, a costa de esos sacrificios, aseguraban en el mundo el triunfo de la justicia y del derecho.
Los jóvenes Suttor y Sanz se hallabann vinculados por estrechos lazos de parentesco, con las familias de Izcue y Prado y Ugarteche.
(*) Adaptación libre de un artículo publicado en el diario La Crónica del 28 de noviembre de 1918.
