22 de abril de 2020

Historias en el 101 Park House




No recuerdo si fue en 1995 o 1996 que me alojé por primera vez en el Hotel 101 Park House de Bogotá. Lo que sí recuerdo es que el hotel me gustaba mucho por la calidez de su personal, sus cómodas habitaciones y el buen ambiente que siempre se vivía ahí.

Eran épocas en que en IBM viajábamos mucho por los países de la región andina y teníamos reuniones frecuentes sea en Caracas, en Bogotá, en Quito y bueno, en Lima también. Y era usual encontrarnos en el "lechero" de Avianca de los viernes por la noche o sábados por la mañana los peruanos que regresábamos de Caracas, Bogotá o Quito. A las fly hostess con las que nos encontrábamos casi todas las semanas prácticamente las saludábamos con beso.

Fue a fines de 1998 que me promovieron y me asignaron a Bogotá por dos años. En enero de 1999 partí para allá solo y mientras se buscaba la casa, se hacía la mudanza, llegara el barco con nuestras cosas al puerto de Buenaventura en Cali y llegaran a Bogotá pasaron como cuatro meses que realmente disfruté en el 101 Park House.

Al principio viajaba a Bogotá los lunes o martes y volvía a Lima el viernes por la noche o el sábado por la mañana, pero ese ritmo era muy desgastante, por lo que comencé a hacerlo cada dos semanas. Los fines de semana eran muy tranquilos si uno se quedaba en el hotel, aunque siempre habían amigos peruanos, colombianos, ecuatorianos o brasileños que me invitaban a sus casas para almorzar, para cenar o para salir a algún lado.

Durante casi todas esas semanas coincidí en el hotel con Arturo, que también trabajaba en IBM y estaba asignado a un proyecto de alta complejidad y también regresaba a Lima más o menos cada dos semanas.

La rutina en el hotel era más o menos la misma: Bajar al lobby temprano por las mañanas para tomar un jugo de naranja, un café y leer el diario El Tiempo; pasar el día en la oficina, que quedaba relativamente cerca y como a las 7 PM volver al hotel. Cuando llegaba por lo general me iba al bar y siempre pedía un "Sello Negro" en las rocas (Etiqueta Negra en las rocas), mientras ello iban llegando los compañeros de IBM Perú y de otros países quedándonos a charlar un rato. Luego subir a la habitación, responder los últimos correos, un poco de televisión y a dormir.

Los martes y jueves por la noche de 7 PM a 9 PM había una pareja de músicos. Él tocaba la guitarra y ella cantaba con una lindísima voz. Fueron tantas y tantas semanas que hice amistad con esta pareja.

La mejor de todas las noches era la de los miércoles, en que se realizaba el "Cóctel del Gerente", iniciativa de Fernando, el gerente del hotel en ese momento, una bellísima persona. El objetivo de estas reuniones era que los huéspedes se conocieran y que él y las personas que le reportaban directamente pudieran escuchar las sugerencias o quejas que pudieran haber. Estos cócteles podían ser muy formales y terminar a las 9 o 10 de la noche o extenderse hasta la una de la mañana como sucedió algunas veces.

Entre las sugerencias que hicimos en estas reuniones y que se implementaron fueron la de poner en las habitaciones una etiqueta o calcomanía en uno de los interruptores que se encontraban cerca a la cama, que cortaba toda la electricidad y muchas veces presionábamos por error. Otra fue la del servicio de limpieza de zapatos, pero la más audaz y que hicimos Arturo y yo, que nos quedábamos varios fines de semana, fue que compraran algunas bicicletas para poder aprovecharlas los domingos en la famosa ciclovía de Bogotá. El hotel compró tres bicicletas, la de Arturo, la mía y la de los otros huéspedes. Y pobre de aquél que se le ocurriera tocar nuestras bicicletas, ya graduadas a nuestros tamaños.

En el hotel me querían y me engreían, no lo dudo y por eso es que guardo tan lindo recuerdo de esa época.

Cada vez que me registraba en el hotel, siempre pedía alguna de las habitaciones en esquina, porque eran más amplias y tenían un segundo dormitorio con un escritorio que usaba de oficina. Las habitaciones tenían también un kitchenette que nunca usé y hasta chimenea donde alguna vez a mi amigo Gonzalo se le ocurrió preparar un lomo al trapo, ese que se cubre de sal, se envuelve en un secador y luego va a la chimenea, directamente sobre la leña, nueve minutos por lado.

Fueron tres o cuatro veces que me pasó que la mezcladora de agua de la ducha se me quedó en la mano, en tres o cuatro habitaciones diferentes. En verdad yo no se qué torpeza cometería para malograr estas llaves pero si recuerdo a Fernando, el gerente, tan buen anfitrión, que me decía que no era mi culpa, ¡que debía ser el desgaste de las llaves!

En otra ocasión el hotel decidió cambiar el sistema de televisión por cable que incluía canales PPV que se le cargaban en la cuenta a los huéspedes que los usaran. Pues a Juan Carlos le ponían algún decodificador en el televisor de las habitaciones que le asignaban para que pudiera disfrutar de todos los canales, incluidos esos, sin costo. ¡Una maravilla!

Tan buena era la atención y el servicio que la primera vez que llegó a Bogotá mi ahora ex-esposa, ya para empezar a ver los temas de búsqueda de casa y todas esas cosas, entramos al hotel y nos sentamos en la zona del bar para que ella pueda tomar un jugo o una Coca-Cola. Pues a la chica del bar, a quien yo llamaba Satanás porque estaba al otro lado de la barra siempre tentándonos, no se le ocurrió otra cosa que preguntarme "¿Don Juan Carlos su cafecito de siempre?" ¡Si lo único que consumía en esa parte del hotel era whisky! Por supuesto la habitación del hotel la habían arreglado especialmente y llenado de flores como si hubiera llegado un miembro de la realeza.


Era tal la confianza que había desarrollado con el personal que los lunes y martes por la mañana, antes de salir para la oficina me iba a la Recepción y pedía el Libro de Reservas para ver con quién de IBM de cualquier país me encontraría esa semana. Recuerdo también algún domingo, tal vez un poco aburrido de la carta del restaurante, en que me metí a la cocina y pedí que me prepararan un plato de arroz con huevo frito y plátano frito que me supo a gloria.

Anécdotas hay muchas, pero recuerdo especialmente la de un amigo, muy mujeriego él, que llegaba de noche al hotel con una chica y otro amigo lo detiene en la puerta y le recuerda que su esposa acababa de llegar esa tarde y que lo estaba esperando en su habitación ¡PLOP! O la de la guapísima hija de unos de los propietarios del hotel que estudiaba para modelo en España pero venía a practicar al hotel en sus vacaciones. Resulta que estábamos los dos en una amena charla en la barra del bar, yo fumaba en esa época, se me habían acabado mis Marlboro y ella muy amablemente me dijo "¿No te provoca un Koolito?" (por la marca de cigarrillos Kool). Y a mi casi me da un patatús...

Y así pasaban las semanas hasta que tocó partir, pues la casa ya estaba alquilada, a pocos minutos del hotel y ya habían llegado nuestras cosas de Lima. Pues como despedida, Fernando, el gerente del hotel, nos organizó una linda cena a la que asistió su personal más cercano y donde me dejó invitar a algunas personas, entre ellas el Gerente General de IBM Colombia en ese entonces. Fue una cena inolvidable, muy emotiva. Además de hacernos un regalo, nos dieron una carpeta firmada por todo el personal del hotel y, lo que más me emocionó, una placa con mi nombre, de esas que se pone el personal de los hoteles en su saco para que los huéspedes sepan su nombre y que aún conservo con mucho cariño.

Pero eso no significó el fin de mi relación con el 101 Park House.

Muchas o la mayoría de reuniones o capacitaciones que llevaba a cabo IBM y que debían hacerse fuera de la oficina se hacían en el 101 Park House porque había un contrato corporativo. Y entonces siempre debía regresar al hotel y siempre eran los grandes saludos y abrazos con todo el personal. Algunos podían haberse ido y los nuevos me miraban con cara de extrañados.

Recuerdo alguna vez que se dictaba un curso de ventas y yo colaboraba como call-taker en las simulaciones vendedor-cliente que debían hacerse, por supuesto siempre haciendo el papel de cliente.

Y no se me ocurrió otra cosa que pedirle ayuda a mi amiga guapa del Koolito. La simulación empezó, el vendedor, un muchacho ecuatoriano, estaba delante mío haciendo lo mejor que podía y el resto del grupo observaba. En eso tocan a la puerta de la habitación en la que nos encontrábamos. Abro la puerta y entra la guapísima Gabriela, a quien después de hacerme unos mimos muy cariñosos le presento al vendedor que me visitaba. Ella se acerca muy sexy a él, le da un beso, comienza a masajearle los hombros, le dice que está muy tenso y regresa donde mi para decirme que le había prometido que a las 5 PM nos íbamos.

Después de que ella sale de la habitación, le digo al impresionado vendedor que por favor comprenda mi situación y que no tenía más de cinco minutos para escucharlo porque tenía que salir. 

Por supuesto que el vendedor perdió.

Al momento del feedback, donde todo el grupo opina acerca de cómo se desenvolvió la situación, el muchacho que hizo de vendedor confesó que había creído que la situación había sido real y que Gabriela era mi esposa. Creo que ese día me doctoré como call-taker. O de mentiroso. Los papeles de cliente gago, cojo y otros se quedaron chiquitos.

Sin ya ser huésped del hotel, yo seguía asistiendo al Cóctel de los Miércoles cada vez que podía. Era como mi noche libre para estar con los amigos. Recuerdo que en alguna ocasión, Fernando, hincha fanático del Deportivo Cali organizó una reunión especial para ver el partido de ida de la final de la Copa Libertadores entre, precisamente, el Deportivo Cali y el Palmeiras, partido que ganó el equipo local por la mínima diferencia. Esa noche fue tal la emoción de Fernando, que todos festejamos como si fuéramos hinchas del Deportivo Cali.

Sí recuerdo bien la última vez que fui a mis simpáticas reuniones de los miércoles. En esa época los teléfonos celulares servían para hablar por teléfono y punto, y yo había decidido, mientras viví en Bogotá, no tenerlo y solo usaba los antiguos beepers. Estaba en pleno cóctel, divertidísmo, y me vinieron a buscar de Recepción para avisarme que mi ahora ex-esposa quería hablar conmigo. Fui a la Recepción tomé el teléfono y la de siempre: "Sí mi amor, no te preocupes, voy en un ratito". A la media hora otra vez me vinieron a buscar de Recepción y otra vez la misma respuesta y así seguramente un par de veces más mientras yo estaba vaciladísimo con mis amigos entre whisky y whisky. Fue después de un rato que vinieron nuevamente de Recepción y me dijeron: "Señor Suttor, su esposa lo está buscando afuera". Me di una vuelta para mirar y me encontré con una fiera vestida en buzo que había venido a llevarme en un taxi. No recuerdo la hora pero seguramente eran más de las doce de las medianoche. No hace falta comentar todo lo que pasó después...

Luego tocó volver a Lima y ocasionalmente, cada vez menos, volvía a Bogotá, siempre al 101 Park House. Siempre con ese súper servicio y atención que lo caracterizaba pero cada vez con más caras nuevas. Fernando ya no estaba más como gerente.

El gobierno colombiano había firmado pocos años antes el famoso Plan Colombia, por el cual el gobierno de EE.UU. les daba una gran asistencia para la lucha antidrogas y entiendo que la embajada hizo un acuerdo con el hotel para que personal asignado de la DEA y otros funcionarios se alojaran en el hotel bajo estrictas medidas de seguridad.

Fue en esas circunstancias que llegué por última vez al hotel para una estadía de dos noches y ¡Oh sorpresa! al abrir el closet de la habitación para guardar mi ropa encontré documentos de la DEA que alguien había olvidado. Pensé en qué hacer, si hacerme el loco y dejarlos ahí o entregarlos al hotel. Finalmente los entregué al Departamento de Seguridad de IBM, que sin ninguna duda, mantiene una buena relación con la Embajada de los EE.UU.

Lindos recuerdos y anécdotas del 101 Park House, linda la época que viví en Bogotá, maravillosos los amigos que dejé por allá.